

      La mujer de todo el mundo
      Alejandro Sawa

      - I -
      Palacios buenos los habra en Z, Z, la capital de un territorio de cerca 
      de veinte millones de habitantes, tostado por el sol y por la clera de 
      los dioses; pero como el de la condesa del Zarzal muy pocos o ninguno. 
      Aquello s que era lujo! No pareca sino que no cabiendo materialmente en 
      las amplias habitaciones del hotel, se desparramaba, se vaciaba por todos 
      los boquetes de aquella casa desde las bocas de las chimeneas hasta los 
      barrotes recamados de las ventanas de la planta baja. A veinte pasos de 
      distancia del edificio ya se perciban los tibios y aduladores perfumes 
      del jardn, que por lo penetrantes y lo activos en su misin de hacer 
      simptico el sentido localizado en la nariz, simulaban as como heraldos 
      mensajeros de una corte de amor o como la promesa vaga de un mundo ms 
      perfecto; y cuando el transente, haciendo caso de aquellas inspiraciones 
      de olor que enardecan su olfato segua adelante hasta pararse en la verja 
      dorada de aquel parque del paraso, oh! entonces, burgus o demagogo, 
      linftico o nervioso, con el cerebro chato o esfrico, como quiera que 
      fuera, senta subir desde el estmago al cerebro la oleada biliosa del 
      socialismo, y pensaba indistintamente, como piensan los que estn 
      durmiendo, en que Dios no es justo, no, en que Dios no es justo, fundando 
      toda la mecnica social del Universo, en la ley absurda de la 
      desnivelacin y el desequilibrio.
           Quin puede, despus de eso, mirar con gusto los costurones hechos a 
      sangre fra por la miseria en las paredes del tabuco donde se funde y se 
      confunde la mayora humana? Ni saludar con aspiraciones voluptuosas las 
      flores puestas a cobrar su parte de oxgeno en el balcn que da a la 
      calle, o en la ventana que da al patio, o en el agujero negro que da al 
      tejado, segn la gradacin de miseria de cada uno? Ay nadie! Y por eso, y 
      si los opulentos tuvieran plena conciencia de sus intereses, deberan 
      ocultar los soberbios resplandores de su lujo como una gran vergenza o 
      como una infamia irredimible.
           Y sin embargo, desgracia propia de todos los edificios modernos; 
      aquel palacio distaba mucho de ser un prodigio de arquitectura. Prodigio 
      de gracia, s; de esbeltez, tambin; de inspiracin, de grandeza, 
      seguramente no; porque ni el color rosado de su fachada, ni las mezquinas 
      aspiraciones de su techumbre, ni la magnitud y forma de la puerta 
      principal, mucho menos de las accesorias, llevaban a la mente, hacindola 
      circular con la sangre, ninguna de esas ideas de grandeza que los 
      edificios antiguos hacan hervir hasta en las inteligencias ms 
      indiferentes. Bonito como un parque ingls, como una cascada artificial, 
      como un bibelot de Pars, como un capricho de tocador en barro cocido de 
      esos que los artistas florentinos reparten por el mundo para satisfacer 
      caprichos de enamoradas y neurlgicas, como un traje de fantasa hecho de 
      encargo por un modisto parisin; pero liada ms que eso. Un argumento en 
      piedra contra la seriedad de aspiraciones de nuestra poca.
           El jardn es tan artificial y tan falso, tambin tan bonito, como las 
      posturas estudiadas de las horizontales nacidas para serlo. Nada que 
      indique all la presencia de la Naturaleza: el hombre y slo el hombre, 
      aplicando a todo, rboles y matas, su ideal de lnea recta, y castigando 
      brbaramente con la supresin las pronunciadas aficiones de las plantas 
      hacia las redondeces curvilneas, hacia las dilataciones graciosas e 
      imprevistas de todo lo que es espontneo. Mucho csped, recortado 
      cuidadosamente cada dos o tres das para que no sobresalga ninguna mata 
      sobre sus compaeras la altura de una hoja de violeta: muchos cuadros de 
      pensamientos, formando coronas e iniciales, probablemente los de los 
      dueos de la casa; muchos rboles, ms que presentables, honorables; 
      circunspectos, tiesos, de hojas relucientes como acabadas de labar, y 
      alineados en filas, odiosas a la esttica, aunque simpticas a las 
      ciencias exactas: dos pabellones a ambos lados del edificio, para la 
      servidumbre -as se la llama- y he ah todo. Ah! se me olvidaba. Y un 
      invernadero lleno de flores plidas a las que trataban de hacer creer que 
      estaban en Amrica o en frica para que continuaran viviendo... -Porque la 
      temperatura postiza del invernadero era el primer engao con que se 
      tropezaba al entrar en aquella casa.
           Si como Balzac, asegura, las casas llegan a tener a la postre la 
      fisonoma de sus moradores, los dueos de aquella, deberan haber nacido 
      por equivocacin en la tierra, a fuerza de encantadores. La escalinata de 
      mrmol blanco con barandillas de bano tallado que daba acceso al hotel, 
      podis creerlo, de mrmol y todo, pareca de seda, una escala de seda para 
      refugiarse en lo ideal. Y cuando franqueada la graciosa puerta de 
      cristales multicolores, los timbres automticos se encargaban de anunciar 
      vuestra presencia, aquellas inauditas acumulaciones de armona, la luz, 
      graduada con tal arte, que repartiendo y combinando artsticamente colores 
      por todos lados pareca proceder de un arco iris concedido graciosamente 
      por Dios para satisfacer el capricho de una hada; los perfumes de lujo de 
      la casa mezclndose con los del jardn; el mismo aire, la misma atmsfera 
      que all se respiraba, la seguridad de un lujo positivo, todo esto haca 
      que fascinados, obcecados, estpidos, careciendo ya, a fuerza de 
      impresiones, hasta de inteligencia en los sentidos, os creyrais ms all 
      de la vida, ms all de las nubes, ms all de la atmsfera respirable, 
      ms all del ter; en la regin con que suean los solitarios y los 
justos.
           Luis y Emilia, el ayuda de cmara y la doncella, respectivamente, del 
      conde y de la condesa del Zarzal, deben tratar un asunto tan lleno de 
      nerviosidades que han concluido por contagiarse de ellas, y hablan en ese 
      sotto voce cortado y rpido que slo se oye en las crceles y en los 
      conventos las vsperas de evaciones...
           Y algo as como de evacin o fuga deben estar tratando, pero l la 
      dice -si puede hacerse la cosa sin que nadie se aperciba de las 
razones...
           Esto se va, y para ser lgicos, tambin nosotros debemos irnos. No 
      hemos llegado a esta casa con la ventura? Pues vaymonos tambin con 
      ella... -y luego, bajando la voz, confidencias de todo punto 
      inesperadas...; descrditos... protestos... embargos; las posesiones de la 
      provincia A hipotecadas, y consumido ya casi por completo el dinero de la 
      hipoteca; la dehesa de B negociada a retro-venta y amenazada de la 
      proximidad inexorable de un plazo sin entraas... Ninguna esperanza: 
      apurado, exprimido todo, hasta la cesanta de jefe del Gobierno nacional 
      del conde. No hay ms que la explosin.
           Y a este tenor tantas cosas dichas callandito, con lo cual no 
      pareca sino que aumentaban en gravedad! Si no quedaba un cuarto para 
      mandar cantar a un ciego! Y si tuviera su excelencia el valor de la 
      prudencia como tiene el de la falta de aprensin!... retirarse de la haute 
      vie... pretestar enfermedades, hasto... pero nada...; ese viejo no hace 
      ms que lo que su mujer quiere. Y su mujer quiere por lo visto una 
      catstrofe que lance hasta el Indostn los hedores de una opulencia que 
      revienta de miseria... -Pues no hemos de seguirles... Han transcurrido 
      muchos Agostos desde que estamos en esta casa, para poder tratar a la vida 
      como a una buena amiga...
           Pero Emilia no se deja convencer. Tiene esa dureza intelectual que lo 
      rechaza todo, hasta las verdades armadas de puntas. Y luego, ella es 
      agradecida -y gime para asegurarlo. -La seora condesa... y ella tan 
      torpe que no se aperciba de nada! La seora condesa estaba preocupadsima 
      haca das. Pero Emilia tradujo esas preocupaciones foscas de la 
      excelencia hembra por disgustillos amorosos...; no quera desengaarse la 
      seora de que todos los hombres son lo mismo...; caterva de viciosos que 
      no van buscando en la mujer ms que una cosa y una vez obtenida las dejan 
      y las abandonan...
           -Y la seora, qu va buscando en los hombres? ngeles, arcngeles y 
      serafines? Pues eso ms arriba de la torre de X es donde se encuentran...; 
      todo se os vuelve a las mujeres hablar mal de nosotros y no podis pasaros 
      sin nosotros...; s, s, ya s que vas a decirme- aadi acompaando sus 
      palabras con grandes sacudimientos de manos -que a nosotros nos pasa lo 
      mismo con respecto a ustedes. Y si no, yo...; yo que no vivo ms que para 
      ti y que hace tiempo me estoy sosteniendo en la casa solo porque t lo 
      quieres; y no vale que yo te repita que esto se va, que esto se va- y 
      pareca, abriendo su boca para dar salida a estas lgubres palabras, uno 
      de esos profetas trgicos que recorran las calles de Jerusaln 
      prediciendo su ruina. -T quieres demostrarle el cario a la seora por 
      medio del sacrificio, del sufrimiento. De ese modo yo, para probarte el 
      mo tendra necesidad de pegarme preventivamente un tiro en la sien 
      derecha. No, Emilia, creme; as no se quiere, as se sufre, lo cual es 
      distinto, y hasta se muere.
           Este alarde oratorio aniquil las fuerzas de Luis, y prest energas 
      a las de Emilia. La energa de fuerzas de las mujeres caseras y sujetas; 
      el llanto.
           Llor convulsionariamente, dando hipidos, mucho rato, largo rato, 
      como si hubiera resucitado su madre para volver a morirse de nuevo, hasta 
      provocar la reaccin en el casi espritu de Luis que comprendi con el 
      buen sentido que le era propio, que una mujer que llora es casi siempre 
      invencible; y abandonando las posesiones y los fuertes de que se haba ido 
      apoderando en sus ataques... -No hablemos ms del asunto! Ea, se acabo. 
      Se har lo que t quieras, pero ya vers cmo... pero qu demonio de hora 
      ser que ya vuelve la seora del teatro? Adis, gatita, vida ma -dijo 
      tratando de contener el mpetu de la gatita que se haba lanzado fuera de 
      la habitacin al percibir el olor a carne de la seora... Y no bien qued 
      solo, dando paseos con la cabeza baja, por la habitacin que pareca vaca 
      desde que la dej Emilia que la llenaba toda con su picante gracia de 
      mujer bonita, grave e irreprochable, pulcramente afeitado, con la raya del 
      pelo junto a la sien izquierda y las huellas de las tenacillas de rizar 
      profusamente repartidas por toda la cabeza, vestido correctamente de 
      negro, deca, como un cura sombro entonando el Te Deum de todas sus 
      esperanzas: -qu profeta aquel ms a la moderna! -esto se va, esto se 
      va!



      - II -
           La condesa del Zarzal haba pasado muy mala noche y dado orden a su 
      doncella de que no la despertara hasta la una de la tarde, y que a esa 
      hora la subieran el almuerzo a sus habitaciones. No quera ver a nadie.
           Qu modo de revolverse en el lecho, Dios mo! Solo en los hospitales 
      se ven de vez en cuando enfermos heridos por la muerte en el estmago que 
      se revuelquen por sus camas con la rabia que lo estuvo haciendo toda la 
      noche la seora condesa del Zarzal. Lanzaba sollozos, rechinaba los 
      dientes, y cuando a la maana toc el timbre para dar la orden de que no 
      se la despertara hasta la una, tena los labios lvidos, la tez, histriada 
      de colores distintos, los ojos inyectados, no ya de sangre, sino de 
      humores, probablemente de bilis, y la voz ronca y fatigada como de haber 
      estado chillando veinte aos seguidos. Todo su cuerpo revelaba un gran 
      combate sostenido con el pensamiento, enemigo poderoso por lo mismo que es 
      impalpable, y de aquel combate haba salido rendida. No tena necesidad de 
      decirlo: hasta en la forma de estar echada sobre el lecho se vea el 
      desplome. Haba algo en aquella esplndida naturaleza de mujer hermosa, 
      que haba venido abajo, a tierra, sin estrpito, pero con cataclismo: uno 
      de los sillares que sustentaban su vida que haba rodado, falto de 
      equilibrio, por el angustioso declive de un destino triste que comenzaba a 
      iniciarse: y por ms que haca la favorita de la suerte por contener la 
      carrera loca de aquel elemento de vida que se le escapaba de entre las 
      manos, ah! ms pareca el insensato burlarse de ella, y con ms anhelo 
      mostraba su impaciencia de arrojarse al fondo...
           Era su buena dicha que se le escapaba; eran sus cincuenta y seis 
      aos, tan ocultos, tan tapados, tan escondidos, que parecan deshechos, 
      presentndose inopinadamente a concurso de acreedores; era su prestigio, 
      era su fortuna, era su capital, eran sus medios de vida, era toda su vida, 
      era el oro que combinaba sus reflejos dorados con el azul de los 
      cortinajes, y el mbar de las silleras, y el rojo o el color viejo del 
      fondo de las estancias; que alineaba matemticamente las exuberancias de 
      su jardn meridional; que perfumaba hasta las libreas de los lacayos, 
      escapndosele de las arcas, y de los bolsillos y de las manos, ni ms ni 
      menos que si tuviera inteligencia, y hubiera declarado en asamblea que 
      aquella casa, la casa del Conde, era la casa de un apestado: era que la 
      ruina acababa de descargar sobre la cabeza potica hasta el extravo, de 
      la Condesa, su zarpazo brutal de fiera, sin ms instinto que los de su 
      estmago, siempre hambriento, y los de sus garras, siempre furiosas: era 
      que se haca preciso decirle adis! al fausto, a los esplendores, a la 
      riqueza, y ante esta frase, siempre tan triste y ahora tan trgica adis! 
      la Condesa temblaba desde la punta de los pelos hasta las uas de los 
      pies, y deca, arrebujndose en la colcha de damasco rosa de su cama, con 
      un movimiento delicioso de criatura aterida de fro: -No, no!-.
           Por fin se levant: se levanto ms hermosa que de ordinario, y eso 
      que ella tena fama de ser la ms hermosa criatura de Z, con una suavidad 
      de expresin en la fisonoma tan sorprendente, que podis creerlo, haba 
      luz en su sonrisa y alma en sus ojos; pero alma de nio, todava a gran 
      distancia de la vida, y no alma de mujer gastada, siempre a caza de 
      impresiones nuevas, pero a condicin de que hicieran en ellas de vctimas 
      los dems, una corrida de toros, un motn con barricadas, un hundimiento 
      de familia, previsto, un suicidio, y si fuera posible una conflagracin 
      cosmologtica, pero presenciada por ella desde seguro, desde una nube, 
      pongo por caso, mejor. Pero ahora... la miseria... Y bien! Ella le 
      demostrara que no todo el mundo es inofensivo...
           -Que llamen a mi hijo: anda t, Emilia, para que no se asuste, y dile 
      que su madre quiere recordarle su cario con un beso muy sentido, y el 
      inters que le inspira su suerte con una proposicin muy halagadora. Pero 
      que no se asuste, que no es nada de cuidado.
           Oh! y esa mujer es cmica hasta con su hijo... Probablemente tendr 
      ya ensayadas las frases que ha de dirigirle, el acento, el tono en que las 
      ha de envolver para prestarles ms sentido humano y hacerlas ms 
      vibrantes, ms agudas, ms susceptibles de traspasar el grosero tejido de 
      la piel, y ya en lo ntimo, clavarse en las grandes entraas, en el 
      cerebro, en el corazn, en el estomago; tendr ensayada la actitud, la 
      postura; pero oh absurda imprevisin! no ha ensayado el gesto, la mirada, 
      y corre al espejo de plata pulida con marco de pelousse celeste plido, 
      que orna todo un testero de su tocador, para hacer a su cara cmplice de 
      sus intenciones y del resto de su cuerpo.
           Buena ocasin la que se me presenta ahora para describir aquel 
      poderoso alarde de buen gusto, en que Dios consumi parte considerable de 
      sus potencialidades y sus energas. Era alta, rubia, enervante, 
      provocativa; tan bella, que pareca un reto a la castidad forzada de los 
      enfermos, de los impotentes y de los viejos; tan convencida de sus 
      gracias, que se jactaba de no haber visto jams ninguna cabeza erguida 
      delante de la suya. Como si aquella belleza imponderable, absurda, fuera 
      antes que nada una fuerza siempre en movimiento, desarrollaba a su 
      alrededor especie de remolinos o trombas de locura que mareaba a los 
      hombres, y ya poda vanagloriarse de fuerte el que se mantuviera sereno a 
      su presencia; tena el privilegio de hacer ms azulada la atmsfera que la 
      rodeaba, de tal modo, que el que despus de haber cambiado algunas frases 
      con una de esas mujeres plidas y ociosas que forman el encanto de 
      nuestros salones, llegaba a la zona ms oxigenada y ms humana, pero ms 
      femeninamente humana, de la Condesa, senta en su cuerpo fenmenos 
      nerviosos, semejantes a los que se experimentan en las grandes 
      ascensiones; los sanguneos se ponan apoplticos, y los nerviosos, 
      neurlgicos. Los que eran sencillamente anmicos, buscaban el auxilio de 
      una silla para no caer redondos al suelo. Y ella, acostumbrada a esas 
      apologas de su belleza, sonrea balanceando sus caderas con coquetera de 
      hembra acosada; o bien si entre los admiradores embobados descubra a 
      alguno antiptico -los gordos les eran particularmente antipticos, 
      -estremeca su cuerpo una convulsin nerviosa, aunque instantnea, bien 
      perceptible, cuyo sentido pareca ser ste: -Uf, qu asco!
           Algunos se explicaban esa desatinada acumulacin de belleza por la 
      circunstancia de ser americana la condesa del Zarzal: era con respecto al 
      vulgo de las mujeres, lo que las Amazonas en relacin con los dems ros, 
      los Andes con las dems cordilleras, o el cndor con las dems aves. El 
      infinito expresado por las ciencias exactas y por los geroglficos 
      egipcios con la figura de una culebra mordindose la cola. Un summum 
      imponderable, casi imposible, de armonas y bellezas.
           Que no tena alma! Qu amante que se preciase de poseer una muy 
      grande, podra quejarse de eso? Con la que a l le sobrase, completara 
      por dentro, psquicamente, a aquella obra maestra de la naturaleza, y as 
      resultara perfecta. Y adems, es preciso desengaarse: todava en ninguna 
      tarifa de comercio se ha declarado al alma artculo de primera necesidad. 
      Con que as...
           Ya est aqu el hijo. No dira nadie que haba tenido participacin 
      en su nacimiento la condesa del Zarzal. Raqutico, destartalado, estlido. 
      Barba rala, ojos grandes, aunque sin expresin; boca graciosa, pero 
      obseso, como aturdido, como hecho de prisa para completar un pedido de 
      chiquillos; sin contar para nada con la voluntad de su encantadora madre.
           -Oh, hijo mo, tres das sin verte! Cmo ests? Cmo me 
encuentras?
           Y empujaba con la voluntad el grandor de su belleza para hacerla ms 
      imponente. No pareca sino que trataba de seducir a su hijo...
           -Bah! Esas son moneras de agua de jabn, que revientan en cuanto se 
      las trata de analizar. Pienso mucho, me preocupo demasiado de tu situacin 
      y de la de todos para poder estar como dices... Pero sintate. Es visita 
      de mdico que quiere acreditarse con su prisa sistemtica la que vas a 
      hacerme? Aqu, a mi lado. Mira, este divn parece como hecho de encargo 
      para que una madre hable con su hijo de corazn a corazn.
           -Oh, madre ma! -Y la besuqueaba la cara con la glotonera de un 
      nio enfermo, separado por exigencias sociales del calor del nido, pero 
      vuelto a l de repente. -Si vieras lo feliz que me siento ahora!
           -De felicidad quera hablarte, y perdona, Enrique, el tono. Estoy 
      demasiado conmovida para dejar de ser solemne, y despus de todo, se trata 
      de ti; de ti, hijo mo, de tu porvenir, de tu presente, s; pero sobre 
      todo, de tu porvenir.
           -Me pareces a D. Eusebio cuando pronuncia discursos en la Cmara, que 
      cierra todos sus perodos con esa palabra: el porvenir, el porvenir.
           -S, pero el porvenir de D. Eusebio es un porvenir en que nadie cree, 
      ni l mismo... mientras que el tuyo... No has pensado nunca en casarte?
           -No he amado nunca hasta ese extremo, mam.
           -Bah! Parece mentira que seas mi hijo. Acaso el matrimonio necesita 
      para nada del amor? Conoces t a muchas parejas de casados que se amen? 
      Acaso yo...? -Se par; iba a decir una imprudencia. -La seorita de 
      Galindo es digna de ser mi hija... es digna de ser tu mujer: es eso lo que 
      quera decir. Es bella, tiene prestigio, esa fama de virtud que tan bien 
      sienta a las solteras jvenes... es rica... Anoche en la pera trat con 
      D. Joaqun de la conveniencia de vuestro matrimonio: me consta que no le 
      eres personalmente desagradable: ahora dime qu piensas de todo esto; pero 
      advierte que lo tengo ya todo decidido.
           -Pienso que lo que me propones es imposible- dijo Enrique encogiendo 
      la cabeza entre los hombros como para resistir el golpe; porque l lo 
      esperaba; y una vibracin de aire que crey percibir por sobre su cabeza 
      le hizo prorrumpir en el ay! instintivo que siempre acompaa al golpe...
           -Raza de cobardes sta de tu padre! Y por qu es imposible? Porque 
      t lo quieres... porque te alhaga eso de continuar lloriqueando alrededor 
      de mis faldas como un nio recin destetado? Piensa en que ya tienes la 
      dentadura completa; en que sales solo a la calle sin ayuda del preceptor; 
      en que eres el nico hijo varn de una casa ilustre que necesita 
      descendencia; piensa, sobre todo, en que yo te lo ruego, y en que si esto 
      no basta... -al llegar aqu su lengua silbaba con los chasquidos de cola 
      de serpiente- y en que si esto no basta... Levanta la cabeza, Enrique, y 
      mrame... yo te lo mando.
           Pobre nubecilla blanca empujada por el viento de la tarde en 
      direccin contraria a la del espeso nubarrn rojizo, cargado hasta los 
      bordes de electricidad! Qu recurso le quedaba sino el de deshacerse en 
      agua y llorar? Enrique lloraba ocultando su cabeza ennoblecida y hasta 
      idealizada por el sufrimiento, en la falda de seda de la madre... -no es 
      posible, mam, yo te lo juro... no es posible- y para demostrarle que no 
      era posible, levantaba el miserable su cabeza enrojecida por la sofocacin 
      del sollozo y hmeda y reluciente por el sbito desbordamiento de las 
      lgrimas, hasta la altura de la de su madre, y con esa terquedad de frase 
      de los obsesos, de los convulsionarios, repeta, mirndola de hito y 
      salpicando de lgrimas sus frases- no es posible, mam, no es posible...
           Es decir, que se le sublevaba, que se le declaraba insurrecto? Se 
      pasaba al enemigo, a la miseria? Y cmo decrselo, gran Dios, si ella 
      misma, en sus soliloquios solo se atreva a hablar de esto de un modo vago 
      que pareca un susurro! La miseria, la ruina! Dos viejas legaosas tan 
      antiguas como el mundo, atacando hasta con sus encas sin dientes, a la 
      soberbia esttica de la condesa para destruirla y tirarla luego a la calle 
      convertida en harapo humano, un harapo que no recogera con su gancho de 
      degradacin ningn trapero del vicio! Qu horror! Pues abordemos la 
      cuestin de frente: no queda ms esperanza que esa.
           -Oye, Enrique, y clmate por Dios: en ese estado no quiero hablarte: 
      qu no? Pues yo tampoco puedo hablar con rociones de sollozos. No seas 
      nio... -y con ste y otros acompaamientos de frases trataba de preparar 
      la res al sacrificio. -Los tiempos han cambiado y han cambiado para 
      desgracia de todos nosotros. Dios mo, qu violento me es hablarte de 
      todas estas cosas! Cuando t nacistes y durante los primeros aos de tu 
      vida, tu padre era el rbitro supremo e indiscutible de los destinos del 
      pas. De tal modo, que jefe de un estado democrtico y todo, como era, 
      para conocer la voluntad de la nacin se haca preciso conocer antes la 
      voluntad de ese pobre hombre que roncar probablemente en las habitaciones 
      de arriba, ms cerca del limbo que de la vida. Entonces todo tena los 
      reflejos del oro, hasta nuestras letrinas, hasta nuestros sueos. Oh, 
      sobre todo nuestros sueos! Me haba familiarizado tanto con el 
      tratamiento de Vuestra Alteza con que me saludaban todos, que... ahora te 
      lo digo para castigo mo; llegu a creer en la posibilidad de obtener el 
      de Vuestra Majestad, y hasta conspiraba para eso. No haber sido reina de 
      A, pero de veras, de realidad, no de mentirijillas, como otras veces lo he 
      sido, es uno de mis ms grandes desengaos. La verdad es que esas altas 
      posiciones eran incompatibles de todo punto con la poquedad de condiciones 
      del conde, que ni siquiera sabe ser ambicioso: de otro modo sera rey de 
      A, y ese es el tema eterno de mis melancolas. Un golpe de fuerza anul 
      aquella legalidad poltica, cuyo brillante ncleo formbamos nosotros. 
      Aquello fue como un pedrisco azotando los campos el da de la recoleccin: 
      slo una catstrofe del cielo puede compararse con lo que pas entonces. 
      Quedamos anonadados, confundidos. Tu padre, en el primer estupor de la 
      derrota, de la sorpresa, dominado por un miedo cerval de todo punto loco, 
      pens en la emigracin; yo, ms serena, y sabiendo que todas las 
      restauraciones modernas son magnnimas al principio e inauguran sus hechos 
      con actos de generosidad, y sobre todo, obedeciendo a las inspiraciones 
      casi siempre profticas del corazn, le aconsej que se quedara en A, lo 
      retuve y lo obligu a que reconociera explcita e implcitamente aquella 
      nueva soberana de derecho tan bien acogida por la nacin. Despus de eso 
      las angustias de una vida artificial, llena de dificultades, y por ltimo, 
      lo que vas a saber ahora mismo. -Y bajando la voz, y con el mismo sotto 
      voce de crcel o convento, solo que ms cortado, ms nervioso, con que 
      Luis hablaba de estas mismas cosas a Emilia en el captulo primero, la 
      descripcin de la ruina, todo deshecho, desplomado, vencido; los escombros 
      de un gran hundimiento y sin ms esperanza de arreglo que el casamiento 
      que su madre le propona. -Y ahora -continu diciendo- no es posible, 
      mam, no es posible, si te atreves... vamos a verlo.
           Momentos de pausa: algo se prepara a salir del alma sofocada de aquel 
      pobre nio, que debe ser imponente por los esfuerzos que le cuesta 
      manifestarlo. Hay colaboracin de fuerzas en todo su cuerpo para lanzar 
      aquella confesin a que quieren dar salida sus labios... pero nada, la 
      cosa no sale, y eso que el infeliz hasta aprieta los puos con rabia como 
      las criaturitas recin nacidas, para ser enrgico. Por fin... oh, qu da 
      aquel tan triste! Por qu lo alumbra el sol?
           -Yo estoy enfermo, mam, no puedo casarme...
           -Enfermo! Vaya, una razn! No es en s el matrimonio una 
      enfermedad que slo se cura con la querida o el amante? A otro perro con 
      ese hueso. Veamos otra explicacin.
           -No hay ms que esa, mam, que estoy enfermo y no puedo casarme; te 
      parece poco?
           -Enfermo... y de qu? Digo, si es que tu madre puede saberlo.
           -Puede y debe saberlo; pero... acerca la cabeza, mam; estas cosas 
      slo deben decirse al odo; oye...
           -Comprendes ahora?
           Muy grave debi ser lo que le dijo, porque la madre, que posea el 
      arte difcil de dominar despticamente sus impresiones, mud de color 
      durante el relato del hijo varias veces, y por ltimo qued anonadada. 
      Milagro fue que no le dijera a la inexorable suerte con las manos cruzadas 
      y la cabeza baja: Basta, perdn! porque se senta rendida; palabra de 
      honor que se senta rendida... Qu hacer, gran Dios? Otro pilar de 
      ilusiones que se vena a tierra! Y l congestionado de vergenza y ella 
      casi agarrotada de indignacin, amasaban sus cabezas entre sus manos, a 
      ver si de ese modo brotaban chispas que hicieran humanamente tolerable la 
      espesa oscuridad en que se revolvan.
           Momentos fnebres de siniestros tanteos en las tinieblas que 
      decidieron el drama de esta historia!
           Por fin hablo la estatua, quiero decir la madre; despus de la lluvia 
      el viento africano que todo lo seca.
           -Dentro de un mes estars casado; si la seorita de Galindo va 
      buscando en el matrimonio la satisfaccin de groseros apetitos, indignos 
      de una joven honesta, hombres hay de sobra en el mundo que se disputen a 
      estocadas el consolarla de tus desvos, porque es sobradamente bonita para 
      eso. En cuanto a ti, hijo mo, qu mayor premio que haber salvado de la 
      deshonra, de la ruina a tu familia? Ahora, adis Enrique, hijo mo; voy a 
      dar la ltima mano de obra al proyecto; hasta la noche s? Iremos juntos 
      a verla. Dame un beso y confa en tu madre.
           Y su madre, arrancndose de pronto la careta no bien qued sola, se 
      metamorfose en lo que naturalmente era: en una enorme egosta de cuerpo 
      entero.



      - III -
           Llamarlo? S, era lo ms conveniente. Esta carta a su destino. Y 
      diez minutos despus ya estaba D. Felipe, el confesor y consejero ulico 
      de la condesa, a presencia suya.
           Don Felipe perteneca a ese gnero especial de curas hbridos que no 
      han previsto ninguna legislacin cannica. Todo lo menos cura posible y 
      todo lo menos seglar posible: un cura empezado a formar, pero resultando 
      admirable en su estado de boceto: bonito, pulcro, de ojos chiquitos y 
      brillantes, negrsimos hasta hacer aparecer blancas todas las cosas que 
      los rodeaban; boca pequea y nerviosa, nariz fina, testa de Luis Gonzaga 
      perfeccionada por la pomada trtara. Vesta con suma elegancia hbitos 
      entallados de seda, y una de las prendas predilectas de su coquetera 
      sacerdotal eran los zapatos de charol con hebillas de plata que 
      completaban su indumentaria de cura petrimetre. Chapeo derniere de alas 
      anchas y redondas al igual de las de los trabajadores del campo, y 
      siempre, en toda estacin, guante negro de castor o de piel de Suecia, 
      segn la sensibilidad termomtrica de su cuerpo. Decan del color siempre 
      sonrosado de sus mejillas los maliciosos, que el tocador andaba por mucho 
      en ello, pero yo creo sencillamente que aquel agradable color de manzana 
      bien conservada, o de cara de nio llorn, proceda de las riquezas 
      gstricas del estmago de D. Felipe, para quien la vida no era en realidad 
      sino un festn permanente, para el que se haba hecho de billete de libre 
      circulacin: y eso es todo; que digera con facilidad y que coma con buen 
      apetito.
           -Qu novedades hay, querida condesa? Con qu nuevo don os favorece 
      hoy el cielo?
           Aquel confesor debera ser muy indulgente con sus penitentes: de 
      seguro que no impona a la condesa despus de la confesin, ni siquiera 
      dos salves de penitencia...
           -Que he dado la batalla y que he recorrido la victoria de un extremo 
      a otro. Ah! Pero he tenido que vencer enormes dificultades, aadi con 
      una adorable transicin de tono. -El nio se retorca, se revolva, 
      trataba de escaparse de entre mis manos. No he visto temperamento de goma 
      elstica como el suyo. He necesitado de todos los sabios consejos de usted 
      -aqu se inclin la testa evanglica de D. Felipe, con tanta flexibilidad 
      como si hubiera hecho ms que eso en toda su vida. -He necesitado de todos 
      los sabios consejos de usted para poder entonar el hossanna proftico con 
      que se despidi usted anoche. Pero cuntas dificultades, amigo mo! 
      Figrese usted... si, ningn trabajo ha de costarle, y as se figurar 
      usted la realidad... Figrese usted que hay un inconveniente formal de 
      matrimonio. Si yo conociera la frase tcnica de eso... de ese... 
      fenmeno... para no ofender la pureza de vuestros odos; y esto, dicho en 
      serio, daba escalofros os lo juro; -pero hay im-po-ten-cia, im-po-ten-cia 
      material...
           Por qu recalcaba tanto esta frase: impotencia? Para D. Felipe no 
      tena sentido oculto el empeo con que la recalcaba su hija de confesin: 
      era de esas inteligencias sagaces que se precian de saber leer entre 
      lneas y de interpretar las palabras en su sentido ms vergonzoso, con lo 
      cual, justo es decirlo, acertaba las ms de las veces; y cruzando las 
      manos como un presbtero cualquiera, y bajando los ojos como una doncella 
      campesina al aparecer entre sus compaeras el da de torna-boda:
           -Qu juventud, condesa! Pero permtame usted que me asombre: un 
      nio de costumbres tan puras, tan irreprochables!...
           -Bah! pero era de nacimiento, segn l mismo haba confesado.
           De buena gana hubiera hablado largo rato de esto el bueno de D. 
      Felipe para dar desahogo a su acumulacin de conocimientos; pero la 
      condesa era poco aficionada a desages de erudicin, y otra cosa era lo 
      que a ella le importaba... No haba seducido al hijo? Pues seducir al 
      padre, al padre espiritual.
           Largo rato hablaron, ella con toda la pasin de su naturaleza 
      criolla, atacando de frente y flagelando sobre su sonrosado enemigo las 
      esplndidas fulguraciones de su belleza, que pareca formada de 
      electricidad, segn la fuerza que desarrollaba; l con toda la melifluidad 
      y toda la mansedumbre de sus hbitos negros y de su costumbre de hacer 
      reverencias en los salones hasta dejar la batalla indecisa.
           Era D. Felipe de esos hombres cobardes que se resisten con 
      obstinacin diciendo que s a todo, mientras que ella, al contrario, era 
      de esos temperamentos originales, que se rinden, que se entregan con 
      facilidad al mismo tiempo que dicen no con la boca. Muy dudoso debi 
      parecer el xito de la jornada a la condesa cuando se consider en el caso 
      de hacer uso de su ltimo argumento en las situaciones difciles, como 
      haca Napolen con su guardia veterana en los perodos supremos de sus 
      duelos con Europa: incitar al sexo contrario con una enervante provocacin 
      de caderas que no haba hombre capaz de resistir tranquilamente...
           -Oh, yo os lo prometo, todo lo que queris; pero permitidme que bese 
      vuestra mano y... y...
           Y con los pelos de la nuca erizados, el labio inferior colgante, la 
      tez plida, pero con resplandores de incendio alrededor de sus ojos de 
      furioso, temblando como uno de esos infelices que llevan el azogue 
      disuelto por la sangre, obseso, fascinado, con testuz de bestia y no de 
      Luis Gonzaga, las manos agarrotadas y temblantes, deca a la condesa, 
      olvidado de su cortesano saludo de cabeza y del tono dulzn de su palabra:
           -Sois bella y provocativa como una de esas mujeres histricas que han 
      podrido sobre sus muslos a toda una generacin... como el sueo de un 
      fraile trapense... como... como V. sola.
           -Pero esas cosas, Felipe, no se dicen chillando ni a tanta distancia 
      de la que las inspira... -Y rodeando con sus brazos, hermosos como todo lo 
      que seis capaces de imaginar, ms hermosos que todos los de la estatuaria 
      griega, la cabeza acanallada del cura. -Oh, yo quisiera saber como ama un 
      hombre que no ha pertenecido a nadie...
           Todo perdi los contornos de la realidad para aquellos dos 
      miserables. La atmsfera caliginosa del saln podra mascarse. El jesuita 
      atraves toda la casa sin sombrero y sin apercibirse de esto. Ya en la 
      escalinata de mrmol blanco se lo avis un alma de lacayo. Sin ese aviso, 
      Z, la capital de un territorio de cerca de veinte millones de habitantes, 
      tostado por el sol y por la clera de los dioses, habra presenciado el 
      espectculo de un cura que pasea su coronilla al sol y al aire de la 
      tarde, con la misma dignidad que un buey sus cuernos.
           Ah! D. Felipe era el padre de confesin de la seorita de Galindo.



      - IV -
           La ceremonia religiosa de la boda tuvo lugar en Pars en la capilla 
      de una embajada latina: una capilla donde se reza a Dios en nombre del 
      presupuesto de Estado de una nacin tan esencialmente atea, que en materia 
      de divinidades slo cree en la Virgen del P*** y en la del Carmen, y yo me 
      figuro que porque son bonitas y lujosas; a Dios lo maltrata la boca del 
      pueblo con blasfemias y salivazos a todas horas, constantemente, a 
      propsito de todo y a causa de todo: como si aceptara su ubicuidad para 
      proporcionarse el refinamiento voluptuoso de encontrar por todos partes 
      pedazos de esencia divina donde vomitar miserias y odios...; cuanto lleva 
      consigo.
           Qu artculo ms mundano, ms lleno de modernismo, el que public Le 
      Fgaro al da siguiente describiendo la ceremonia, los trajes de los 
      invitados, la fisonoma social de cada uno de ellos, las hijas casaderas 
      que tenan, y la dote probable de cada una de ellas!
           Oh! Verdaderamente la condesa estaba encantada!
           Nunca crey estar tan bien relacionada con todas las sumidades del 
      buen gusto parisin. Cierto que el boulevard Saint-Germain no envi 
      ninguna de sus acartonadas representaciones como para dar fe de que el 
      siglo XV aceptaba y legitimaba la obra de una condesa del siglo XIX; que 
      la rue de Antin y todas sus similares estaban en una desconsoladora 
      mayora; que la fiesta pareci en su conjunto, dejando aparte las 
      condecoraciones y brocados, una zambra de gitanos apostados alrededor de 
      una barraca de ferias para solemnizar con motes y frases meridionales, con 
      sonrisas y gestos picarescos, con explosiones de un entusiasmo tan 
      caliente como el sol de Andaluca o de Provenza, la unin comanditaria de 
      dos zngaros, de dos bohemios, que ni aun casa tenan en aquella enorme 
      capitalidad de la cultura humana; alojados en el appartment garnie de un 
      hotel dorado, en que se pagaba todo, en que se alquilaba todo, desde las 
      sonrisas por horas de los camareros, hasta el oxgeno apenas renovado de 
      las habitaciones; que el presidente de la Repblica y el jefe del Gobierno 
      y los ministros invitados, excusaron su asistencia con el pretesto...; con 
      ningn pretesto...; quehaceres, atenciones urgentes...; necesidades del 
      momento; una verdadera cochinada; que... pero en cambio, qu lujo y qu 
      animacin, y qu alegra tan desordenada en aquellos extranjeros que 
      haban pedido albergue a Pars para realizar la cosa santa del matrimonio; 
      a Pars, una patria prestada, una patria que no era la de esos 
      extranjeros, porque ellos eran en su inmensa mayora o afortunados o 
      imbciles, y Pars es la patria de los desheredados y los perseguidos, de 
      los calumniados y los proscritos, de los voluptuosos y los sibaritas, de 
      los que sufren, de los que gozan y de los que piensan, de todos los que 
      llevan en el cerebro o en el pecho un sentimiento o una idea necesitadas 
      de auditorio o de consuelo! Y tambin, por qu no decirlo? la patria de 
      los que sienten con el vientre y piensan con los intestinos; de los que no 
      ven ms all de su organismo puramente fsico; de los que se deleitan con 
      Rabelais usado a dosis para servir de estimulante a todas las porqueras 
      de nuestra monstruosa relajacin de costumbres, y se afanan luego, con 
      terquedades de babosa por trepar a la altura de las reputaciones ms 
      brillantes y emporcarlas, a la de Balzac, a la de Musset, a la de Hugo; de 
      los que saben apreciar las sensaciones del amor por adarmes y quilates sin 
      equivocarse en un tomo, solo de una mirada, al vuelo, como los jugadores 
      prcticos reconocen de un vistazo las monedas que caen sobre el tapete... 
      Pars!... El nombre de Aspasia le sentara admirablemente: prostitucin y 
      genio, tambin belleza; hace belleza, construye belleza con Vctor Hugo 
      sobre sus rodillas, y luego se vende al primer brbaro que la solicita. 
      Oh, eterna degradacin de todo lo inmenso! Por qu tiene el Oceano 
      arenales y bagos y emboscadas; limo en el fondo, broza en la superficie, 
      rencor y odio a lo humano en sus entraas?
           La desposada tena en su naturaleza la suficiente cantidad de 
      distincin para siendo sencillamente bonita resultar admirable: una cabeza 
      caliente, curada al sol del Medioda, con ligersimo vello sombreando el 
      labio superior y rasgos apasionados en toda la fisonoma, valiente y 
      graciosa al mismo tiempo: el pelo negro, lustroso hasta hacer pensar 
      involuntariamente a los que lo miraban en el acero bruido y en el agua 
      trasparente; y tan abundante y tan suave que se vea en l, 
      independientemente del resto de la fisonoma, la manifestacin bizarra de 
      un sexo robusto y bien formado, que no haba venido por equivocacin a la 
      tierra. La frente pulida, mimosamente pulida, baja y estrecha y con esas 
      entonaciones suavsimas de color plido que se admiran en el marfil 
      antiguo; semejante por su forma a la de las Venus griegas, y as como 
      cortada a pico; quiero decir, dominando con una pureza de lnea recta, 
      absolutamente matemtica, a todo el rostro, que de ser menos moreno o ms 
      inexpresivo, hubiera parecido el de una de esas estatuas ticas que la 
      insaciable avaricia de la vieja Inglaterra va acumulando en Britisch 
      Museum, convertido as en odioso usufructuario de la hermosa inspiracin 
      helnica: los ojos negros y sombros, rabes por la expresin voluptuosa 
      de la mirada y la magnfica dilatacin de los prpados, europeos por el 
      postizo sentimiento de cultura mundana que destilaban; y la nariz tan fina 
      y tan nerviosa, que recordaba cuando sus cartlagos se estremecan con las 
      palpitaciones instintivas de la pasin, al pico de ciertas aves, que, como 
      dice Hugo, parecen llevar atado a una pata el hilo de lo infinito: la boca 
      sensual y graciosa, el cuello formado de una curva, de tal modo 
      irreprochable, que hubiera hecho delirar a un artista y enardecerse a un 
      voluptuoso; los pechos exuberantes y estremecidos, el talle garboso, la 
      cintura ondulante, las caderas y los muslos bien marcados, el pie como 
      mandado hacer de encargo a Cdiz, y la estatura tan armnica, que no 
      tendra necesidad para besar en la frente a su esposo, de empinarse 
      penosamente sobre la punta de sus piececitos. La Virgen del Carmen: as 
      la llam un marino agregado militar de la Embajada, empachado y hasta 
      ahto de carne sonrosada y lechosa, de beauts blondes, de linfa en vez de 
      sangre, y de cabelleras rubias, en vez de las negrsimas de las mujeres de 
      su tierra. La Virgen del Carmen...! Quin hubiera podido adivinar que 
      en esa galantera iba envuelta la amenaza, como va envuelto el rayo en las 
      electricidades contrarias que se embisten y luchan desesperadamente hasta 
      reventar, en los espacios, ya entonces trgicos de la atmsfera?
           La seorita de Galindo permaneci hondamente impresionada durante 
      toda la ceremonia: se conoca que tomaba el matrimonio en serio no como la 
      Condesa, su suegra, que solo pensaba en l para traicionarlo... Bah, 
      acaso el matrimonio necesita para nada del amor...! -y que con su actitud 
      recogida, la mirada baja, y los ojos enrojecidos quin sabe por qu 
      causa, en virtud de qu cosa! -desmenta su excepticismo, o trataba de 
      desmentirlo a lo menos, simulando a una de esas almas, o cndidas o 
      cobardes, que prefieren a vivir en paz con su conciencia, vivir en paz con 
      la sociedad... -All, en primera fila, grave, majestuosa, irreprochable, 
      hasta santificada por la ocasin y el sitio, dominando con su imponente 
      belleza en la plenitud de su desarrollo, completamente madura, las otras 
      bellezas vulgares de las dems mujeres, vestida con un traje color de 
      rosa, que la haca parecer una flor mejor que una fruta, la cabeza rodeada 
      de opulenta diadema condal, y la actitud sufrida de una vestal pagana, 
      entregada a sombros misterios religiosos, la Condesa del Zarzal inspiraba 
      ms que amor, ese amor que ya comenzaba a hastiarla, harta de l, harta de 
      verlo siempre lo mismo, anhelante e impetuoso, siempre pidiendo las mismas 
      cosas con el mismo lenguaje y la misma mirada brillante de lobo rabioso de 
      hambre, inspiraba ms que amor, respeto, culto; pero culto religioso: 
      daban ganas de decirla Dios te salve... Ay! harto lo necesitaba su 
      alma: su cuerpo, su estmago, sus aficiones al lujo, su leyenda de mujer 
      esplndida, sus vicios de toda la vida, ya estaban salvados. La seorita 
      de Galindo no era slo un temperamento caliente, curado al sol de 
      Andaluca; era la Providencia, todo el cielo que haba bajado hasta la 
      Condesa del Zarzal para salvarla... -Y en aquellos momentos supremos, el 
      sacerdote en el altar con la alba vestida, el calor de humanidad reunida 
      enviciando la atmsfera, doscientas o trescientas pupilas fijas en la 
      ceremonia que se verificaba; aquella joven tan mimada por la naturaleza y 
      la sociedad, hija de grandes, grande ella misma, extendiendo su mano a la 
      del hijo de la Condesa, y diciendo s, quiero, la presuncin formal de 
      que lo que all se celebraba era una cosa grave, una cosa que afectaba 
      fundamentalmente a dos destinos humanos, a dos criaturas humanas, todo 
      esto, haba hecho el efecto de una rfaga de aire helado que a traicin y 
      por sorpresa, se hubiera introducido en la sala caldeada donde se 
      verificaba la ceremonia. Y ya no eran meridionales, no eran zngaros de la 
      parte levantina de Europa los que all estaban congregados; era un pelotn 
      grave e irreprochable de gente resfriada, que, como los extremos se tocan, 
      los hombres con las manos en los bolsillos, y las mujeres con el pauelo 
      en la nariz, de vez en cuando en los ojos, parecan constipados, de exceso 
      de calor, de sobra de solemnidad.
           Ya era tarde, ms tarde todava para los que haban ido sin 
      desayunarse a la Embajada y el bueno del cura no pareca darse prisa: 
      deba estar muy a gusto en su tarea de refunfuar latinajos y repartir 
      signos mmicos de las dos manos a derecha e izquierda. Ni falt tampoco un 
      malicioso -cundo ni en qu circunstancia humana faltan?- que sospechara 
      harturas de suculento almuerzo en la calma espantosa con que pareca el 
      rubicundo abate complacerse en hacer inacabable la ceremonia. Por fin... 
      -Oh que inmenso suspiro de satisfaccin, de desahogo, que enorme suspiro 
      colectivo, de todos aquellos pulmones, revent en el aire, cuando las dos 
      manos afeminadas, pulcras, finsimas, del ministro del cielo, se posaron 
      en actitud de bendecir, sobre las cabezas postradas de los contrayentes! 
      Ea, se acab! Y si no hubiera sido por miedo al qu dirn, a la 
      contravencin de las leyes del buen tono, aquella turba ociosa se hubiera 
      declarado a la desbandada, tomando por asalto las puertas de salida, 
      ansiosa de sol y de aire, ni ms ni menos que si se hubiera dado en el 
      altar el grito de Estamos perdidos, slvese quien pueda! y que la 
      muerte estuviera prxima y la deshonra encima, sacudiendo latigazos...
           No pudo dominar por ms tiempo sus arrebatos maternales la Condesa y 
      se precipit ansiosa sobre la atnita recin casada, besndola en la boca, 
      en las mejillas, en los ojos, rozndole con los labios las manos, el 
      cuello, la cara, en un prolongadsimo beso que pareca tener la pretensin 
      de cubrirla toda, desde los pies a la cabeza. Luego, uno a uno, 
      circunspectos y graves por riguroso turno, fueron cumplimentando a los 
      recin casados con frases estudiadas desde la vspera, y tan parecidas 
      unas a otras como las monedas de oro sacadas de un mismo troquel en un 
      mismo da, todos los invitados al acto; primero el Conde del Zarzal, un 
      agradable viejo a quien describiremos ms adelante; luego los parientes de 
      la ex-seorita de Galindo, despus los otros invitados: felicidad, 
      ventura, dicha eterna, estas eran las frases que a fuerza de ser dichas 
      por todos, quedaron suspendidas en el saln como un polvillo dorado, hasta 
      media hora despus de terminada la ceremonia.
           La capilla quedse desierta: cuatro ordenanzas de la Embajada 
      improvisados de monaguillos, vestidos irreverentemente con trajes de 
      profanos, y uno de ellos cubierta la cabeza con la gorra de uniforme, 
      apagaron las luces, pusieron los sillones en su sitio: una admirable copia 
      del Cristo agonizante de Velzquez, adquiriendo entonaciones y lneas 
      fantsticas a la dudosa media luz en que haban dejado la capilla, 
      amenazaba desprenderse de su suplicio, ms trgico en pie que clavado, y 
      con sus enjutas ancas de cadver y mrtir, crugiendo las rotulas, la cara 
      salpicada de sangre descompuesta y negra, los ojos velados por las ltimas 
      desesperaciones de la agona, el pecho verdoso y encogido, el cabello 
      repugnantemente pegado con sudor y sangre a la cara y hasta a las 
      espaldas, largo como un manto de ignominia, y las manos demacradas, pero 
      todava estremecidas por msculos y nervios, capaces de agarrotar 
      gargantas y derribar cuerpos, correr, correr desenfrenadamente tras de la 
      caravana de boda, darle alcance a pesar del gritero y el escndalo del 
      populacho, pararla, llamarla vil, llamarla cobarde, y luego, encarndose 
      con el cura, con el bueno del cura que iba a cobrar en placeres lo que ya 
      con anticipacin haba dado en latinajos y fastidios, recordarle la 
      parbola de la mujer adltera, la parbola del publicano aquel que le 
      peda consejos, la frase con que unt de blsamo y consuelo a aquella 
      adorable pecadora, Mara de Magdala: Mujer, te ser perdonado mucho, 
      porque has amado mucho, -recordarle tambin, pero esto uniendo la accin 
      a la palabra, a latigazos, flagelando implacable sobre las espaldas del 
      cura con zurriagos de acero, -recordarle aquel hermoso pasaje del 
      Evangelio que ha servido de asunto a tantas inspiraciones artsticas... 
      los mercaderes arrojados del templo- y concluir con este recuerdo: los 
      profetas mis predecesores, Job, Isaas, Jeremas, gritaban trgicos desde 
      el muladar o desde el ter, por todo el fondo del Oriente, por las 
      sinagogas y las plazas Ay Jerusaln, Jerusaln maldita! -Cuidad mucho de 
      que otros profetas ms terribles y ms ambiciosos no griten: Ay 
      continente europeo, vieja Europa, vieja Europa maldita...; porque los 
      tiempos de las grandes justicias y de las enormes venganzas se acercan... 
      Una nueva era est encima. Y si no mirad... Esto del Cristo es una 
      fantasa; pero lo que no es fantasa ni mucho menos, lo que es una 
      realidad de diez mil hombres, es eso que viene, que viene impetuoso, que 
      se acerca, que se echa encima, que arrolla los coches de la comitiva 
      nupcial, que hincha toda la calle, que va dejando vaho de humanidad por 
      donde pasa, es eso, es esa reunin de diez mil hombres, morenos, rubios, 
      linfticos, nerviosos, con chaquets, con blusas, que lo llena todo, que lo 
      invade todo, que hacen temblar con sus voces las vidrieras de los 
      edificios, valientes adalides del porvenir que cantan, y su voz parece no 
      ya la voz de todo un pueblo, sino el trgico alarido de toda una 
      generacin de mrtires.
                                          Allons, enfants de fusills
            Mettez dans leurs fusils ruills
            De la metraille.
            Guerre aux exploiteurs nos tyrans!
            Allons, debout, serrez vos rangs
            Pour la bataille.
            Dans vos estomacs bedonnautes
            Nous ferons, bourgeois ruminantes
            Plus d'une entaille:
            La lutte sera sans merci;
            Nous aurons le coeur endurci
            Dans la bataille.    

       ...Ellos continuaban cantando ese espantoso alarido de angustia, ese 
      himno del rencor y el hambre combinados. Los gendarmes se escondan en los 
      portales de las casas. A las ventanas se asomaban los curiosos, con ms 
      cara de espectros que de hombres. Es la Internacional, la Internacional 
      que ha triunfado! Otra vez la Communne! Y aquellos zngaros del Medioda 
      de Europa que eran todos conservadores porque no tenan nada que pedir a 
      la sociedad, locamente esplndida para ellos, se ocultaron aterrorizados 
      en el fondo de sus coches, parados, detenidos all, en pleno arroyo, hasta 
      que acabaran de pasar aquellos brbaros, que como si obedecieran a una 
      consigna, y aquellos coches, detenidos en medio del boulevard des Italiens 
      formaran parte de su rito revolucionario, tiraban unnimemente 
      escupitinajos o insultos al desfilar ante ellos, ante aquellas cinco o 
      seis carretadas de miedosos...
           Ms de una hora dur aquel monstruoso desfilar de andrajos. Mrs. 
      Amstrong y Krupp tuvieron pues el honor de ser amados en silencio ms de 
      una hora por la condesa del Zarzal. Por fin las voces fueron hacindose 
      ms indistintas; los que iban a la cola apenas si abran la boca, ocupada 
      con la pipa de barro; el boulevard recobr su aspecto acostumbrado de 
      lite; aquel calor de horno producido por las exhalaciones pulmonares de 
      diez mil gaanes desapareci poco a poco, y un muchacho que cantaba, 
      digmoslo as, por su cuenta, separado de la tromba revolucionaria, 
      formando una retaguardia, que dbil y mezquina como era, figuros un nio 
      de diez aos! representaba la imponente retaguardia del porvenir, 
      desafiaba solo, con su voz desfallecida y con su raquitismo de nio mal 
      alimentado, las iras de los burgueses, cantando sin la ayuda de nadie, 
      contra tanto aparato social coaligado en contra suya, gendarmes, tenderos, 
      hombres de levita, todo el cielo y casi toda la tierra:
                                          Assez de discours endormeurs:
            La colre envahit nos coeurs
            Et les tenaille:
            Allons, debaut; et ds demain
            A ceux qui volent notre pain
            Livrons bataille!



      - V -
           Aquella maana del mes de Mayo haba amanecido fresca y otoal: era 
      un crepsculo sombro y crdeno el que rasgando medrosamente las espesas 
      oscuridades del cielo, pintarrajeado todo de nubarrones negros, comenzaba 
      a dar entonaciones propias y caractersticas a las cosas, a proteger la 
      vanidosa ostentacin de los colores, nunca satisfechos de que se les 
      admire bastante.
           Pero tena que luchar en competencia con la niebla, que semejante a 
      un ejrcito invasor victorioso, lo llenaba todo, se atreva con todo, 
      colndose por todas partes, borrando lneas aqu, colores all, 
      perspectivas por todos lados, con una rabia de ocultacin, de escondite, 
      que no pareca sino que la Naturaleza iba a acometer un gran crimen, y que 
      horrorizada de s misma,
      de lo que pensaba, se tapaba ruborosa con aquel manto de nieblas, tan bien 
      tejido, pero tan horrible. Y era un espectculo desesperador y curioso al 
      mismo tiempo para los que saben mirar el de aquellas casas, apenas 
      alumbrada por la dudosa claridad de un astro que dirase agonizante, 
      semejantes a fantasmas de la edad de piedra, altas e imponentes, 
      silenciosas como una tumba, y animadas interiormente por resuellos y por 
      toda clase de movimientos, sin cambiar en nada su fisonoma indiferente de 
      todos los das, ay! tan sordas a la desesperacin como al alborozo, como 
      si no hubiera una identificacin ms grande de lo que generalmente se 
      cree, entre la criatura y el nido, entre el hombre y el techo familiar, el 
      techo de todos los das, que mira desde la cama cuando suea, o cuando 
      piensa en lo indistinto.
           Comenzaba la gente a poblar las galeras de rboles del bosque de 
      Bolonia, a turbar con risotadas y palabras emitidas con esa mayor 
      franqueza, que aun a los temperamentos ms hipcritas les acomete a las 
      primeras horas de la maana, la hermosa independencia de los pjaros, su 
      aficin a marchar a saltitos por el suelo, descaradamente, hastiados de 
      sus alas, aburridos de los espacios azules, de los grandes horizontes... 
      -Y como si los prpados hinchados, la cara un tanto abotagada, la piel 
      lustrosa de ese brillo sucio con que embadurna el sueo a todos sus 
      sbditos, a todos los mortales, la agilidad y la gracia en los 
      movimientos, el mayor descuido en el vestir, y la risa, no ya la risa, la 
      carcajada, fcil, pronta, repentina, fueran cosas de derecho natural, de 
      reglamento, algo as como una obligacin formalsima que se hubieran 
      impuesto, aquella multitud de madrugadores, diseminada en direcciones 
      opuestas, corriendo, gritando, lanzando frases de alegra en todos los 
      idiomas posibles, daba a aquella reunin del bosque de Bolonia un carcter 
      tan uniforme, que pareca ms bien que la representacin autntica, 
      legtima, de las cinco partes del mundo visitando a Pars en busca de 
      mayores vicios, de mayor cultura y de mayor humanismo que en sus 
      respectivas patrias, pareca ms que eso, un ejrcito disciplinado 
      realizando un plan, practicando una consigna, reglamentados, iguales.
           Haba, sin embargo, como ocurre en todas las reuniones humanas, 
      dscolos que no se acomodaban al programa, que levantaban la cabeza por 
      cima del rasero, que no queran ser as como una dilatacin de los 
      dems... -Una pareja adorable, la pareja de todos los idilios antiguos 
      como modernos, l y ella, pero l vestido prosicamente de americana o 
      chaquet, y ella de... -qu importa? a qu la descripcin del traje? 
      -amante y amada, lanzaban al aire, sin pensar en ello, frases de amor que 
      recogan las nubes automticamente, cumpliendo su fatalidad, con la misma 
      indiferencia con que recogen el perfume de las flores o el aliento de las 
      cloacas; y en el piso enarenado que tenan ante su vista, -una extensin 
      de dos metros, a que pona lmite triple hilera de rboles alineados en 
      formacin correcta, una palabra escrita en gruesos caracteres de imprenta 
      con la contera del bastn por cualquiera de los dos amantes, probablemente 
      por la mujer, una sola palabra, Amor, la ms enorme sntesis que se 
      conoce.
           Arriba todo el firmamento y abajo todo el secreto de las 
      generaciones; el Verbo Creador; un fecit, un sea hecho, ms poderoso que 
      el que llen de soles el vaco; la vida universal y eterna.
           La seorita de Galindo, ahora marquesa de Puerto-Arcas, paseaba del 
      brazo con su esposo por aquellas alamedas risueas, no como quien va 
      soldada por el cario, sino como quien va presa por la obligacin y las 
      conveniencias, abatida, desencantada, indiferente a la fiesta de la 
      Naturaleza.
           No le sentaba bien el matrimonio por lo visto. Perda, le haba 
      tocado perder, y ella no lo ocultaba, porque pueden dominarse ciertas 
      cosas, pero no se domina al cuerpo, a todo el cuerpo cuando se 
      insurrecciona contra la voluntad y grita basta, no puede ser! En la lucha 
      con la carne, con las tentaciones, con las necesidades de la carne, el 
      cenobita es absurdo, inconcebible, no puede existir. Quin sabe, quin 
      puede calcular, el grado de exaltacin, de delirio, a que llega la lujuria 
      del fraile en las solitarias bacanales de su celda! -Por eso generalmente 
      el asceta es un pobre viejo, desmoronado por todos los vientos, lleno de 
      grietas, resentido de la mdula, arrugado por los acometimientos de la 
      vida, que no le queda ms remedio que ser asceta, de todos modos que ser 
      casto. Pedirle a la juventud que mire siempre a lo alto, mi reinio no es 
      de este mundo, ah! eso es insensato: eso es exigirle la dimisin de su 
      inteligencia, hacerla idiota: una juventud exange...
           Todo indicaba en la Marquesa de Puerto-Arcas un temperamento 
      pasional. Era una muchacha aturdida y grave que lleg a presentir el arte 
      de un modo bien sencillo: mirndose al espejo. Una maana, al levantarse, 
      al saltar sobre la cama y sacudir las sbanas que lisas y todo como eran 
      rodendola con su blancura, la asemejaban de un modo bastante exacto a la 
      Venus surgiendo del mar que hay en el Museo del Louvre, excitada por la 
      codicia de palpar tanta belleza, tanta armona, acarici con sus manos de 
      virgen las redondeces de su pecho, las curvas de sus estremidades; y a 
      aquel contacto tibio, suave, de su propio cuerpo, brillante y terso, y tan 
      slido como si fuera un molde para la creacin de nuevas bellezas, la 
      virgen sacudi la cabeza con el elegante ademn de una leona nostlgica de 
      sus amores del Desierto, lanz al grito apasionado de la hembra en celo, 
      volvi a caer tumbada sobre el lecho, entorn los prpados, dej resbalar 
      sus manecitas nerviosas y sensibles de quince aos, sobre sus muslos; 
      luego, siguiendo la misma lnea curva de su carne, las subi hasta la 
      cara, hasta la cabeza, que no era ya cabeza de virgen, sino testa de 
      bacante, volvi a bajarlas, as, poquito a poco, en un prolongadsimo 
      mimo, hasta la punta de sus piececitos, y embriagada de aquellos alhagos 
      que parecan como una fiesta silenciosa y caliente de la juventud de su 
      carne, de la impetuosidad de su sangre, de todo su hermoso sexo que se 
      manifestaba en una orga de entusiasmo, borracha de sensaciones, amante 
      arrebatada de ese enorme infinito eterno que parece manifestarse con ms 
      claridad que nunca en los hermosos das primaverales, con las venas 
      hinchadas de sangre y la cabeza apopltica de sueos, aquella hermosa nia 
      cay en uno como a modo de desmayo, del que despert mujer; haba sido 
      nia hasta entonces...
           Que los fisilogos lo expliquen como quieran: al sentirse mujer, se 
      sinti artista al mismo tiempo. No significa esto una adulacin que yo 
      dirijo a su sexo.
           Una amiga suya de colegio, la seorita de Villodas contribuy 
      prestndole tres o cuatro absurdos folletines de la Correspondencia, a la 
      obra de la Naturaleza, a aquella brutal revelacin del sexo de mi heroina. 
      Montepn y Pierre Zanconne han trasportado ms carne de mujer a los 
      mercados del vicio, carne fresca, todava pura, tersa y brillante, propia 
      para el cambio del sentimiento fingido por la plata de buena ley, que 
      todas las Celestinas juntas.
           La hora de las grandes justicias se agolpa sobre nosotros con 
      violencia, casi puede decirse que est encima, inexorable, terca como el 
      derecho, blandiendo la piqueta y amenazando con la demolicin a los dolos 
      falsos, a las reputaciones escamoteadas a la ignorancia, a los 
      convencionalismos... No ser yo quien escatime a esos folletinistas la 
      importancia que les corresponde.
           Desde entonces, la seorita de Galindo tuvo una aspiracin ms, un 
      sentimiento ms con que llenar sus ocios de mujer soltera; casi pudiera 
      decir una finalidad, un objetivo, una misin que realizar en la vida; 
      misin triste, pero vulgar: pensar en el hombre por el lado grosero. Ah, 
      si en el mundo la franqueza fuera de fatalidad orgnica como lo es comer, 
      dormir, mentir a todas horas, mentirse a s mismo, andar hacia adelante y 
      preferir la posicin horizontal a la vertical para el sueo qu pocas 
      seran las mujeres que pudieran levantar el dedo para demostrar que no han 
      pensando alguna vez, algn instante de su vida, en la prostitucin, como 
      en un consuelo, como en una idea salvadora de esas que orean la frente 
      caldeada por la calentura con brisas de misericordia!... Ah, es evidente! 
      Al grito salvaje de la naturaleza gensica menospreciada, pero magnfica y 
      brava, del escolar, del presidiario, del cura, pidiendo satisfaccin, 
      exigiendo el pago, responde siempre el grito agudo de la virgen, de la 
      reclusa, de todas las mujeres de quince aos, condenadas por la sociedad, 
      pero apremiadas por la Naturaleza, ese acreedor implacable...
           Cmo exigir a los organismos puramente fsicos, que se anulen, que 
      se atrofien en la desesperacin, en la impotencia, porque as les place a 
      los jurisconsultos y a los imbciles: decir al estmago hambriento, no 
      puede ser, al cerebro que pide su nutricin de ideas no es posible; al 
      sexo que demanda desahogo de energas, cambio de sensaciones, un poco de 
      infinito sobre la cabeza, la fusin de todas las eternidades con un 
      segundo, est prohibido; Moiss lo condena. Qu lstima que no se le 
      haya ocurrido a Moiss legislar el Oceano y someter la temperatura al 
      Cdigo!
           Iban despacio, reconcentrados en s mismos, l con la cabeza baja y 
      ella con el entrecejo fruncido, andando a pasos desiguales, antpodas del 
      espritu, unidos por los brazos.
           El hombre pareca ms expresivo que la mujer: dirigale con 
      frecuencia la palabra y le preguntaba por su opinin acerca de todo cuanto 
      les rodeaba. -Mira qu graciosa esa combinacin de rboles; no te gusta? 
      Y esos canaps rsticos? Mira, Luisa, a tu lado y en este sitio... 
      hagamos un alto aqu; a tu lado y en este sitio ya me atrevo a explicar 
      cmo debera ser el Paraso... Pero no te animas, no respondes. An te 
      dura el resentimiento de anoche. Ya sabes lo que ha dicho el Doctor, 
      porque he tenido la lealtad de confesrtelo. Es cuestin de poco, de muy 
      poco tiempo. No podemos por ahora ser esposos? Seremos amigos, tan amigos 
      que no podamos serlo ms. Vamos, Luisa, s buena. Despus de todo ms vale 
      eso: la unin de las almas precediendo a la de los cuerpos; creo que as 
      se dice.
           -Es una infamia lo que habis hecho todos conmigo. Me habis 
      condenado al martirio o a la falta, a sangre fra, despus de pensado, de 
      madurado mucho. No es la cabeza, no es el corazn el que me grita siempre, 
      en todos los momentos, a tu lado y en tu ausencia, que habis sido 
      infames, que habis sido monstruosos conmigo. Son mis entraas las que se 
      revelan, las que protestan. Qu me voy a hacer yo ahora? Porque en estos 
      tres meses de engao, de ocultaciones por todas partes, he tenido mis 
      claridades, he aprendido mucho, he recogido enseanzas. Mira una de ellas. 
      Que no tengo vocacin para el sacrificio.
           -Quin te lo exije, quin te lo indica siquiera? -tartamude 
Enrique.
           -Mi situacin, la tuya, la horrible experiencia de estos tres 
      meses... Ah! pero el engao no puede, no debe prevalecer. Crees que yo, 
      antes de hacer el sacrificio de mi pudor para hablarte de estas cosas, que 
      queman mis labios, que son odiosas, que... -No, no me interrumpas. Hemos 
      hecho la jornada juntos. Estamos en los lmites de mi paciencia. Un paso 
      ms y me vuelvo loca. No quiero callar ms tiempo. Voy a decirlo todo de 
      una vez.
           Ah! Ms le hubiera valido al msero no haber interrogado a Luisa, no 
      haber abierto la esclusa de sus resentimientos, de sus odios... Fue una 
      catarata, un vrtigo de quejas lo que cay sobre aquel sin ventura, hasta 
      atontarlo. Ella, su mujer, haba tenido cartas, revelaciones de todo, de 
      todo lo que se haba hecho en contra suya; saba que la condesa, su 
      suegra, era, haba sido el verdugo; que D. Felipe, el bueno de D. Felipe, 
      aquel petrimetre de sotana, haba sido su ayudante, el ayudante del 
      verdugo. Saba que haban hecho con ella lo que se hace con las minas para 
      explotarlas: desgarrarlas, y ahondar, ahondar recio, ahondar firme, 
      abriendo heridas a la tierra por todas partes, para descubrir nuevos 
      filones, mayores utilidades, una ganancia ms considerable, y que la mina 
      estaba ya a los tres meses de explotacin en cuarta, con ser tan rica, 
      porque la condesa se haba apoderado de todo, dinero, alhajas, ttulos de 
      propiedad, para administrarlo, para cuidarlo todo. Dos chiquillos... 
      acaso es razonable dejar una fortuna en manos de dos chiquillos? -Saba 
      que sus alhajas estaban empeadas en los almacenes del Monte de Piedad; 
      sus propiedades hipotecadas para salvar propiedades de la condesa; 
      arbitrariamente, un robo con fractura, porque se la haba hecho estampar 
      firmas en documentos cuyo alcance y significacin ignoraba por completo, 
      extraa a esas podredumbres, a esas miserias. Saba... pero qu ms? No 
      eres hombre, ni mujer...; s, estoy decidida a todo, a todo, yelo bien; 
      hasta al escndalo, aqu, en medio de Pars, en la mesa redonda del hotel; 
      creo que voy a ponerme a gritar estas cosas como una furiosa desde las 
      barandillas de la columna Vndome. Se me ha robado, y se han mofado de mi 
      sexo casndome con un eunuco.
           No pudo Enrique contenerse por ms tiempo: culebreaba por sus nervios 
      como un instinto rabioso de hacer dao, de golpear a aquella mujer que le 
      sacuda zurriagazos de injurias, y levant sobre ella el puo, cerrado, 
      amenazador.
           -Calla, o no respondo de m! -con la expresin de un hombre que se 
      sintiera empujar hacia un abismo, pero que en vez de resistir a empujones, 
      con todo su cuerpo, tirndose al suelo y mordiendo en las piernas a su 
      enemigo, empleara la splica... la amenaza como ltimo recurso de 
      necesidad... -Siento hervir sangre de canalla en mis venas. Djame! 
      Sera capaz de pegarte aqu, delante de todo el mundo,- y Luisa, dominada 
      por el terror instintivo de la carne cuando se siente dbil, cuando ve 
      ante s msculos de loco, msculos que son verdaderos resortes de acero, 
      capaces de luchar a brazo partido, ferozmente, no ya con los seres 
      similares, sino con las bestias dainas, call, sofoc aquella palabra que 
      le sala a borbotones de odio por la boca; volvi a considerarse vencida, 
      y otra vez la batalla convirtindose en derrota para ella, hasta volver a 
      empezar... Sera ese su sino?... Qu horror! Siempre lo mismo!
           -Vamos a casa: me parece lgubre este paseo. Tengo ganas de llorar, 
      de llorar mucho, y no puedo contener las lgrimas. Ay, mis ilusiones! 
      Mira, Enrique, esto no puede seguir as de ninguna manera. Me voy con mi 
      familia, a cualquier sitio donde halle consuelo, amparo, no hombres que me 
      amenazan como podran hacerlo a una querida traidora sorprendida en 
      ayuntamiento con un chulo... una querida a quien se le paga... no la 
      esposa legtima que se queja porque se siente herida... golpeada... 
      viviendo con enemigos que parecen espectros... ultrajada; con una condena 
      de anulacin o de infamia sobre la cabeza y por toda la vida!
           -Yo tambin estoy cansado, yo tambin sufro.
           -S, como sufre la cuerda cuando ahorca. Te siento enroscado al 
      cuello, y no puedo ms; te lo juro: no puedo ms. Es preciso que esto 
      concluya? Pues acabemos de una vez.
           De una vez! As se nace y as se muere: de una vez; pero la 
      desgracia dirase que tiene inteligencia; procede con calma, no se 
      atropella, tiene paciencia, y conozco martirios que han durado toda la 
      vida.
           Eran ya las nueve de la maana y la concurrencia del bois haba 
      llegado a su perodo mximo. Las risas y las carreras locas de las 
      primeras horas, se haban extinguido, haban cesado, como si fuera motivo 
      de vergenza el sentirse alegre en presencia de la Naturaleza: grupos 
      irreprochables de amazonas y sportmans hacan crugir los galpagos de sus 
      caballos ingleses llevados al paso, distribuyendo saludos y miradas 
      curiosas a todos lados, ms miradas que saludos, porque en su inmensa 
      mayora y excepcin hecha de una veintena de artistas del parque 
      Montceaux, los concurrentes al bois de primera hora eran estranjeros 
      llegados la vspera a Pars y dispuestos a marcharse al da siguiente: por 
      la ancha avenida central rodaban con una impetuosidad que mereca llamarse 
      intrpida, trenes de todas las clases y de todas las pocas, desde el 
      fiacre que se alquila por horas, hasta el landeau que se toma por siempre 
      y que se paga al contado o no se paga nunca. Una mujer sola y joven, ms 
      bien que recostada, tendida, en los cojines de seda de su carretela 
      Winserd, cubierto el cuerpo con amplio abrigo de pieles a pesar de la 
      primavera y de la temperatura meridional de aquella maana de Mayo, 
      plida, lo suficientemente peinada para que su cabecita de Dolorosa 
      hiciera pensar en las poticas heronas del romanticismo de Byron, cambi 
      al cruzarse su carretela con la de Luisa, un saludo que pareca un 
      lamento, un saludo hecho todo de angustia; as deban saludarse las 
      vctimas del 93 cuando se cruzaban las carretadas de mrtires por la plaza 
      de la Revolucin al grito de la Marsellesa.
           -Mira, sabes quin me ha saludado? -La de Legarda. Una mujer que se 
      considera desgraciada porque se le ha muerto su amante con quien debera 
      casarse en breve. Ella tiene la poesa del recuerdo, todo su cuerpo 
      sealado del amor. No est sola, no debe considerarse desdichada. Cuando 
      el presente la hostigue, la aplique el tormento, puede huir de l pidiendo 
      refugio al pasado. Mientras que yo...
           Aquella desventurada haba concludo por sentir envidia hasta de esa 
      especie de sonmbula que la haba saludado al paso, quiz sin darse cuenta 
      de lo que haca, al gran trote de sus caballos por la avenida central del 
      bosque de Bolonia.



      - VI -
           Cundi por Z la nueva con la velocidad de un rayo: de los crculos 
      aristocrticos baj o subi la noticia, que en esto de si subi o baj no 
      podemos emitir informe, a los de la clase media, y de los de la clase 
      media a los del pueblo. Lo que en los crculos dorados se comentaba solo 
      con una sonrisa maliciosa o con un signo hecho todo, formado todo, de una 
      intencin venenosa que hubieran envidiado los zanganotes del infierno, era 
      comentado en las tabernas con esos apstrofes que reventan en la boca del 
      pueblo de exceso de energa, de sobra de fuerza... esa aristocracia 
      podrida, esos marqueses que ni siquiera son hombres... chupando en la 
      misma odiosa proporcin oro que vicio y nunca ahtos. Ms oro ms vicio!, 
      que critican nuestra hambre y se burlan de nuestras manos callosas...
           La condesa, ya haca tiempo que tena conocimiento del hecho: lo 
      haba adivinado, presentido, antes de la boda, cuando recibi las primeras 
      revelaciones del hijo. -Yo estoy enfermo mam, no puedo casarme. Ahora, 
      ya haca dos meses que trataba de preparar la opinin para suavizar el 
      escndalo: pero el escndalo estall en el aire como una nube cargada de 
      electricidad; disparando el rayo: la marquesa de Puerto Arcas haba 
      solicitado de los tribunales franceses la anulacin de su matrimonio por 
      impotencia del esposo: aceptaba las pruebas; se someta a las 
      experimentaciones periciales, -estaba virgen despus de cuatro meses de 
      unin conyugal;- se haba casado con un eunuco.
           Como la boda se haba hecho en Francia, en Francia tendran que 
      deshacerla; de aqu la intranquilidad de la condesa; si fuera en Z..., si 
      entendieran en eso los tribunales de Z..., la batalla estara ganada sin 
      remisin; pero en Francia, ah! en Francia es otra cosa; en Francia hay 
      ms moralidad en las instituciones del Estado, y, sobre todo, el conde su 
      esposo no haba sido jefe del Gobierno all, no haba improvisado de la 
      noche a la maana generales, ministros, magistrados; no poda explotar 
      hasta la degradacin, hasta la infamia, los estmagos agradecidos, los 
      bolsillos satisfechos... No vala, pues, dejar el asunto para maana, 
      dormirse en las pajas. La resolucin haba de ser pronta, porque el ataque 
      haba sido pronto tambin... -Esa descarada de Luisa, una muchacha de 
      veinte aos escasos, no se haba contentado con menos que con huir, -as, 
      por sorpresa, una verdadera fuga, -huir del domicilio conyugal solicitando 
      ah es nada! la anulacin, la disolucin del vnculo marital. Nada de 
      desatarlo. Un tajo por en medio. Y quedar en aptitud decontraer nuevo 
      enlace...
           Ah! quin sera el juez que haba de fallar en ese extrao proceso? 
      Sera joven, sanguneo, amante de la plasticidad de formas en la mujer, 
      partidario del amor fcil? Ms de una hora estuvo la condesa del Zarzal 
      dando vueltas alrededor de estas hiptesis.
           Se haca precisa una entrevista con el bueno de su marido, ese pobre 
      conde, como ella le llamaba, que desde haca seis aos se pasaba la vida 
      durmiendo, quiz en compensacin de los aos que haba velado en sus 
      empresas de traiciones y galanteos: traiciones a la patria y galanteos a 
      las mujeres de todo el mundo, siempre atrado por el amor y el lucro, 
      ansioso de sensaciones y de honores, esos honores que la sociedad, tan 
      fcilmente prdiga con algunos, distribuye entre los que la deshonran.
           Haca ya tiempo que, aunque durmiendo en la misma casa, vivan 
      separados; el conde haba dado de s todo lo que poda; mientras haba 
      sido joven, acometedor, gracioso, todo haba ido bien: la condesa no tena 
      nada que reprocharle, aun teniendo conocimiento de sus continuas 
      infidelidades conyugales; pero ahora, viejo, srdido, casi idiota, rodo 
      por la gota y la displicencia, usado, arrugado, andando trabajosamente 
      sobre los dos pies, durmiendo diez y seis horas diarias, y esas en un 
      prolongadsimo ronquido que era el hazme rer de todos los habitantes de 
      la casa, tan gastado que ni aun tentaciones de lujuria podan arder bajo 
      su reluciente calva, tan lleno de desengaos que era una de sus 
      modalidades meterse los dedos en el bolsillo cuando cualquiera de sus 
      hijos se le aproximaba para besarlo, el conde del Zarzal haba sido 
      declarado intil ya haca tiempo por la condesa: un andrajo de hombre; lo 
      que se llama un resto en el lenguaje grfico de los horteras. Cmo 
      transigir con eso?
           La condesa amaba todo lo que representa fuerza: la audacia, el 
      atrevimiento, la palabra acalorada, el entusiasmo, el amor, el movimiento 
      hasta el vrtigo, el wals humano hasta perder la cabeza y caer rendido al 
      suelo, pero para volver a levantarse de nuevo, con ms color en las 
      mejillas y menos fsforo en el cerebro...
           No mand llamar al conde; fue ella la que subi a sus habitaciones; 
      el viejo libertino era egosta.
           -Se puede?...; -se puede?- repiti con ms fuerza; y al fin entr 
      palpando en las paredes, tropezando en los muebles, porque la habitacin 
      estaba completamente a oscuras y ella haba olvidado en absoluto su 
      configuracin, sus detalles: un amplio velador de malaquita en el centro, 
      divanes rodeando a las paredes, panoplias y estantes cubrindolas, una 
      mesa atestada de papeles en uno de sus extremos, y dos biombos de laca 
      cerrando la entrada de la alcoba.
           -Qu te pasa? Ocurre alguna desgracia? -dijo el conde sobresaltado 
      de ver a aquella mujer en su presencia.
           -No te inquietes; es grave lo que ocurre, pero puede desvanecerse; 
      por eso vengo a verte; -y de pie al lado de la cama donde el septuagenario 
      descansaba, bruscamente incorporado al aproximamiento de la condesa; -una 
      friolera, una friolera que nos amenaza mientras t duermes. Que Luisa se 
      separa de Enrique.
           -Cmo, cmo es eso? No he odo bien. Reptelo. Que Luisa se separa 
      de Enrique? Y por qu? Por qu es eso?
           -Porque Enrique... -y aqu la voz de la condesa se convirti en 
      susurro, -porque Enrique... acaso no lo sabes? Porque Luisa ha ido al 
      matrimonio, como otras mujeres van a la prostitucin: en busca de 
      placeres, buscando el hartazgo; y como Enrique... vamos, ya lo sabes: no 
      tengo necesidad de decirte lo dems: debes sospecharlo.
           -No adivino, no acierto... Estaba profundamente dormido cuando 
      entrastes en la alcoba. Tengo la cabeza atontada y yo creo que de falta de 
      sueo. S franca; no comprendo lo que me quieres decir.
           -Nada; que Luisa ha solicitado de los tribunales franceses la 
      anulacin del matrimonio, so pretexto... pretexto ninguno; que es una 
      viciosa, una corrompida, a la que han hecho creer que el matrimonio es una 
      orga, una asociacin para hacer chiquillos, y vuelta a empezar hasta que 
      se descompone la mquina, que nunca ha de estar parada; y quiere llevar a 
      la horca a tu hijo porque resulta de la experiencia de estos tres meses 
      que no es buen fogonero, que no es buen maquinista. Entiendes ahora?
           -No quisiera entenderlo tanto. Y no hay ms que eso?
           -Qu, te parece poco? La alcoba de mi hijo, y por ende mi boudoir, 
      -eso es lo de menos, -y tu dormitorio, todo junto, presentados 
      descaradamente a los tribunales para que los registren, para que 
      escudrien por sus rincones y cuenten los pliegues de las sbanas en 
      averiguacin de las horas que hemos dormido juntos? Te parece poco? 
      Quieres ms todava? Decididamente el sueo ataca al sentido comn hasta 
      agotarlo.
           -Y qu vamos a hacer, que vamos a hacer ahora?
           -Eso es lo que yo vengo a preguntarte: qu vamos a hacer, qu vamos 
      a hacer ahora?
           Diez minutos, diez minutos de espantosa pausa, siguieron a estas 
      perplegidades, a estas oscilaciones; el conde con la cabeza batida sobre 
      el pecho, la mirada fijamente extendida sobre la cobertura de su cama, las 
      torpes manos seniles apretadas, enroscadas por la convulsin nerviosa 
      sobre sus sienes, estrujando torpemente el vaco; y la condesa, no ya de 
      pie, que esa es actitud de provocacin o de fuerza; sentada, sentada 
      maquinalmente en el filo de la cama, arrojada, tirada all, al tlamo de 
      su esposo, por un colosal escobazo de la fortuna, semejante a la fatalidad 
      y a las multitudes en que crea dolos para luego darse al placer de 
      derribarlos, de echarlos por tierra, separados del pedestal y dejarlos 
      rgidos all, en el suelo, donde sean atacados con ms bro por la humedad 
      y las vegetaciones parsitas, por las deposiciones fecales de los pjaros, 
      por todas las inmundicias, por todas las miserias de la Naturaleza; el 
      moho, el polvo que se hace piedra con la lluvia que cae encima, la yerba 
      que se hace corrosivo con las nuevas energas que le prestan sus 
      compaeras, por todo ese enorme espritu de destruccin del cielo, 
      abandonados en sus contexturas de mrmol e inspirando lstima a todos 
      aquellos que no inspiran indiferencia...
           Y el conde no encontraba la frmula, y a aquel viejo imbcil no se 
      le ocurra nada...! Y estamos a 12; y en los primeros das del mes, el 5  
      el 6, darn comienzo las actuaciones en uno de los juzgados de Pars. 
      Pero qu piensas, hombre? Qu dices a esto? Mira que el silencio no 
      resuelve nada...
           Pero el conde nio pensaba nada; pensaba que el pelo alazn es un pelo 
      que favorece mucho a los caballos, imientras que senta en todo su cuerpo 
      algo as como el magullamiento brutal de una montaa que hubiera cado 
      sobre sus lomos para aplastarlo.
           -No respondes, te has quedado mudo?
           -Y qu quieres que yo le haga? Qu me vienes pidiendo, mujer, si 
      sabes que yo no vivo ms que lo suficiente para que no me extiendan la 
      papeleta de defuncin, para que no me inscriban en el registro de los 
      fallecidos, de los que ya se fueron, como yo he debido irme hace tiempo, 
      siquiera para no ver estas cosas? Qu quieres que yo le haga? Estoy 
      vencido, los aos me han dado su ltima carga, y no puedo ms... -y 
      despus de una pausa que llen de quejidos angustiosos- ...me estis 
      matando con todas esas cosas; dejadme dormir tranquilo, todo lo tranquilo 
      que me permita la gota... haced lo que queris: yo no puedo hacer nada: yo 
      me estoy muriendo hace dos aos, un poco ms todos los das, poquito a 
      poco, ay! y sin concluirme de morir nunca.
           Mud de tctica la condesa: estaba visto que ella haba de vivir 
      constantemente levantndose las faldas y enseando los pechos a los 
      hombres para provocarlos y hacerlos embestir como a los toros el color de 
      prpura. Y aproximndose al conde con los ojos encendidos de lujuria y el 
      aliento clido como la respiracin de una solfatara, -vamos, Antonio, haz 
      caso de tu mujercita, que te quiere tanto; hazme sitio en la cama; me 
      entristeces con tus lamentos... cualquiera pensara que te ests 
      muriendo... anda chacho.
           Ya saba lo que se haca. A aquel organismo corrompido, hastiado, 
      impotente y gotoso le quedaba todava el comps, como a los msicos 
      viejos. Restbale algn rescoldo a aquel montn de ceniza. Haba que 
      remover, eso s; haba que remover mucho, haba que aplicar el cauterio a 
      la carne fofa, a la carne muerta, para obtener un rugido de sensibilidad; 
      pero la condesa era como esos cirujanos que tienen ms sangre fra y ms 
      clculo a medida que la operacin es ms difcil, ms arriesgada, y 
      tendiendo su hermoso cuerpo sobre la cama en que yaca su viejo macho, 
      abrazndole la cabeza, la pobre cabeza cana, besndole con pasin que no 
      era fingida, porque la haca nacer en ella el contacto, el simple contacto 
      con cualquier naturaleza masculina por monstruosa que fuera; apoyando el 
      vientre sobre el de su esposo; sujetando y oprimiendo entre sus dos muslos 
      todo el tronco del conde, de modo que haca resaltar con esta postura ms 
      gallardamente que con cualquiera otra las magnificencias imponentes de sus 
      caderas; la esplndida cabellera de hembra reposando sobre la almohada 
      como un tapiz de brillantsima seda sin tejer, y la boca entreabierta, 
      ansiosa, dando besos y pidindolos insaciable... -Un moribundo, un 
      moribundo hubiera saltado bruscamente, lanzndose sobre la hembra para 
      tentarla toda y aspirarla toda como se aspira una flor, desde la corola al 
      tallo, y besarla y morderla y hacerla sufrir, hacer que el exceso de 
      impresiones llevara lgrimas a sus ojos, quejidos a su garganta, y luego, 
      cuando las convulsiones, repetidas del sistema nervioso amenazara a los 
      cerebros con la congestin, con el derrame, darle todos los infinitos 
      reconcentrados en un segundo, de tal modo que concluido el fenmeno 
      pasional quedaran los cuerpos sobre el lecho, desplomados y sin 
      conciencia, como los restos de una sangrienta batalla...
           Pero el conde era, por lo visto, menos que un moribundo: no se 
      conmova, permaneca impasible, all, tendido al lado de la condesa; 
      gruendo porque le llevaba quitada ms de una hora de sueo, y porque sus 
      repugnancias a la mujer no hacan ms que irritarse con esas 
      exageraciones, tan propias del carcter entusiasta de su compaera de 
      aquellos momentos.
           - Ah, ya comprendo que es lo que quieres que te haga, chacho, chacho 
      mo! Se me haba olvidado. Ya no me acordaba. -Y entonces sobrevino una 
      escena, que la novela, si ha de ser honrada, no podr describir nunca, 
      porque esas escenas son con relacin al arte lo que ciertos cuadros al 
      vivo con respecto al pudor: una negacin enorme; el conde, retorcindose 
      como un demonio, saltando sobre sus espaldas en una convulsin que pareca 
      interminable, y dando salida a sus sensaciones con una especie de sollozo 
      comprimido que no paraba nunca, que no cesaba nunca; la condesa, entregada 
      a yo no s qu monstruosa operacin repugnante, que la haca aparecer un 
      vampiro bebedor de sangre, mejor que una mujer; inclinada sobre l, 
      despeinada, furiosamente despeinada, y sin hablar una sola palabra, 
      absorta en su ejercicio... -Basta, basta por Dios; vas a matarme; no 
      puedo ms! -Y luego el desplome. Aquella vieja humanidad temblona quedando 
      inerte, sin movimiento, hasta sin msculos y sin sangre, como un 
      amontonamiento de carne que no tuviera de humano ms que la forma, las 
      lneas generales, pero esas dislocadas y torcidas por aquel innoble 
      trabajo de la condesa.
           Y una hermosa madonna, tan briosamente pintada que haca creer en la 
      posibilidad de que pudiera escaparse del cuadro, pareca contemplar con 
      ojos de misericordia, desde la cabecera de la cama donde haban tenido la 
      despreocupacin de colocarla, aquel hacinamiento de miserias tan 
      silenciosas ahora y tan epilpticamente alborotadas cinco minutos antes, 
      en el fragor de la batalla... de aquella batalla...; mirando con su 
      hermosa mirada italiana de fulguraciones hmedas y azuladas aquella masa 
      confusa de dos organismos humanos, que mejor deberan ser de bestias, si 
      no fuera el contrasentido la gran ley del mundo, tendidos, confundidos el 
      uno sobre el otro, enlazados no por el amor sino por el vicio, destilando 
      por sus poros el sudor daino de los insectos que en vez de caminar se 
      arrastran, y enviciando la atmsfera con esas emanaciones acres de las 
      podredumbres cuando se las agita, hacindolas subir a la superficie...
           Sobrevino la reaccin, la reaccin que esperaba la condesa para dar 
      el asalto a la raqutica voluntad del conde, el ltimo asalto... -mira, 
      chacho, no te olvides de lo grave que son las circunstancias. Yo te quiero 
      mucho pero te querra ms si no fuera por tu sueo, por ese maldito sueo, 
      que es mi rival porque te aparta de mi lado. Yo vendra todos los das a 
      verte ves? como hoy, y recordaramos con caricias los tiempos pasados, y 
      hablaramos de nuestras cosas que, mira, Antonio, cada vez se van poniendo 
      peores. Pero claro! con tu sistema de vida... siempre lo mismo... siempre 
      durmiendo... mirando descaradamente a la catstrofe como un insensato, y 
      hasta encontrndola bonita porque no basta a quitarte el sueo...; Mira, 
      un da, van a despertarte los vendedores de peridicos pregonando tu ruina 
      y la ma, la ruina de todos: otro da... s, con ese modo de vivir, otro 
      da vas a tener que salir a la calle para tener noticias de nosotros, de 
      tu mujer, de tu hijo, y mi mujer dnde est? y a mi hijo qu le pasa? 
      Porque vas dejando de ser un viviente, crelo Antonio, para convertirte en 
      un sonmbulo. T continas teniendo a pesar de los aos, el coraje y el 
      talento de tus buenos tiempos: los peridicos, que ignoran por lo visto lo 
      que duermes, se preocupan de ti hasta el extremo de dar cuenta a sus 
      lectores de los cigarrillos que fumas al da...; la opinin te seala como 
      un monstruo de fuerza que se alimenta de instituciones, que puede tragarse 
      a una institucin, a todo un organismo poltico con slo desearlo, en un 
      abrir y cerrar de boca. Dicen de ti que eres el jefe indiscutible de ese 
      partido revolucionario que por todas partes se siente y por ninguna se ve. 
      Eres el coco, el bu de todos los gobiernos constituidos; por qu no te 
      prevaleces de tus fuerzas, y a cambio de algunas, de todas las concesiones 
      que te pidan, obtienes del gobierno de A que solicite del de Francia la 
      traslacin del asunto de Enrique a uno de los juzgados de la corte, para 
      que aqu se falle? No queda ms recurso que ese; y ese recurso es la 
      victoria.
           -Bueno, conforme hasta aqu: se toma en consideracin, como dicen los 
      diputados en su cal parlamentario. Pero qu concesiones son esas, qu 
      concesiones son esas que yo puedo hacer al gobierno? Qu concesin 
      quieres mujer que le haga la hormiga al elefante? La de que se haga a un 
      lado para que el elefante no la aplaste? No concibo otra concesin, no s 
      de que hablas; s ms explcita.
           -Bah, ese sol meridional que llevas bajo el crneo, cuanto exagera! 
      La hormiga y el elefante! Sabes lo que te digo? -y despus de una pausa- 
      que no est mal pensada la comparacin: la hormiga y el elefante, s: pero 
      que el elefante lo eres t y la hormiga, el gobierno; tiene, pues, el 
      deber de echarse a un lado para que t no lo aplastes.
           -Sol meridional el mo, pero de los trpicos el tuyo; que calienta 
      ms y derrite los sesos, y produce la locura. Yo no soy nada y el pas lo 
      sabe desde hace tiempo. No lo hagas ms estpido de lo que naturalmente 
      es. A quin voy a hacerle creer con mis enjutas ancas y mi cabeza que 
      mira al suelo, que soy un cclope desencadenador de tempestades, padre del 
      rayo, seor de los cielos y de la tierra?
           -A todos los que te temen porque creen en tu leyenda revolucionaria. 
      Al gobierno que vive de prestado y al rey que necesita tentarse cada cinco 
      minutos la cabeza para convencerse de que no est descoronada. A todos 
      esos.
           -Proponme la frmula; salgamos de este crculo vicioso.
           -Pues la frmula que te indican los peridicos, la que yo mismo te 
      aconsej hace tiempo; esa, esa misma. Un llamamiento de fuerzas a la 
      monarqua. Restar hombres a la revolucin. Sumarlos al trono. Y una 
      protesta de lealtad a las instituuciones que se pegue hasta por las 
      esquinas de la calle como un pasqun de orden.
           -Bien, y despus? -insinu el conde.
           -Despus, -y esto lo dijo ya levantada, porque se haba apoderado de 
      las tiendas enemigas, haba, por fin, clavado la bandera, -despus... 
      pero qu fatalidad la tuya que hasta se te ha de dar el pan mascado! 
      -despus... una reunin de notables en casa: el grito de viva el rey! 
      repetido por doscientas gargantas. Y como coronamiento de la obra eso que 
      vosotros llamis meeting; un meeting en el teatro, en un teatro, en el de 
      la pera, que es el mejor y el ms grande. Luego echar combustible al 
      entusiasmo, comiendo y gritando entre bocado y bocado viva el rey, viva 
      el trono! teniendo cuidado de que los comensales no beban ms de lo justo 
      para evitar que griten viva la repblica! por equivocacin. Sera 
      chistoso! Adems, fundar un peridico...; organizar comits en 
      provincias... Y sobre todo, y por cima de todo, que aqu, en Z, se 
      resuelva lo de Enrique. Porque mira si el asunto urge, y yelo bien. 
      Porque t conde y yo condesa... nadie podr evitar... sabes lo que es el 
      presidio? Pues hemos hecho un robo. -Voy a tocar el timbre para que venga 
      Luis a que te ayude a vestir. Dentro de media hora te espero en mis 
      habitaciones. Conque arriba! perezoso. No me voy hasta que te vea en 
      planta. Voy a quitarte las sbanas. A la una, a las... No, si no me fo de 
      ti, de tu sueo... Ah, el pudor despus de lo que hemos hecho juntos! Y 
      qu demacrado ests, pobre roro! No me haba fijado en ti hasta ahora. Te 
      vas quedando en el esqueleto, y tu mujercita no consiente eso, porque te 
      quiere mucho, mucho...
           El beso, el sonoro beso de despedida revent en el aire a tiempo que 
      Luis tocaba suavemente en uno de los biombos para anunciar que estaba 
      all, esperando... -Qu manda su excelencia? -y su voz emitiendo esas 
      palabras qu manda su excelencia? recorra con una precisin admirable 
      toda la gamma del servilismo sin equivocarse en una sola nota.
           -S, yo muy demacrado, pero t gorda, oh, gorda como una vaca suiza! 
      Pesa ms un muslo tuyo que todo mi cuerpo. Ven, acrcate, que quiero 
      besarte donde a m me gusta... ya sabes... y en seguida me levanto, te lo 
      juro.
           Ahora s que tuvo la escena ms espectadores que antes. La madonna a 
      la cabecera, el grupo furioso del conde y la condesa en el centro, y all 
      en el fondo, detrs de los biombos de laca, unos ojos muy abiertos y muy 
      brillantes, que parecan felinos por la fosforescencia que desarrollaban, 
      mirando con ansia y mirando ms, como si no se cansaran nunca de ver 
      aquello; la mujer tendida sobre el lecho y el hombre pasando la nariz por 
      todos los sitios indecentes, insaciable en su tarea de aspirar hedores.



      - VII -
      ...De un libro de memorias.
      .......................................................................................................................................................
           -La condesa es americana. Parece mentira que pueda decirse esto con 
      la misma tranquilidad con que se dira... fulana es picarda o de las 
      montaas de Len. Ha nacido en un jardn y parece su cuerpo amasado con 
      jugo de jazmines y claveles. Su presencia se anuncia por resplandores y 
      perfumes. A m me ha hecho pensar muchas veces si habr cuerpos que en vez 
      de sangre se sientan animados interiormente por la savia fecunda de las 
      flores.
           Es muy hermosa, y sin embargo, su belleza ms notable est en el olor 
      que irradia. Yo la aspiro con tanta devocin como la contemplo. Si fuera 
      permitido decirlo, aadira para completar mi pensamiento: Es una 
      mujer-flor; la ms graciosa combinacin de elementos que conozco.
           Su cabeza es de una inspiracin que aturde. Hace recordar por su 
      tamao a la de Cora Dearlx, la mujer que ha destrozado ms corazones 
      ingleses, y por su gracia a la de Marie Duplessis como la describe Dumas 
      en La Dama de las Camelias; tiene las entonaciones de color de las 
      vrgenes de Murillo y los estremecimientos nerviosos de las sibilas del 
      tica. Su extraordinaria gracia hace olvidar la correccin de su dibujo, 
      quiz demasiado clsico, y de consiguiente demasiado fro, con ms 
      realidad de escultura que de vida. El peinado que generalmente usa aumenta 
      esta ilusin. Sin sombrero recuerda a Cibeles, y con la gorrita de piel 
      rusa con que yo la conoc el invierno pasado, hace pensar en Minerva como 
      la so Praxiteles. Pero todo esto desaparece cuando habla; entonces 
      parece que hasta el pelo rezuma inteligencia, y que aquella cabecita de 
      pasionaria lleva, en s, y oculta amorosamente, yo no s qu esplndidas 
      fulguraciones de sentimientos y de astros. Tiene en la voz potencialidades 
      inauditas y energas extraas. La formula de esta existencia debe ser un 
      fiat lux poderoso. Sera capaz de poner en msica La Correspondencia con 
      slo leerla en voz alta. Sus palabras, hasta las ms indiferentes, tienen 
      las palpitaciones del entusiasmo, y sus inflexiones de voz, basta las ms 
      suaves, las armonas del himno, y sin embargo sabe hacerse perdonar estas 
      acumulaciones de majestad y de gracia con la adorable sinceridad de su 
      trato.
           Dirase de ella que admira nuestra vulgaridad o que reniega de su 
      gracia.
           La he conocido hace poco tiempo, pero la he presentido hace una 
      eternidad: desde que comenc a ver mujeres feas por el mundo.
           Es el recurso de la desgracia y de la pena: construir mundos 
      artificiales y asomarse a la vida como a travs de un sueo.
           Yo buscaba una mujer que me hiciera amar a la Creacin, y soaba 
      despierto con esa mujer imposible. Pero la realidad pareca complacerse en 
      quitarle la razn a mis sueos... Oa voces de desfallecimiento y voces de 
      consuelo. No la busques sino en tus imaginaciones; ese tipo de mujer est 
      formado de sombras. Bscala por la tierra; ese tipo de mujer est 
      formado de humanidad y de vida. Y andaba, andaba, con la obstinacin de 
      un convencido en busca de la realizacin de mis sueos. Por fin la 
      encontr. Estas lneas son un grito de satisfaccin, un desahogo de 
      felicidad. Por eso son desordenadas o inconexas... Yo quisiera 
      transformarlas en suspiros y besos...; ms besos que suspiros.
           Qu no la he descrito por completo? Cuando toda la humanidad me d 
      participacin en sus placeres, yo concluir la descripcin de esta 
      encantadora mujer, que me ha hecho el efecto de si todo el cielo hubiera 
      bajado hasta m para envolverme en sus magnificencias.



      - VIII -
           Fueron amores funestos, aquellos amores de Eudoro Gamoda y la 
      condesa. A veces un torbellino de pasin le arrancaba a la condesa estas 
      palabras: si permaneciera quince das sin verte me morira -A qu 
      pensar en la eternidad -le responda su amante- cuando se posee el 
      momento?
           Era en verdad novelesca la biografa de aquel nuevo sbdito de la 
      condesa. Perteneciente a una antigua familia de magistrados, a los diez y 
      ocho aos se emancip de todas las leyes escritas y de las que sin 
      estarlo, parecen disueltas en la atmsfera a fuerza de generalizadas, 
      fugndose de su casa, del domicilio paterno, ansioso de horizontes, de 
      paseos a marchas forzadas por la vida, de esplndidas aventuras, de sol y 
      de aire; se fug de su casa y se vino ansioso a Z, dispuesto al combate 
      obstinado en el deseo de solicitar la honra de morir protestando, si es 
      que la suerte no lo coronaba de laurel como a los conquistadores y a los 
      hroes. La apoteosis o la ignominia, ste fue su lema... -Pero todo esto 
      sentido de un modo vago, indeterminado, sin frmula precisa, sin mdula de 
      pensamiento, de raciocinio ninguno.
           Pero qu hacer, contra quin luchar para realizar sus propsitos? 
      Contra la desgracia? Veinte asaltos seguidos, veinte batidas furiosas le 
      dio, sin salir herido en ninguna de ellas, casi invulnerable y magnfico.
           Ay! pero no se entra impunemente todos los das en batalla: por 
      suerte que se tenga, por bien librado que se salga quin puede evitar 
      aunque no sea ms que la fatiga, la lasitud, despus del asalto, de las 
      acometidas desesperadas que deciden la victoria! Eudoro Gamoda estaba 
      fatigado, y si no se dej llevar por una de esas oleadas de infamia que 
      azotan con rabia a los infortunados nufragos sociales hasta destruirlos o 
      hasta atontarlos, no fue mrito de su voluntad que haba perdido todo 
      poder de resistencia, sino de su destino que lo reservaba para ser 
      devorado, rodo, por los mordiscos bestiales de una linfmana, de una 
      histrica...
           Como se notaba artista, en el ms amplio sentido de la palabra, su 
      plan de campaa empez por matricularse a la Academia de Bellas Artes: 
      tena nociones de dibujo y la profeca de que llegara a ser si pintaba, 
      un hombre ilustre; pint y pint entre el asombro de sus profesores y 
      compaeros. Cuando sali de all, de la Academia, sobre aquel nombre de 
      Gamoda, que era despus de todo el nombre de una criatura, de diez y ocho 
      aos, se haba hecho una verdadera leyenda de gloria. Quiso entonces 
      legitimar a la leyenda con la historia y se apercibi a la lucha en el 
      Saln. Hijo de su raza y de su siglo, viviendo plenamente, con toda su 
      vida, dentro del crculo cada da ms dilatado de los modernos ideales, 
      Gamoda no senta ni las inspidas inspiraciones clsicas, ni las 
      delirantes fantasas msticas; ni mstico, ni clsico, artista, 
      sencillamente; y artista del siglo XIX, de este siglo en que han vivido 
      Rosales, Delacroix y Courbet. Quiso dar en Z la batalla del naturalismo y 
      fue arrojado del Saln, rechazada su obra. En concepto del Jurado aquel 
      cuadro era inmoral y daino porque representaba la vida, porque estaba 
      tomado de la vida. La historia de siempre, la historia de las vacilaciones 
      del siglo. -Esta generacin que en concepto de muchos, es creyente 
      -creyente de sus negaciones-y en su consecuencia entusiasta, no es ms que 
      nerviosa. Una generacin vctima de la neurosis, que no puede reposar ni 
      estar tranquila, marchar ni arriba ni abajo, correr ni estarse quieta, que 
      parece enamorada del porvenir y sostiene y alimenta con su sangre a todos 
      los odiosos parasitismos del pasado, que parece detestar a los organismos 
      sociales picados de uso, y transige con la monarqua, y autoriza el 
      monaquismo; una generacin de convulsiorios en una palabra. Podra muy 
      bien ser representada por la figura de un honnbre que mirara hacia atrs 
      con el cuello completamente vuelto, y hacia adelante con el rabillo del 
      ojo. Por eso ha sido ella la que ha inventado el eclecticismo.
           La derrota del Saln impresion mucho a aquel espritu grave y tierno 
      al mismo tiempo, y entonces pens en la emigracin. No queran aceptar su 
      obra en su pas, la llevara a Francia. No queran reconocer en l, el 
      ideal artstico que la informaba, Pars le hara justicia. Y sobre todo, 
      nada de transigir. Los convencidos y los honrados slo deben transigir con 
      ellos mismos, y eso para recoger nuevas desesperaciones. -Z le 
      rechazaba...; huira de Z como de un lazareto: pedira hospitalidad a otra 
      tierra; llevara nuevos elementos a su vida con la respiracin de otros 
      horizontes, de otra cultura: l sabra hacerse francs, parisin, como se 
      hizo de Z, slo porque crey en la fbula que coloca a Z en materias de 
      civilizacin y de cultura, a la cabeza de toda la pennsula, una porcin 
      de miles de metros, no sobre el nivel del mar, sino sobre el nivel del 
      resto de A, del resto de la pennsula.........................
           La casualidad de que fuera a la del Zarzal una de las personas a 
      quienes pidieron para Gamoda recomendaciones en Pars, hizo que la 
      conociera. l, hasta cuyos odos haba llegado la fama de mujer hermosa 
      que rodeaba la cabeza de la condesa del Zarzal como una aureola de gloria, 
      tena deseos, vivsimos deseos, de admirarla de cerca; y el mismo deseo 
      manifestado por la del Zarzal respecto a Gamoda, hizo que se conocieran, 
      que se pusieran en contacto aquellas dos naturalezas curiosas: curiosas en 
      primer trmino, y apasionadas despus, apasionadas hasta la locura.
           Abstrado, separado, emancipado del mundo externo por sus ambiciones 
      y tareas, Gamoda se haba olvidado de amar. Era un caso de virginidad 
      inaudito. Veintids aos y no saber cmo es el amor. Se lo figuraba, por 
      lo que de l hablan los poetas, vestido de raso, coronado de rosas, 
      envuelto y domiciliado en una nube, alegre y magnfico. El autor de esta 
      historia tiene en su poder una carta de Gamoda, que a propsito de lo que 
      est refiriendo va a reproducir, para ahorrarse descripciones quiz 
      enojosas a fuerza de espirituales.
           Porque Gamoda tena ms cantidad de alma que de cuerpo.
           Dice as la epstola:
      A la Srta. Sofa Tableda.
           Su ltima carta ha provocado un tumulto en mi cerebro. Mire Vd. qu 
      tumulto ser que todava estoy mareado.
           Y es lgico. -Usted ha golpeado en mi frente dirigiendo invocaciones 
      a ideas ntimas que yo llevo escondidas por falta de esperanza y por sobra 
      de desprecio a la realidad descarada que se pavonea por las calles vestida 
      de algodn y con agujetas en el pelo. -Usted quiere saber lo que yo pienso 
      del amor, de la mujer y de la familia, que es tanto como querer reducir lo 
      insondable y lo infinito a un artculo de bisutera. Y sobre todo, Vd. 
      quiere que yo la describa a la mujer con que sueo, o a mi tipo, como por 
      ah dicen muchos... -Fcilmente saldra del apuro en que usted me pone, 
      dicindole mrese Vd. al espejo y a la conciencia y conocer Vd. a mi 
      ideal.- Pero por miedo a que Vd. piense que eso es un medio galante de 
      eludir el compromiso, all va esta carta, que yo deseara convertir en 
      cuadro, aunque no fuera ms que el honor de la monera del modelo, que es 
      Vd. misma.
           A ms de eso, esta carta se propone realizar lo que un bando de buen 
      gobierno. Sofocar la revolucin con promesas y hasta mostrarle el puo 
      cerrado si es preciso... -...Las ideas, cuando estn bien formadas, se 
      parecen a las multitudes en que tienen voluntad, y se revuelven, en que 
      tienen voces, y braman. Las mas, ya lo sabe Vd., mi querida nia, parecen 
      por su independencia furias ingertas en Espartacos.
           A ver si las domino!
           Yo sueo frecuentemente con una mujer que no es ni rubia ni morena, 
      sino la combinacin artstica de estos dos colores, las notas plidas del 
      Norte, invadiendo y confundindose graciosamente con las entonaciones 
      calientes del Medioda... -De ojos, azules como las tnicas de las 
      vrgenes, o negros como las hopas de los condenados; pero elocuentes con 
      delicadeza, melanclicos con palpitaciones de alegra, y as como 
      humedecidos por el deseo de horizontes ms amplios y ms celestes que los 
      que la tierra ofrece; que hagan sospechar al ngel en la mujer.- De nariz 
      ni griega ni romana, ni larga ni corta, ni gorda ni afilada; una nariz que 
      yo llamara de buen grado espiritual, fina, coloreada en las fosas, casi 
      transparente, y poseyendo el instinto de no ver ninguna flor sin 
      experimentar tentaciones de agotar sus perfumes en aspiraciones 
      voluptuosas. -La frente me gusta casta en el sentido del amor, y la boca 
      sensual y risuea, sonrosada, fresca, de dientes menudos y blanqusimos y 
      con palpitaciones de oracin o delirio. De vez en cuando me gustara ver 
      plegarse esa boca con los estremecimientos de la ms fina melancola. -El 
      color, plido los das comunes de la vida, los das de reglamento, y 
      rosado, ligeramente rosado, los das en que lo sublime, que siempre se 
      manifiesta distintamente, hiciera una aparicin entre nosotros. -Ni alta 
      ni baja, de la estatura que daba Praxiteles a sus Venus de piedra, 
      espiritual, casi alada, lo menos humana posible, pero con lneas y 
      contornos de estatuaria griega y manifestando hasta en su gracia de 
      adolescente la soberbia potencialidad de su sexo. -Ni hermosa ni perfecta: 
      bonita. Lo que es la primavera con relacin al verano y al invierno. Toda 
      la gracia, toda la inspiracin y toda la delicadeza posibles. -El tipo de 
      Mignn retocado primorosamente por Dios para complacer a un poeta.
           En una mujer tan abstracta como la que estoy describiendo, el alma 
      tiene que estar tan bien formada como el cuerpo para que exista armona. 
      Slo que no la quiero erudita, sino ilustrada; ni apasionada, sino 
      sensible.
           Como una sensitiva es igualmente amorosa para todos los rayos de sol 
      que la acarician, yo quiero que esta mujer sea igualmente afectuosa para 
      todos los aproximamientos de sublimidad que perciba. Ni atea, ni devota; 
      ni siquiera filsofa: creyente. -Enamorada del porvenir, pero respetuosa 
      con el pasado que merezca respeto. -Prefiriendo la msica a la teologa, y 
      la historia al Catecismo. Llena de fe por todo su cuerpo, fe en el amor, 
      en la vida universal, en la justicia absoluta como idea difcil, y en la 
      regeneracin humana como hecho fcil. -Sencilla, pero con dignidad. 
      -Mirando con igual xtasis al nio que a la nube, pero preocupndose ms 
      del nio, no porque re, sino porque puede llorar, y el llanto del nio 
      habra de parecerle tan triste por lo menos como la soledad del afligido, 
      o los lamentos esterterosos del que se siente caer y rueda, pero 
      resistindose, al medroso fondo de uno de esos abismos de que est nuestra 
      sociedad llena, sin cuidarse para nada de hacerlos desaparecer o de 
      hacerlos visibles por medio de la enseanza sin trabas... -Monstruosa, en 
      una palabra... -Con el cerebro desprendido hasta el pecho y confundiendo 
      con el corazn sus latidos.
           He ah, una chre Sophie, el tipo con que yo sueo... -Si Vd. no se 
      parece a l... mrese por dentro y respndame: yo no puedo amar sino a una 
      mujer que se parezca todo lo ms posible a la que he descrito. Por fuera 
      ya s que es Vd. encantadora.
           No la digo a Vd. como en mi carta anterior, que la beso a Vd. con el 
      pensamiento para que no vuelva a incomodarse conmigo. Pero...; en fin, yo 
      la saludo a V. con mucha consideracin.
      EUDORO GAMODA.
           En el infinito... (la fecha huelga) ao de gra...; ao de desgracia 
      de 1883.
           Se amaron con ansia, l en busca de idealidad, ella en busca de 
      realidad y de idealidad, en busca de amor ya completamente formado. 
      Aquello pareci una disputa de delirio. Todo el mundo lleg a apercibirse 
      en la casa y fuera de la casa, de lo que pasaba. Slo el conde, mareado 
      con sus maquinaciones polticas que le sentaban por lo visto, a maravilla, 
      pareca ignorarlo todo; la condesa, empachada de grandeza, sala a pie, 
      vestida con un traje negro de merino y acompaada de Gamoda, todas las 
      maanas, de ocho a nueve; tomaban en la parada de coches de la esquina una 
      berlina cuyas cortinillas corran inmediatamente y se hacan trasladar a 
      los ridos alrededores de Z. All la despedan y se entregaban al placer 
      de pasear triunfalmente del brazo, fingindose marido y mujer, y 
      completando por medio de besos la manifestacin de los pensamientos. Una 
      maana, paseando as del brazo, por una alameda, al revolver de unos 
      rboles, Gamoda se encontr de manos a boca con un antiguo amigo suyo a 
      quien no tuvo ms remedio que saludar.
           -Presntame, presntame a l; dile que soy tu mujer, que te has 
      casado.
           -Pero vida...
           -Nada, tengo ese capricho, esa mana. Resptala: te lo ruego.
           Y l sise hasta hacerse or del otro: -El seor Crespo, uno de mis 
      mejores amigos. Mi mujer.
           El incidente no pas de ah, de una sencilla presentacin debajo de 
      los rboles. Pero la condesa en su rabia de democratizarse, quera ms, 
      quera ms todava. Aquella insolencia con que paseaba su adulterio ante 
      la vista asombrada de todo el mundo le pareca insuficiente, mezquina, ms 
      propio de una mujerzuela cualquiera, hipcrita y cobarde, que no de una 
      gran corrompida rellena de vicio hasta el tutano de los huesos... -Quera 
      que todo el mundo se enterase de sus relaciones criminales y no pasaba 
      nunca al lado de ninguna persona conocida, sin levantar la cabeza, sin 
      erguirla, en actitud de provocacin, de desafo... As fuera el conde...: 
      no se apartara ella por eso del brazo de su amante. No se ve el sol? No 
      se le siente por todas partes durante el da? -Por qu no se ha de sentir 
      tambin al amor cuando hace extragos de incendio en las interioridades 
      sagradas de las almas? Es una vergenza ser astro, amar y ser amada, ser 
      un cuerpo lcido?
           Pues entonces...
           Un da, una maana, y ya llevaban tres meses de bacanal amorosa, 
      Gamoda se desasi bruscamente del brazo que lo enlazaba a la vida 
      tempestuosa de aquellas relaciones frenticas, y mirando fijamente en los 
      ojos a su amante, a su gran modelo, a su generosa inspiracin como la 
      llamaba, a su pequea Fornarina:
           -No cre que llegara nunca a amar como te amo: jrame que has de ser 
      eternamente ma, que no has de amar a otro hombre que a tu enamorado 
      artista: jramelo en seguida... pero jramelo a gritos.
           -Oh! vida ma...
           -Ms alto, ms alto, que la gente se detenga asustada para 
      escucharnos, que nos tomen por locos y nos detengan los guardias de orden 
      pblico para amenazarnos con las jaulas del manicomio, con los bancos de 
      la prevencin.
           -A tu odo... -yo sabr gritar como una loca, pero dentro de tu alma, 
      que es lo que me importa...
           -Si vieras lo desgraciado que me hizo anoche un sueo! -So que me 
      abandonabas, que me dejabas por otro, harta de m, de mis entusiasmos de 
      artista y de amante...; y que la humanidad desapareca del haz de la 
      tierra, espantada de mi catstrofe, y que me quedaba yo solo, solo en una 
      soledad cuyo recuerdo me asusta tanto todava, tanto, que, mira, mira como 
      se me eriza el vello de pensar en ella; y vuelto a la realidad, tan 
      despierto como lo estoy ahora, incorporado en la cama, con las manos 
      cruzadas, como las del reo que aguarda el golpe de gracia que ha de 
      rematar con sus dolores, solo de pensar que pudieras algn da hastiarte 
      de m, abandonarme, huir de mi lado, romp a llorar con tanta violencia, 
      con una enormidad de pena tan considerable, que cre en la posibilidad de 
      que se me saltaran las venas, y de que me estallara el pecho, mezquino 
      para contener l solo, aquella poderosa marea de dolores imposibles, de 
      angustias...
           -Oh! qu nio, que nio eres... Las cosas que piensas...!
           -Por eso quiero que me jures amor eterno, fidelidad... para poderte 
      tirar a la cabeza esta frase perjura! si para mi condenacin me 
      engaaras...
           -Un juramento, pobre nio, un juramento... Sabes lo que vale, lo que 
      significa? Mira, esto -y triz con su monsimo dedo ndice una ondulacin 
      en el vaco. -No dura ms tiempo que el que tarda en formularse.
           -No digas eso por la salvacin de tu aluna porque entonces qu 
      garantas son las que das a mis ilusiones? Yo s que t has amado a otros 
      muchos hombres antes que a m.
           -Pues sabes mal: que te devuelvan el dinero de la noticia porque te 
      han robado.
           -Y s ms, s que eres tan voluble como la mar y el viento, y s 
      tambin que tu abandono valdra para m lo que una condena de muerte; 
      porque yo sabra matarme, no lo dudes, y sabra tambin mandarte mi 
      bendicin con los ltimos alientos de la agona.
           -Muy fnebre vens esta maana, seor mo: es por ventura que 
      comienza a estilarse eso en los talleres de los pintores naturalistas?
           -Cambiemos de asunto, llevas razn. Es que estoy tan poco hecho a la 
      felicidad, que vivo asustado desde que la conozco.
           Echse encima con la brutalidad ininteligente de todas las 
      fatalidades, la hora de la separacin. -Un beso, dos, tres y hasta maana. 
      No me olvides. Piensa en m, en tu Fornarina, en tu modelo, todo el da y 
      toda la noche, sin que se aparte de ti mi recuerdo hasta que nos veamos 
      maana, ya sabes, a la hora de siempre y en donde siempre...
           Todava al final de la calle continuaba saludando desde la ventanilla 
      del coche con el abanico, a su amante, aquel sexo prepotentsimo de la 
      condesa; a su amante, parado, detenido all, en medio del arroyo, como un 
      imbcil a quien no le quedara ms cantidad de inteligencia que la 
      precisamente justa para poder despedir gravemente, quitndose el sombrero, 
      a toda su felicidad, a toda su vida, que pareca escaprsele de entre las 
      manos, al rodar angustioso y trepidante de una berlina de alquiler 
      ajustada por una carrera.



      - IX -
           Haba vuelto de Pars, martirizada por fatales presentimientos. Saba 
      lo que significaba la traslacin del asunto de su divorcio a Z; saba que 
      significaba la derrota, la muerte. Cuando le anunciaron, ya separada 
      particularmente de Enrique, los propsitos de su suegra, su plan de 
      ataque, ri con un acceso de risa tan franco que le durara muy bien un 
      cuarto de hora. Se haca la ilusin de que su enemigo no haba de 
      conseguir lo que solicitaba; pero cuando los peridicos comenzaron a 
      hablar de la creacin de un nuevo partido, a cuyo frente estaba el conde 
      del Zarzal; cuando supo que ese partido, formado en su inmensa mayora de 
      republicanos cuando la repblica fue una legalidad poltica en A, era, 
      haba hecho declaraciones esencialsimamente monrquicas y aun dinsticas, 
      exagerando la nota de monarquismo hasta el punto de regatear el valor de 
      ese concepto a los ms reaccionarios elementos de los partidos 
      conservadores, tocado de esa especie de fiebre de limosneo, de peticin, 
      que hace pesados y hasta odiosos a los mendigos de la calle. -Seorito, 
      por Dios; seorito por Dios, un centimito nada ms... -Cuando vio que la 
      verdad, y la moral y las leyes, y todo lo poco que hay de sagrado en la 
      vida, estaban amagados de uno de esos arrollamientos, furiosos con que 
      acostumbraba a embestir la loca fortuna de la condesa a cuantos obstculos 
      le salan al paso; cuando vio todo esto, vio tambin la derrota suspendida 
      sobre su cabeza, amenazndola con el puo cerrado como un fantasma 
      trgico; vio su ruina, y a cambio de todo eso, dej de ver a Dios, ese 
      Dios justo y misericordioso, posado en una nubecilla celeste, hermoso como 
      un sueo de ventura, que le haban mostrado en las estpidas enseanzas de 
      Le Sacr Coeur, dicindole: -Cree en ese. Es el eterno dispensador de 
      justicia; sin l la vida estara envenenada por el error y la infamia, 
      sera imposible, odiosa... Pstrate en oracin ante l, malo, que l es 
      el amor sumo...
           Luisa Galindo pensaba ahora que quiz se haca preciso ser un poco 
      canalla para merecer el amor de ese Dios hermoso como un sueo de ventura 
      y posado en una nubecilla celeste, que le haban mostrado en las estpidas 
      enseanzas de Le Sacr Coeur, como sntesis hecha realidad del amor sumo, 
      del bien sumo... de la eterna justicia.
           Sali de Pars y volvi a Z, apremiada por una papeleta de citacin 
      de uno de sus juzgados. Era una opulenta maana del mes de Julio, un 
      verdadero da de fiesta de la naturaleza; por todas partes podan 
      percibirse las cpulas fecundas de la vida, las esplndidas iniciativas de 
      la Creacin.
           En la estacin aguardaban su llegada algunos parientes, muchos 
      amigos, infinitos partidarios, que sin conocerla iban all, apenas 
      arribada, a saludarla con la simpata que merecen los atormentados del 
      destino a los corazones generosos.
           Hubo un momento en que pareci all, en medio del andn, saludando 
      con la majestad de la desgracia inmerecida, a sus amigos, una reina, una 
      verdadera soberana, rodeada de sus cortesanos y dispuesta a una excursin 
      de recreo a sus posesiones de Windsor, Versalles o la Granja.
           La escena que sobrevino despus, ya en su casa, con los parientes y 
      amigos que la aguardaban, fue desgarradora y hasta un poco indescriptible. 
      -Pero he hecho mal, decidme, he obrado con imprudencia, no he sido 
ligera?
           -Eh, no, harto has sufrido, demasiada paciencia tienes!
           -Porque, atended... aquello era espantoso. Oh, no quisiera 
      recordarlo... -Enrique... Mira, yo no me crea capaz del odio y conozco 
      que voy odiando, que comienzo a odiar... -pero sobre todo a la 
      condesa!... a esa infame... Harta de librar infortunios a los hombres y 
      que ahora por lo visto, se dedica a las mujeres... a las mujeres dbiles 
      como yo, que no tienen nadie que las defienda...
           -Nos tienes a nosotros, respondieron a coro aquellas cinco o seis 
      humanidades que escuchaban las querellas de la sin ventura...
           -S, a ustedes, ya lo he visto! A ustedes que me habis estado 
      viendo bailar una especie de danza fnebre alrededor de un precipicio y no 
      habis sabido salvarme, advertrmelo siquiera, advertrselo a mis diez y 
      nueve aos. Ya s, porque desde hace cuatro meses tengo cuarenta aos ms 
      de vida, puesto que la vida es eso, la esperiencia, el conocimiento de la 
      miseria, ya s con quien puedo contar; ya s que no puedo contar ms que 
      conmigo misma figuros! conmigo misma...! -Diez y nueve aos de 
      inesperiencia y la bancarrota por capital! -Oh, que es bien horrible lo 
      que me sucede! -Y rompi a llorar con tanta pena que daba compasin orla, 
      casi ahogada, casi agarrotada por la sofocacin de aquellos sollozos 
      convulsivos... interminables.
           -No; es tontera, no haba de admitirlo. Que no llamen al mdico para 
      nada. Esto se pasar, se pasar en seguida... como ha pasado mi 
      juventud... como pasa la dicha... sin detenerse... porque no tiene ms que 
      cinco minutos por da para recorrer el mundo, mientras que la desgracia 
      tiene veinticuatro horas largas para desempear su misin de odio, de 
      tormento... Ya ves, Sofa, como hablo; las cosas que digo. T que me 
      llamabas loca en el colegio porque no saba decir cuatro palabras serias, 
      una despus de otra... -Es que entonces el cielo azul entraba ms 
      amorosamente en mis pulmones que ahora: ahora me ahogo, como si pudiera 
      haber almas asmticas!
           -De modo que es cierto todo lo que aqu se deca de vuestra boda? 
      -interpel muy bajito, tmidamente, su amiga, aquella a quien haba 
      llamado Sofa...
           -No es cierto, porque la realidad es ms grande, ms grande todava. 
      Aqu se habr hablado de una montaa de infamias, y no es montaa que es 
      cordillera. Figrate... qu te dira yo?... algo as como los Andes. S, 
      como los Andes, pero no de piedra y tierra, de vegetales exticos y de 
      nieves perpetuas, sino de lodo, de porqueras, de inmundicias de retrete, 
      de fango de la calle, amontonado todo, una cosa sobre la otra, el conde 
      sobre su hijo y la condesa sobre todos, sobre su marido, y sobre Enrique, 
      y sobre m misma, corrompiendo la atmsfera enorme de Pars con sus 
      emanaciones pestilenciales... con sus miasmas... como un colosal 
      vertedero, como si nosotros formramos en nuestra espantosa promiscuidad 
      de miserias y debilidades el vertedero de todo el continente, de toda 
      Europa si fuera posible... Uf qu asco!
           Y llevaba el fino pauelo de batista a la nariz como si de nuevo la 
      rodearan a guisa de limbo, aquellos hedores, aquella basura... -Una cosa 
      inaudita.
           Call Luisa pero para volver a decir de nuevo:
           -La miserable!... -y despus de una pausa de palabras -de 
      pensamientos no, porque el saln pareca repleto de ellos, segn 
      irradiaban verdaderas claridades las frentes- la miserable ha tenido la 
      desvergenza de avisarme por uno de sus esclavos blancos, que calle si amo 
      a mi dinero, si no quiero perderlo por completo, porque ella, esa ladrona, 
      est decidida a sujetar su conducta a la ma, y a dejarme en la miseria si 
      hablo fuerte... Como si fuera posible ya hablar! -No hablo, que grito, 
      pero con todos mis pulmones, hasta que me salte el pecho. He venido a Z 
      para perseguir a ese monstruo de mujer como un remordimiento, y gritarle 
      por todas partes Ladrona, a esa, a esa ladrona, prenderla que me ha 
      robado! ladrona! -porque es indudable; ni los tribunales de Z decretan mi 
      separacin radical, mi divorcio completo con Enrique, ni la devolucin de 
      mi dote tampoco. La anulacin de mi sexo de mujer de un lado, y la ruina 
      de otro! Ya veis si tengo motivos para estar contenta...
           La verdad es que la desesperacin de aquella pobre nia, era una 
      desesperacin simptica, a la que no faltaba ms que la catstrofe para 
      llegar a ser sublime, y la verdad es tambin que aquel crculo de cinco o 
      seis personas, era digno de la confianza que mereca a la mrtir. No haba 
      all una frente que no estuviera arrugada por el asombro, ni una boca que 
      no estuviera contrada por la indignacin. La respiracin haba llegado a 
      hacerse unsona, y los movimientos de sstole y distole de los corazones 
      parecan obedecer al mismo comps de misericordia hacia aquella gran 
      desventura...
           -Dejarme sola, no tengo un minuto que perder. Voy a escribirle 
      citndola, citndola aqu, -quiero saber a qu atenerme, pero sin aguardar 
      a maana, sin aguardar a la noche siquiera; no puedo continuar marchando 
      sobre un terreno movedizo. Una explicacin con ella ser la tierra firme. 
      Voy a llamarla. Ustedes, amigas mas, perdonadme. Si el infortunio no 
      tiene derecho al perdn, qu entonces! Esta misma noche tendr noticias 
      que comunicaros. -Y no bien qued sola...
           La vida! es acaso esto que yo hago, vivir? Pas ms de una hora en 
      cavilaciones tan hondas, que ms que una meditacin, aquello pareca un 
      desmayo. Y si no hubiera sido por los estremecimientos convulsivos que 
      agitaban de vez en cuando su soberbio busto, hubirasela tomado por un 
      cadver, el cadver de una sacerdotisa herida por la muerte en pleno 
      xtasis, en plena oracin mental, estando su iluminado espritu en el 
      Olimpo, a presencia del gran Jpiter, el dios de los hombres y el padre de 
      los dioses, poderoso y magnfico...
           Sntesis de aquellas cavilaciones fue la carta siguiente, que sali 
      completamente hecha de su cerebro, sin que tuviera necesidad de 
      rectificarle una coma, una sola palabra:
           Seora: Llego de Pars decidida a veros. Ya comprenderis que cuando 
      vengo con tanta precipitacin es porque estimar urgente nuestra 
      entrevista. Os aguardo pues. Dignaos venir sola y si os es lo mismo 
      acompaada de vuestra conciencia, pero de nadie ms. Ni salgo a la calle 
      ni recibo a nadie, esperando vuestra visita. Aceptad el saludo respectuoso 
      que os envo.
      LUISA GALINDO.
           Hecho esto esper: esper sombra y desesperada, el nuevo zarpazo con 
      que la amagaba su horrible, su implacable suerte.





      - X -
           -La seora espera a Vd. con impaciencia y me ha dado orden de que la 
      pase inmediatamente a su gabinete, donde est aguardndola.
           -No importa... Como si no fuera de la familia. Annciame.
           Volvi la doncella un instante despus:
           -La seora condesa puede pasar.
           Y a tiempo que levantaba el portire que ocultaba la entrada del 
      gabinete: -La seorita se est muriendo; trtela Vd. bien por Dios, 
      seora.
           La entrada fue ex-abrupto. -Esa animal por quin me ha tomado, que 
      emplea familiaridades conmigo, y me dirige la palabra sin que yo le 
      pregunte? -y cambiando de tono, -adis, Luisa, me habas asustado, hija, 
      con tu carta; cre encontrarte en la cama moribunda, o poco menos. Cmo 
      ests?
           Y la bes enternecida en las dos mejillas, con pasin, con mimo, 
      prolongando sobre la carne el beso para hacerlo ms ntimo, aquella gran 
      despilfarradora de caricias.
           -Mal, muy mal; en consonancia con mi situacin; murindome.
           -Pues, hija, lo que es por tu aspecto nadie lo dira, porque ests 
      encantadora.
           -Es para hablar de mi situacin, y no de mi cara para lo que la he 
      llamado a Vd. -perdn de una vez para siempre por el acento, triste con 
      frecuencia y severo algunas veces, que ha de notar Vd. en lo que la diga; 
      pero as como de una herida recin abierta slo puede salir sangre, de mi 
      boca, en estas circunstancias, slo pueden salir lamentos y sollozos. Toda 
      mi vida, el presente y el porvenir, hasta el pasado de estos cuatro meses 
      transcurridos, estn interesados en lo que acordemos en nuestra 
      conferencia de hoy. Hagamos dignamente los honores de la situacin a estas 
      circunstancias ponindonos al nivel de ellas. -Son tristes? -Triste tiene 
      que ser nuestra palabra.
           -Habla que te escucho.
           -Pues he aqu la cuestin, -dijo Luisa clavando en su suegra dos 
      miradas persistentes de fulguraciones tan rojizas, que mejor que miradas 
      parecan los resplandores de una brasa consumindose en la oscuridad. -El 
      escndalo est dado: evitarlo ya es imposible; permitirle que crezca sera 
      monstruoso.
           -No es posible que crezca ms de lo que ha crecido. Ese escndalo de 
      que hablas es un gigante.
           -Pues que se quede en gigante, que no llegue a ser coloso. Con la 
      traslacin del asunto a Z, s de antemano, s desde luego, pero 
      positivamente, cul ha de ser el resultado de mi querella: la delegacin 
      de lo que solicito. Mi fortuna, mis alhajas, todo cuanto posea, se halla 
      en poder de Vd. -La ley declara al marido administrador de los bienes que 
      aporta al matrimonio la mujer, que es para todos los efectos sociales 
      menor de edad... -No me interrumpa, yo se lo ruego. Ahora bien; los 
      tribunales de Z fallarn en contra de mi peticin negndome el derecho de 
      divorcio, en cuyo caso Enrique, y por delegacin Vd., continuaris siendo 
      amos de mi dinero. Yo quiero saber a qu atenerme. Quiero saber si est 
      Vd. dispuesta a devolvrmelo o no. -Esta es la primera parte, slo la 
      primera parte, de lo que me propona decirle. Ahora escucho su respuesta.
           -...Que no se hace esperar. -Hla aqu: no.
           Cmo que no? -Me parece que no he odo bien: ha dicho Vd. que no?
           Digo que no; digo que sera yo bien tonta renunciando a mis derechos.
           -Pero qu es lo que se propone Vd. hacer conmigo?
           -Nada; convencerte de dos cosas: de que has obrado en el asunto que 
      nos ocupa con una ligereza muy censurable, y que no te queda otro partido 
      que reconciliarte con Enrique, probando as al mundo que no tenas razn 
      en lo que ests haciendo, o en ltimo resultado... yo no s: lo que te 
      parezca. Ponerte a servir, o tirarte por un balcn a la calle; dos cosas 
      que vienen a ser lo mismo para gente de nuestro linaje. Ese es todo el 
      castigo que te he impuesto por la niada que has hecho con nosotros. Con 
      que elige...
           Son contados los reos que desprecian a la vida lo suficientemente 
      para escuchar con calma la sentencia que se la quita, que se la arrebata; 
      indudablemente son dos los sentimientos que deben asaltarles: el de 
      precipitarse de un salto, furiosamente, sobre el presidente de la sala, 
      primero, y sobre el fiscal despus, y morderlos en la boca y en el pecho, 
      o el de quedar desfallecidos y como sin conciencia en el banquillo de los 
      acusados, esperando la llegada de media docena de mozos de cuerda que 
      carguen con l como si se tratara de un saco de mondongos y grasas, y lo 
      lleven a donde quiera que sea, a la tripera de la ley, o a la tripera de 
      los particulares, donde pudiera ser vendido su hgado o su encfalo en 
      competencia con el de los cerdos. Luisa Galindo experiment este ltimo 
      sentimiento: el de quedar desfallecida al or aquella brbara sentencia 
      con que la haba aporreado aquel demonio de mujer, que por lo visto estaba 
      propuesta a ser constantemente su espritu negro, su ngel malo. Inclin 
      la cabeza sobre el pecho, como si de pronto le hubieran arrancado los 
      msculos sostenedores del cuello, extendi las piernas con la crispacin 
      nerviosa del que se muere, murmur entre dientes y con voz ronca una 
      especie de blasfemia en el lenguaje articulado y nico de la 
      desesperacin, estruj entre sus manos un vaco que para ella estaba lleno 
      de complicidades misteriosas con aquel crimen que se estaba cometiendo, 
      aquel crimen en que se asesinaba su alma, cerr los ojos y nunca la 
      muerte ha escuchado una plegaria ms ardiente, ms desgarradora que 
      aquella que formul interiormente el conturbado espritu de la 
desgraciada!
           All estaba la condesa del Zarzal holgndose del primor de su obra, 
      que slo un indio podra envidiarle; porque siempre ser considerado un 
      hecho brbaro el derribar una estatua y mutilarla a martillazos.
           La vencida no daba seales de vida; la respiracin, todos los 
      fenmenos fisiolgicos, tan tmidamente se manifestaban, con tanto miedo, 
      que para ser de veras una muerta slo le faltaba la palidez mate, la 
      angustiosa curvatura de la boca, la mayor agudeza de la nariz, y el cuerpo 
      rgido, trgicamente distendido, adaptado ya a la actitud eterna con que 
      reposan los esqueletos en sus cajas apolilladas, rodas, untosas de las 
      serosidades y las podredumbres del cadver.
           Por fin volvi en s... -resucit, bamos a decir.
           -Me ha hecho Vd. mucho dao, mucho. Que Dios se lo pague.
           Y ya despierta, con los ojos abiertos, en pie, aunque apoyada con la 
      mano izquierda en el sof, pareca ms cadver que antes, cuando su cuerpo 
      estaba desplomado con la pesadumbre de todas las cosas humanas que se 
      abaten, sobre el mismo sof en que se apoyaba ahora, casi restablecida y 
      victoriosa.
           -Est Vd. en mi casa y le debo cortesa...: pero tambin le debo 
      sinceridad... -ha sido para eso para lo que la he citado. -Sus palabras de 
      usted... debo decirlo! -sus palabras de Vd. me han acobardado porque son 
      antes que nada una condena: condena de miseria y de deshonra... Comenc a 
      orlas con rabia... y luego se apoder de m el miedo, un miedo cerval, 
      porque s que es usted capaz de hacer lo que me avisa... que es infame... 
      -s, igalo Vd. -que es infame. Pero me toca perder. Soy yo el vencido en 
      esta lucha. Sea. Que todas las responsabilidades de este hecho caigan 
      sobre Vd.! -Ahora solo me toca avisarle que est Vd. de ms en esta casa.
           -Quiere decir esto que me echas, que me arrojas de aqu?
           -O algo muy parecido a eso, seora.
           -Ves, el romanticismo qu efectos produce en algunas cabezas? -dijo 
      la condesa dominndose.
           -Ya esperaba esa palabra! El romanticismo! -Milagro que no me 
      saludara Vd. con ella antes! -Se llama romanticismo a todo lo que 
      engrandece la condicin humana? -Pues entonces, s. -Llmeme Vd. 
      romntica, seora, yo acepto la palabra con agradecimiento... aunque no 
      sea ms, -aadi despus de una pausa -que porque ustedes las que piensan 
      y viven en la forma de Vd. no tienen derecho a que se les aplique el mismo 
      apelativo, la misma frase...
           -Pero en fin, qu decides, qu determinas? -interrumpi la condesa.
           -Creo que mi actitud es mas elocuente que mis palabras. Que no haga 
      Vd. completamente inhabitable esta casa permaneciendo ms tiempo en ella.
           -Debo hacerme en obsequio tuyo, de tu difcil situacin, la 
      desentendida, y cree que no hago, que no acostumbro a hacer eso, con 
      frecuencia. Retira tu querella, reconcliate con Enrique, y todas estas 
      odiosidades que me son ms insoportables que a ti misma, que a todos 
      ustedes -crelo- desaparecern. A qu vivir en la desgracia, cuando 
      podemos ser felices, con que pongamos cada una algo de nuestra parte?
           -Voy a ensayar un resto de fuerza para contestarla a Vd. -Mire Vd., 
      seora, casi el argumento de una novela al uso -dijo Luisa ocultndose de 
      nuevo: -rase que se era una joven... una nia; la descripcin no hace al 
      caso; que por hurfana -un gran atractivo- y por rica, -quin resiste a 
      eso?- excit la golosina de cuanta truhanera de frac pasea 
      jacarandosamente por los salones de Z... -Porque la historia que voy a 
      contarle ha ocurrido aqu, en esta amadsima ciudad de Z en que vivimos... 
      en que tenemos la dicha de vivir! Educada esa joven, esa nia, en los 
      preceptos severos de una religin que mira ms hacia lo alto que hacia 
      abajo, enamorada del cielo, rechazaba todo cuanto pudiera distraerla de 
      sus amores celestes. Un da fue un joven titulado, lleno de todos los 
      prestigios del nacimiento y los del propio mrito -porque personalmente 
      vala mucho... vale mucho, puedo asegurrselo a Vd. -el que le hizo el 
      ofrecimiento de su amor y de su mano. La joven le respondi cerrando su 
      puerta y su trato a toda la sociedad dorada, como se la llama, 
      emancipndose del mundo -que despus de todo la atraa poderosamente- y 
      encerrndose voluntariamente en la capilla de su palacio. Otro da, fue un 
      hombre, brillante a fuerza de genio y de gloria, el que le hizo el 
      holocausto de sus amores: fue tambin rechazado. -Ms adelante... poco 
      tiempo despus...; en fin, un total de muchos corazones, de muchos 
      estmagos tambin; es posible. Pero lleg un da, en que la joven de que 
      hablo, que haba nacido para el amor, que amaba sin saberlo, que tena 
      apetitos y deseos e ilusiones quiz ms ardientes que los de otra 
      cualquier mujer, por lo mismo que estaban ms contenidos, oy a su 
      confesor, que le mereca fama de tan infalible como los vicarios de 
      Cristo, oy a su confesor que le susurraba con emocin un nombre al odo; 
      que al da siguiente le haca una apologa de ese nombre; que al otro, 
      ponindose al nivel de una inmunda Celestina, le haca por encargo de ese 
      nombre una verdadera declaracin de amor, de amor sin lmites, como el que 
      ella deseaba y llevaba tempestuoso en el pecho. Cmo dudar de la lealtad 
      del sacerdote y del consejero? -La joven en cuestin se enamor 
      perdidamente de aquel nombre y del que lo llevaba. Resultado de sto una 
      boda precipitada en que todo se hizo de prisa, atropellando dificultades, 
      como los matrimonios de los sentenciados a muerte...; todo, menos la 
      cuestin dotal, la cuestin de intereses, que era por lo visto lo que ms 
      interesaba, lo que ms urga...- Realizado el matrimonio, la joven not 
      extravagancias que no se explicaba, en la conducta del esposo; 
      extravagancias que no se pudo explicar nunca. La vergenza hizo muda a su 
      lengua y call. Pero transcurri una semana, dos, tres, un mes, y esas 
      extravagancias con tendencia a hacerse tan crnicas como unta enfermedad 
      hereditaria! Entonces fue preciso preguntar, inquirir razones, con timidez 
      al principio, con franqueza ms tarde, a su esposo primero, despus a las 
      personas que le merecan esa confianza. El esposo responda con evasivas; 
      los otros, los desinteresados, con indignaciones. Y coincidiendo con esto, 
      y como si toda esta miseria no fuera bastante, esa joven de que hablo, 
      recibi de Z por parte de personas bien informadas revelaciones espantosas 
      que llevaron ms nuseas a su estmago que lgrimas a sus ojos: se la 
      haba robado, aquel matrimonio no era otra cosa que una estafa monstruosa, 
      realizada en comandita de la madre con el hijo...
           -Miente quien haya dicho eso, mientes t si lo aseguras!
           -Djeme Vd. condesa terminar mi cuento... si no es ms que un 
      cuento! -Y no resta ms que el desenlace. Muy corto... -Que ocurrido todo 
      eso, la suegra de la joven, esa ladrona...
           -Esa palabra...! -rugi mejor que grit la condesa.
           Y Luisa con aparente calma... -...la suegra de la joven, esa 
      la-dro-na, tiene...; aqu una palabra que a m no se me ocurre porque 
      encuentro dignas todas las del diccionario; una palabra que goteara lodo, 
      que apestara, que degradara como una letrina, -tiene... el cinismo... le 
      parece a Vd. bien? Le llamaremos cinismo puesto que no podemos encontrar 
      otra palabra ms baja; tiene... el cinismo, de anunciar a la vctima, que 
      le arrebata el dinero, que se lo quita, que le arrebata sus alhajas, que 
      se las quita, si no se reconcilia con el extravagante de su marido, un 
      marido por engao, un marido de pega como si dijramos!... un marido que 
      ni siquiera es hombre! -...Vamos a ver condesa...; si Vd. fuera la mrtir 
      de mi cuento qu respondera a su suegra, cuando le viniera hablando de 
      reconciliacin, y de armonas de intereses, y de pelillos a la mar y de 
      todas las cosas que se le ocurren a su curti-parla de mujer corrida...? 
      qu le respondera Vd.?
           -Le respondera...
           Se haba puesto de pie y con la cara descompuesta... -Oh qu hermosa 
      estaba! -Byron la hubiera copiado para describirnos luego a aquel sombro 
      arcngel a quien tanto amara su musa, al arcngel rebelde que desde hace 
      seis mil aos, segn la tradicin catlica, protesta del cielo y apostrofa 
      a Dios, sin llegar a fatigarse nunca, siempre mirando a lo alto en la 
      misma actitud de desafo, con los trgicos puos y los robustos muslos, y 
      el frreo trax, y los musculosos brazos apercibidos a la lucha, hermoso 
      smbolo de los gladiadores que odiamos al cielo!
           -Y bien, basta de farsa! -Es por ventura que me llamas a tu casa 
      para insultarme, para escupirme a la cara el despecho que te causa la 
      derrota?
           -La he llamado a Vd. a mi casa para preguntarle qu piensa Vd. hacer 
      de mi dinero, del capital mo que tiene en depsito, y como Vd. me ha 
      respondido ya que apropirselo...
           -S, s, sigue...
           Qu locura suprema, qu falta de instinto, gran Dios, fue quien 
      aconsej a aquella pobre nia, medir sus fuerzas con las de aquella 
      hermosa loba, levantada ya del asiento que ocupaba, dispuesta a morder, a 
      hincar los dientes en la carne hasta hacer presa, dispuesta tambin a 
      convertir las patas en garra, y la baba que destila el hocico cuando se 
      irrita con la pelea, en veneno, para que se haga as mortal la herida, 
      mortal la lucha?
           -Anda, repite esa palabra, que decas antes que yo era? Anda 
      reptela, que te la voy a hacer tragar para que te quede dentro del cuerpo 
      y no la olvides nunca.
           -Pues te llam ladrona y ahora te llamo ladrona y rabanera.
           -S? -Pues prepara los morros que vas a ver ahora lo que es bueno, 
      grandsima puerca. -Y se abalanz sobre ella, sobre la cabeza, para hacer 
      presa en el pelo, ese primer instinto de la hembra...
           La hermosa cabellera negra de Luisa, cay de pronto, anegndole la 
      cara, como la puerta de una esclusa abierta repentinamente, ocultndole 
      casi por completo la fisonoma, cegndole los ojos, debilitndola para la 
      pelea...
           -Conque ladrona, eh? Vas a tragarte esa palabra con este puado de 
      cerdas que te he arrancado del moo, hasta que no quieras ms... y le 
      restregaba por la boca el puo que resultaba imponente por las sortijas 
      que lo armaban, hasta ensangrentar por completo la cara de su presa. -Y 
      ahora voy a ahogarte...
           Un terror loco, un furioso instinto de conservacin, se apoder 
      repentinamente de aquella infortunada:
           -No por Dios, no por Dios, seora! -Yo har lo que Vd. me mande! 
      -Perdn, otra vez perdn! -Y se hincaba de rodillas, y trataba 
      angustiosamente de cruzar las manos... -Perdn, perdn!- hasta que 
      desasindose con un esfuerzo heroico de aquella tigre que gozaba 
      ensangrentndose, corri como una loca, con la cabellera tendida 
      trgicamente por la espalda y por la cara, corri hacia la puerta que 
      abri de un golpe, gritando con un acento de demencia que daba horror 
      -Socorro! Me matan! Socorro! -hasta caer desfallecida de miedo, en una 
      de las ltimas habitaciones interiores de la casa, llena de trastos viejos 
      y de muebles declarados invlidos:
           -Dejarla marchar, no dar parte a nadie -qu vergenza... como 
      rabaneras...! -Y agarrndose al recuerdo que es tabla de salvacin en 
      todos los naufragios de la vida... -Madre ma, madre de mi alma!
           Slo le restaba ya actividad para eso, para decir madre ma, madre 
      de mi alma! -un grito que parece una oracin, segn es sagrado. Pero 
      ay! aunque viviera su madre, la madre de su alma, no podra hacer nada 
      por ella! Formaba parte de una vorgine, y no lo quedaba otro recurso que 
      pelearse con el huracn o fundirse con la ola; las dos formas de 
      desaparicin humana ms tristes que conozco.



      - XI -
           En Z en el mes de Octubre, cuando le da al sol por tener buena cara, 
      por tener buen comportamiento, se gozan de temperaturas tan magnficas que 
      involuntariamente hacen pensar en el Paraso. Un otoo en Z, puede 
      constituir para los espritus tiernos, formal presentimiento del cielo. No 
      se han despojado los rboles todava de sus graciosos adornos, de sus 
      hojas, de sus racimos, de su resina, de su interesante magnificencia 
      externa. La atmsfera contina llevando en disolucin esos perfumes de la 
      primavera, que parecen una caricia, un gracioso y prolongado saludo de la 
      naturaleza vegetal a la animal, de las plantas a los hombres, esas otras 
      plantas ms infortunadas. El aire contina tibio, amorosamente tibio, como 
      el aliento de una mujer que se nos acerca para besarnos. Hay azul sobre 
      nuestras cabezas, y ante nuestros ojos, vibrando con el ter, y 
      descomponindose con la luz, los colores del iris, revueltos y confundidos 
      en promiscuidades tan delirantes, que hacen pensar en los amores furiosos 
      del verde con el grana y del blanco con el negro. Se oyen por todas partes 
      armonas que confirman los supuestos conciertos de la Creacin; y el 
      tumultuoso parlotear de los nios, y el alegre trinar de las aves, parece 
      como si hicieran bien al cuerpo, avivando la circulacin de la sangre, y 
      las soberbias combustiones de la vida, exuberante esos das, hasta en los 
      tsicos, hasta en los curiales arrugados por el uso...
           Eudoro Gamoda tradujo esa magnificencia del da por un simptico 
      apercibimiento de la naturaleza al hombre para que se emancipara de la ley 
      del trabajo, dura y terca como una maldicin que viniera de lo alto. Cerr 
      la puerta de su estudio, guardndose la llave, y se lanz a la calle, 
      llamndose a la parte en la esplndida reparticin de aromas, de msicas y 
      de colores.
           Estaba triste, sin embargo. Viva por el amor, exclusivamente por 
      eso, tan harto estaba de lo dems, y el amor comenzaba a tratarlo con 
      indiferencia, el ms insoportable de todos los suplicios para los 
      espritus bien formados, para los espritus que slo viven en la tierra lo 
      suficiente para que no se les declare fuera de la sociedad, desterrados 
      del rebao humano... -malditos...
           Haca ya algn tiempo que la condesa comenzaba a regatearle las 
      citas, a discutirle la conveniencia de que se vieran tan frecuentemente; 
      adems, en sus palabras no haba acentos tan apasionados como antes, tan 
      imponentes incendios de lujuria...
           Un da... -ya haca de esto cuatro o cinco maanas, -paseando del 
      brazo con su amante por uno de los ms ridos y terrosos paseos que 
      circundan a Z, la condesa haba casi pronunciado la palabra separacin. Si 
      lo hizo en calidad de prueba, de ensayo, muy arrepentida debi quedar de 
      su pensamiento, porque Gamoda hizo relampaguear sobre aquella cabecita de 
      musa, cuatro o cinco palabras de muerte.
           -Mira, yo vivo por ti, por ti exclusivamente. El arte no significa 
      para m nada desde que te conozco, porque t eres el arte por excelencia. 
      No concibo, no puedo concebir la separacin, el divorcio... Porque... 
      sabes? -Yo era un condenado que se retorca entre llamas, bramando, 
      protestando, mirando con rabia al azul del cielo, y t eres la gloria; 
      conque figrate...
           -Quin habla de eso ahora? -aadi desabridamente la condesa; -yo te 
      amo...
           -S, pero tienes que amarme por toda tu vida, y ms todava, si es 
      cierto que las almas no sucumben...
           -Nio! Hacer una protesta de fidelidad a presencia de toda esta 
      naturaleza que cambia de organismo, de estos rboles a quienes se les cae 
      las hojas...
           -Una transformacin externa, puramente externa... -El primer rbol en 
      que te fijes... mira, ese... cualquiera... ser el mismo que podrs ver 
      dentro de diez aos ocupando el mismo sitio y animado de la misma savia. 
      Qu importa que lo de afuera cambie si lo de dentro subsiste?
           -Eso es lo que t no sabes...; pero, en fin, me parece que nos 
      estamos comparando a los rboles, que es el colmo de la modestia. Yo te 
      amo por este mes y por siempre. Para m no hay cada de hojas, aunque s 
      cada de ilusiones... Y quin sabe? -Si t...
           -No concluyas... -y tapndole la boca con la graciosa actitud del 
      Amor a Psiquis -yo soy tu esclavo, te hablo siempre de rodillas... Mrame. 
      En mi amor no puede haber otras transformaciones que las que se admiran en 
      las armonas de Rossini... -un crescendo inacabable, inaudito. Ms, ms 
      siempre! y cuando no sea posible esto, ms, ms siempre! reventar de 
      exceso, de pltora de amor, en una explosin que asombrara al mundo... 
      -As es como te amo.
           -Debieras haber nacido en Sevilla y haberte dedicado a la tribuna.
           -Por qu? -interpel extraado Gamoda.
           -Porque habras conseguido que se declarara sublime a la locura y 
      santos a los locos. Todo el mundo solicitara entonces el honor de ser 
      loco.
           -Es esa toda la consecuencia que sacas de mis palabras?
           -Saco esa y otras muchas. sta, por ejemplo. Que no puedo 
      comprometerme a quererte tambin en la otra vida, -y rindose y 
      acariciando con la enguantada mano la rizosa barba del joven, -sera 
      gracioso!... un amor eterno... ja... ja... ja... como el de las 
      novelas...!
           -Como el de las novelas y como el de los corazones honrados tambin.
           -Bah! Cambiemos de conversacin; dame un beso ahora que estamos 
      solos... Donde a m me gusta... Ah! -...ahora otro. -Y para que no me 
      trates en acreedor, toma cincuenta mil que te deba...
           Pero debera tener inters en saldar sus cuentas, mucho inters en 
      dejarlo todo solventado, porque despus de haber satisfecho su deuda de 
      cincuenta mil besos, la condesa casi desapareci de la vida de Gamoda, 
      imposibilitada de verlo tan a menudo como antes... -que fue lo que le 
      dijo.
           Entonces la escribi...; no obtuvo contestacin.
           La envi emisarios...; no fueron recibidos.
           Y debata en el interior de su pensamiento si deba cometer o no la 
      locura de asaltarla en su casa, entrando a saco en las habitaciones, hasta 
      encontrar a la castellana, y all pedirla perdn de rodillas por tanta 
      osada, por tanto atrevimiento. -No eran, no podan ser banales sus nicos 
      amores: he ah una de las cosas a que estaba decidido.
           Por fin obtuvo algo su terquedad de amante.
           Una carta, un billetito que deca as:
           Te quiero como siempre; pero no podr verte en unos das, porque ya 
      sabes que no me pertenezco.
           Ya te dir por escrito cundo y dnde.
           Muchos besos en los ojos y en la boca de tu.... Y una gran X.
           La carta de una loreta!
           A pesar de la gran identificacin que haba entre la Naturaleza y el 
      espritu de Gamoda, identificacin que, dicho sea de paso, es una prueba 
      de superioridad en la escala humana, aquel sol primaveral del mes de 
      Octubre no le lleg hasta el fondo del pecho, alumbrando con claridades 
      rosadas, como en otras ocasiones, las lobregueces, las tinieblas que hacen 
      odiosa a la vida, y que a l lo conturbaban hasta la misantropa; pareca 
      indiferente a aquella fiesta de la Creacin, insensible a aquella gala, 
      como si fuera un ciego de las dos vistas: la de los ojos y la del cerebro: 
      ciego e idiota.
           Caminando a la ventura y maquinalmente, como un sonmbulo que no 
      tuviera de humano ms que la apariencia, vino a dar en uno de los paseos 
      ms concurridos de Z. Tan extranjero de la realidad era, que ni aun se 
      apercibi de eso, del sitio donde estaba. Sus preocupaciones foscas e 
      irritadas, como un enjambre de abejas cuya colmena se acomete, le haban 
      picado tanto y con tanta obstinacin, que concluyeron por matarle la 
      sensibilidad del mundo externo. Apenas vea. Tropezaba con los 
      transentes, y de su cara slo se poda decir que era la de un genio en 
      inspiracin o la de un alucinado en delirio. Una cara que haca apartarse 
      a los hombres, y sonrer a las mujeres detrs de sus abanicos.      
      Aquella animacin de las calles, el contacto amoroso de aquella Naturaleza 
      que pareca, por voluptuosa y simptica, perdidamente enamorada del 
      hombre, le hicieron volver en s. Y entonces, de la tempestad de antes, 
      slo qued lo que restan de todas las tempestades, -mayor pureza en el 
      ambiente, y calma ms augusta, ms soberana en los mismos espacios, 
      agitados, furiosamente removidos antes, por las supremas demencias del 
      huracn.
           Pero he aqu que lo saludan, que lo llaman por su apodo de artista. 
      -Eh, Van Dyck, saluda a los amigos; acrcate, hombre! -Y entonces 
      Gamoda, advertido por el instinto de que la soledad podra serle funesta 
      en aquella espantosa hemorragia interna que le haba declarado, se 
      aproxim a sus amigos, que estaban sentados en sillas metlicas colocadas 
      a ambos lados del paseo, estrech una por una sus manos, y aun hizo caso a 
      la invitacin de que se sentara con ellos, de que ensanchara el crculo, 
      de que aumentara la hoguera de murmuracin con alguna de esas frases mal 
      intencionadas que los hombres mundanos tienen buen cuidado de llevar 
      siempre consigo, para que no se extinga ningn incendio de los que la 
      calumnia prende fuego, confiando luego la tarea de fomentarlo a los 
      imbciles que no tienen otra cosa que hacer en la vida ms que eso: araar 
      los cimientos de la casa del vecino, con la sana intencin de derribarla, 
      pero sin maldad, sin odio, slo por pasar el rato. Infames por holganza.
           -Qu tal ese arte? -le interrog cualquiera de sus amigos. -Cundo 
      damos un sofocn nuevo a los jefes de ese cementerio de obras osificadas 
      que se llama la Academia de Bellas Artes?
           -Oh, cualquiera, cualquier da de estos! Cada momento que pasa estoy 
      ms satisfecho de mi actitud de protestante...
           -Pues vas haciendo escuela; Fulano, que como sabes, ha buscado hasta 
      ahora inspiraciones en las vrgenes del cielo, y que slo le faltaba, como 
      Murillo, confesarse antes de emprender un cuadro para ser un artista 
      mstico completo, ha buscado inspiraciones para el lienzo que est 
      llenando ahora, en las vrgenes de la tierra, en verdaderas vrgenes de la 
      tierra...
           -Eso de vrgenes ya comprenders que es una figura retrica, 
      -interrumpi uno de ellos. -Porque si vieras qu modelos? -Figrate, la 
      Adela, y esa otra muchacha que explot su color moreno diciendo que era 
      Carmen la de Fortuny... Cmo se llama?...
           -Remedios.
           -S, eso es, Remedios. Con que forma idea de las vrgenes! Vrgenes 
      de decencia, si acaso! puesto que de eso es de lo que podrn estar 
      vrgenes, a fuerza de no haberla tenido nunca. No se puede perder lo que 
      no se tiene.
           -Calla, mala lengua! -reprendi cariosamente Gamoda. -Seras capaz 
      de poner en solfa hasta la agona de tu madre, si te faltara carne humana 
      en que hincar el diente, reputaciones que hacer trizas.
           -No digo que no; pero hazme justicia, reconociendo que no falto a la 
      verdad en nada de lo que digo.
           -Bueno, s, reconociendo que eres un santo varn que te dedicas a 
      cortar tiras de pellejo al prjimo slo por amor a la verdad; no es eso?
           -S, eso es. Porque yo soy un filsofo de la escuela positivista...
           -Que tratas de secundar a Spencer discutiendo la virtud de los 
      modelos de Z. Cuando te digo que ests de vena esta tarde!
           -Est bien; hablemos de otra cosa.
           -De los astros, si es que no te atreves con ellos.
           -Segn y conforme, porque a veces se portan mal como si fueran 
      hombres. Y si no, ah est el sol, que tiene la cobarda de huir durante 
      el invierno, pero que en cambio toma por asalto nuestro desdichado 
      planeta, apenas Mayo ha dado permiso a las hormigas para que salgan de sus 
      cantones. Ya lo creo que se prestan a la crtica los astros!
           -No as t, que para ser intachable en todo, hasta lo eres en la 
      amistad. Una semana seguida, lo menos, sin parecer por mi estudio! Te 
      parece bien eso?
           -Chico, hay razones supremas que justifican mi conducta... -Estoy 
      enamorado.
           -T enamorado! Y de quin? Pobre mujer!La compadezco sin 
      conocerla!
           Ah! es una historia sabrosa que te referir con sus polos y seales, 
      paseando, -cuando nos separemos de estos amigos, -aadi bajando la voz y 
      al odo.
           -Pues ahora mismo. Quiero saber quin es esa maga que ha podido 
      encender cario en el hogar siempre apagado del crtico de artes ms 
      implacable de la Creacin.
           -Y no bien se hubieron despedido de los otros, paseando del brazo... 
      -Bah! una historia banal despus de todo, pero que le intrigaba por 
      ciertos detalles que la hacan curiosa. Una verdadera aventura de 
      desenlace imprevisto, porque estaba un poquito apuntado el drama. Se trata 
      de la mujer seguramente ms hermosa de Z. Aunque se la figurara como 
      quisiera, nunca llegara a formar idea de su belleza. Ahora l se 
      explicaba la causa de que anduvieran tantas mujeres feas desparramadas por 
      la creacin. Es que Eva -la llamaremos as por llamarla de algn modo- se 
      haba llevado para s sola toda la armona de que Dios pudo disponer por 
      entonces. -Slo tena un defecto: que estaba casada; mejor dicho, dos: que 
      adems de casada tena un amante a quien haba llegado a cobrar miedo... 
      -Pero no anticipemos los sucesos... T sabes que yo como los viernes en 
      casa de la de Huete, la mujer ms locamente espiritual del mundo. El 
      diablo harto de carne se meti a predicador, segn aseguran, y mi graciosa 
      anfitriona se ha metido a zurcidora de amores ms o menos legtimos, todo 
      por matar el tiempo como ella dice. El caso es que en su mesa se sientan 
      todos los comensales por parejas, y que yo careca de la ma. Se ofreci a 
      proporcionrmela. Yo acept con el reconocimiento que puedes suponer, que 
      supondr fcilmente cualquiera que est ntegro, que no carezca de nada en 
      el sentido puramente fsico: la bes en el cuello, que es el beso que 
      ahora se estila para expresar el reconocimiento, y aguard su iniciativa. 
      Su iniciativa fue un billete, cuyo texto, sin ser un monstruo de 
      retentiva, me s de memoria. -Venga Vd. Podemos cantar victoria, -y vol 
      presuroso al aristocrtico nido de mi protectora. All estaba con ella, 
      con Eva, como hemos convenido en llamarla. Me gui el ojo como dicindome 
      sta es, y fu presentado con la ms graciosa y la ms intencionada de 
      las presentaciones. -La seora de Tal... etc. -El Sr. Izquierdo, un 
      amateur que slo es artista para amar. -Ah, porque mi amada tiene la 
      monstruosidad de odiar el arte, quiz porque est hastiada de s misma! 
      Pretest mi amiga una ocupacin, que la pinta de cuerpo entero, y pidi 
      permiso para ausentarse slo por unos instantes, -el tiempo preciso para 
      dirigirle a mi jardinero la confeccin de un bouquet y drselo a este 
      caballero para que te lo entregue en su nombre... y algo en el mo 
      tambin, como prenda de bienvenida. -Yo no perd el tiempo para nada. 
      Toda la belleza de aquella mujer... de Eva, no es as? se me haba subido 
      a la cabeza, hacindome el efecto de un licor espirituoso, y obr como un 
      borracho, como lo que era, sin instinto de conservacin, y dispuesto a 
      ahogarla si se me resista. Haba conocido a aquella mujer, aunque muy a 
      la ligera, en casa de la de Huete, a donde iba muy de cuando en cuando: 
      Siempre me haba hecho el mismo efecto; juzga del que me hara la 
      presentacin! me abalanc sobre ella y la cubr de besos, desde los pelos 
      hasta los pies, con una especie de frenes salvaje que durara muy bien un 
      cuarto de hora. Ella resisti al principio, pero concluy por besarme con 
      tanta pasin como la que dejaban mis labios sobre sus mejillas y sobre sus 
      ojos, marcas, verdaderas seales de ansia de posesin... de meterla dentro 
      de mi cuerpo, si esto fuera posible, para que no saliera nunca... en 
      imponderables eternidades de tiempo...
           -Muy enamorado ests! -dijo Gamoda con la voz cambiada y el rostro 
      plido, porque se acordaba, oyendo aquella descripcin, que pareca un 
      delirio, de sus amores ay! quizs idos, seguramente amagados de muerte...
           Pero oye... oh, hasta aqu no vale nada! Oye el final de la 
      aventura...
           Y acumulaba con el placer de un avaro que consigue formar montones de 
      dinero, detalles, testimonios, citas, descripciones, con la brbara 
      inspiracin de un loco, infatigable, como si una vez tomado el impulso no 
      pudiera callarse ya, aquel poderoso Leviatn de la maledicencia mundana.
           Tuvo Gamoda que aguantar toda la historia...
           -...Aquel da, el da de la presentacin, no pasaron de ah, de 
      besarse; pero al siguiente -qu escena, chico!- nos desquitamos por 
      completo. Valiente mujer esa Eva! Es la Venus Afrodita, pero con ms 
      pecho y ms naturaleza que la deidad pagana. Se inspira con el placer como 
      una artista con su trabajo, y produce maravillas, verdaderas obras 
      maestras de voluptuosidad. Ayer, por ejemplo... Pero bah! a qu conduce 
      que te lo cuente? -Vamos a la parte novelesca de mi aventura, que si te ha 
      de hacer antiptica a Eva, te la ha de hacer curiosa al mismo tiempo, o si 
      quieres, interesantemente antiptica, -esa es la palabra... -Me haba 
      prohibido que le hablara de nuestros artistas, de nuestros pintores sobre 
      todo... Yo estaba, como puedes suponer, ferozmente intrigado; por qu 
      ser esa mana? por qu no ser? -Y ya por fin ayer me determin a 
      interrogarla. Pero... -por poco se me escapa el nombre!- Pero chica, 
      es que t confundes a los pintores con el bu, con los hulanos, como se 
      les dice a los bebs en Francia para inspirarles miedo?
           -No, es que los conozco...; que los conozco hasta cierto punto, 
      -rectific,- y s que son gente intratable que creen en el amor... y en el 
      odio... y en toda la vida, estpidamente, como la describen los poetas, de 
      un modo falso: encuentran por la calle cualquier modistilla lo 
      suficientemente cndida para que crean en su palabra, y as sigue la 
      serie, desde Eva hasta nuestros das... siempre mintiendo.
           -Bien -le respond yo; -pero eso no lo hacen slo los pintores; es 
      defecto casi caracterstico de los poetas.
           -Es que yo he conocido un pintor -y un pintor de genio, -repuso 
      ella,- que vale por todos los poetas juntos, desde Homero hasta Hugo, en 
      eso de fantasas a propsito del amor y de la vida. -Figrate, -aadi- 
      que tena la pretensin sencillsima de que continuara amndolo -porque ha 
      sido mi amante- toda la vida, hasta despus de muerta, y ms all, ms 
      all todava...
           -Dime su nombre...; dmelo, que ya casi lo adivino. -Pero ella se 
      obstin tanto y tan bien en negrmelo, que a estas horas todava ando 
      mareado con la preocupacin de quin podr ser ese pintor de genio que 
      tanto horror le inspira a mi bien amada.
           -Ese pintor soy yo, -dijo Gamoda horriblemente plido- y tu amada... 
      tu bien amada! -perdn, le quitaba un grado- es la condesa del Zarzal.
           Y como los incidentes embriagadores del dilogo, los haban llevado 
      sin que ellos parecieran notarlo a parajes enteramente desiertos, Gamoda 
      se sinti movido, inducido a la bestialidad por lo solitario y lo agreste 
      del sitio, por la propia intensidad de sus pasiones, agigantadas ahora por 
      tristsimos presentimientos. Digo pues, que desapareci all el hombre 
      quedando la bestia. Y sacudiendo violentamente a su amigo por el brazo con 
      el aspecto espantoso de un hombre honrado que est decidido a todo, hasta 
      a ser asesino. -Vas a decirme, porque yo te lo exijo, que esa mujer, tu 
      querida, es la condesa del Zarzal. No me lo niegues por el alma de tu 
      padre. Quiero orlo de tus labios.
           -Pues bien, s, ya que te empeas. Es ella. Pero a qu vienen esas 
      exageraciones, esas violencias?
           -Vienen, -solloz, ms bien que dijo, el msero- vienen a que me 
      siento herido, herido de muerte. Esa mujer acaba de herirme desde su hotel 
      con una faca, que es el arma degradante que por lo visto maneja. Aguardaba 
      el golpe, pero no lo crea tan prximo. No ha podido dominar sus 
      instintos de carnicera...! -y despus de una pausa que su amigo tuvo buen 
      cuidado de no profanar con su palabra- ...villana, cobarde, despiadada! 
      Sabiendo que viva merced a ella y slo por ella, condenarme a muerte 
      as, en fro, sin delito de mi parte, sin odio de la suya! -Trat de andar 
      y no pudo tan herido estaba!- y fijando en su acompaante una mirada que 
      era todo asombro- creo que el que te habla es un moribundo. Oye...
           Los inexplicables contrasentidos de la vida! -Aquel crtico de artes 
      maldiciente y corrompido, que un cuarto de hora antes prometa burlarse de 
      la agona de su madre, era corazn desde los pies a la cabeza.
           -No volver a verla, te lo juro. Esa mujer es una indecente...
           -No, no la llames as, que la amo tanto, tanto... -Oh, debe ser cosa 
      de morirse de risa escucharme! pero no puedo remediarlo; llevo metido algo 
      que es esencial a la vida de esa mujer, en la masa de la sangre, y parece 
      como si me abofetearan el or hablar mal de ella...; dame el brazo, que en 
      l apoye mi miseria. Ves? no puedo andar. Parece que han descargado una 
      maza sobre mi cabeza...
           Llegaron as, penosamente conducido el uno por el otro hasta la 
      primer parada de coches que les haban indicado.
           -Me has prometido no verla, no volver a casa de esa infame; quiero 
      que esa sea la ltima palabra tuya que llegue a mi alma.
           -Pero, qu es lo que piensas hacer?Te has vuelto loco? Vale ella, 
      por ventura, un solo sacrificio tuyo?
           -Pienso salir de Z esta misma noche, venderlo todo, todo lo que 
      poseo, y huir de este pas, saudo conmigo hasta en el amor, sin volver 
      siquiera la vista atrs para despedirme de sus ltimos paisajes, de las 
      ltimas perspectivas con que ofenda a mis ojos... Ay mi corazn!
           -Y ya en el portal de la casa donde viva el infortunado: -Esta noche 
      recibirs una carta ma, conteniendo despedidas y disposiciones. Ahora, 
      adis; jrame no volver a verla aunque ella te llame...
           Slo despus de hacrselo repetir hasta tres veces, como un idiota 
      que no entendiera el lenguaje humano, pudo erguirse algo ante tanto 
      desplome, el alma hermosa de aquel infortunado.



      - XII -
           Conducen a aquel pueblo de los alrededores de Z hasta tres 
      carreteras, todas ellas igualmente sucias y descuidadas. En invierno los 
      baches del camino hacen ms peligrosa la Odisea de un viaje por aquellas 
      inmensidades de fango que una expedicin por el Atlntico en poca de 
      equinoccios, y en verano es tan espesa la capa de finsimo polvo 
      amarillento, polvo de greda, que el caminante huella con su pie y mide 
      aterrorizado con la vista, que a veces dirase que aquel polvo tiene 
      sentimientos de odio, segn el cuidado que pone en sepultar hasta las 
      corvas a todo el que se aventura a recorrerlo.
           La carretera que une a Z con el pueblo de que hablo, tiene 
      prximamente una extensin de cuatro kilmetros: cuatro kilmetros en 
      lnea recta que es un horror para el caminante. El camino es rido, 
      srdido y fnebre como las fantasas dantescas del Infierno ilustradas por 
      el lpiz sombro de Dor. Ni un rbol, ni una fuente, ni una mata, ni una 
      flor, ni un recodo donde poder sentarse y soar con ideales de ventura en 
      aquel desierto de greda; nada, slo polvo. Se siente all positivamente un 
      gran desaliento de la Naturaleza creadora. Se ve fatiga, aburrimiento en 
      la causa gensica del Cosmos. Aquello est hecho por un aprendiz de 
      Creador y no por un maestro. Es aquel camino por misrrimo y por triste un 
      bostezo y una lgrima, todo a un tiempo. No quiero decir que un argumento 
      contra el cielo.
           Sin embargo, como es una necesidad fsica de los pobres organismos 
      humanos que slo descansan cuatro das al mes, buscar expansin para sus 
      miserias y aliento para sus pulmones, en horizontes ms abiertos que los 
      de las cuatro paredes del taller en que se les usa la vida, los domingos, 
      y en general todos los das festivos, aquellos alrededores de Z estn muy 
      concurridos por tribus obreras, por verdaderas tribus, que van all a 
      devorar callos y a embrutecerse con vino tinto, en caravanas que son 
      verdaderas procesiones de miseria, idiotas cuando van y locas cuando 
      vuelven, enfurecidas por el vino tinto.
           Aquel da la concurrencia era ms extraordinaria que de costumbre: 
      era el da de Noche-Buena, y haba de consiguiente vapores de vino 
      disueltos por la atmsfera... Noche-Buena! Ay, noche mala, peor que 
      todas, aunque parezca absurda la pretensin de alargar lo infinito hasta 
      hacerlo imposible, para los que tiritan bajo el sol de Espaa en el mes de 
      Agosto, sin ilusiones y sin afectos, heridos por el destino, mordidos por 
      la sociedad, desheredados y deshechos, buscando en las mujeres y en las 
      flores, en todo lo que significa armona, un pretexto que los retenga a la 
      tierra, faltos de punto de apoyo, y sintiendo bajo sus pies cmo se 
      manifiesta el suelo en grietas, para entorpecer su trgica jornada por la 
      vida...
           Yo no s que pensarn de la Noche-Buena los que no tienen afectos que 
      llevar al pecho ni pan que llevar a la boca. La desesperacin tiene sus 
      cantores que han hablado por ella hasta hacrnosla trasparente; pero la 
      miseria no sabemos cmo se expresa... -Proudhon, que pudo haber dicho algo 
      en nombre de ella, pensaba demasiado en los nmeros para dar verdadera 
      importancia a los sentimientos. Yo sostengo que la Noche-Buena no es la 
      fiesta de la familia; es la fiesta del egosmo.
           Noche-Buena! -esta frase pringosa de sarcasmo, la invent un judo 
      que no qued satisfecho del cetro de caas y la corona de espinas, con que 
      insultaron a Cristo los conservadores de su poca, y quiso aadirle un 
      Inri al que le pusieron sobre la cruz, marcando con Inris los extremos de 
      su vida... Llamaron rey de los judos al sin ventura, y buena a la noche, 
      en que por falta de lecho, fue expuesto a la curiosidad de la gente como 
      una bestia extraa, en un pesebre no sabemos si lleno de paja o de 
      resplandores...
           Qu queris? Odio ese da de Noche-Buena como si fuera el 
      aniversario de mi nacimiento, con todas las energas de mi alma. -Y es 
      quiz porque tengo de Noche-Buena recuerdos muy tristes... -Un muchachito 
      como de seis aos, parido de mala gana y recibido en la sociedad de mala 
      manera, acurrucado el miserable, con la espina dorsal ms bien tronchada 
      que doblada, en un ngulo cualquiera de la primer calle donde le acometi 
      el sueo, especie de harapo humano desgarrado de cualquier infamia y 
      lanzado a la calle para perpetuar el crimen, y un joven como de diez y 
      ocho aos, plido con todas las palideces del sufrimiento, contemplando 
      con los ojos desmesuradamente abiertos, a la turba de imbciles que 
      desfilaba ante l, sonando panderas y latas de petrleo, eructando 
      expresiones humanas, bebiendo vino en el arroyo, y negando a la humanidad 
      con su barbarie...
                                             Esta noche es Noche-Buena,
            Esta noche es Navidad;
            Dame la bota Mara
            Que me voy a emborrachar.

           No se diga que eso es un da de tregua al sufrimiento! -Eso es un 
      da de tregua o una civilizacin con la que cuesta trabajo transigir. Eso 
      es una canallada.
           Con la terquedad que asaltan a la inteligencia las ideas dolorosas, 
      vienen siempre a mi memoria por esa poca el recuerdo de una Noche-Buena 
      que pas con ella...
           Yo estaba entonces convaleciente de un desengao, y el instinto me 
      avisaba que para continuar viviendo necesitaba alejarme a alguna distancia 
      de la vida, ser un ausente de la sociedad... -La soledad propinada con 
      discrecin sabe realizar ms curas que todas las pldoras del doctor 
      Garrido. A m siempre me ha probado bien. nicamente el trato con los 
      hombres es lo que me ha hecho enfermar.
           Ella vino a verme, a sacarme de mi escondrijo: -A dnde vamos? -le 
      pregunt... -A hacer de la Noche-Buena un da de fiesta en la historia de 
      nuestros amores...
           -Vamos, mujer -le dije. -T eres roosa amando. Si me amas como yo a 
      ti, todos los das, todos los instantes de nuestra vida, se han de 
      manifestar con esplndidas festividades de delirio. T no amas ms que 
      los domingos? -Pues mira, el amor es inmenso, el amor es lujo y 
      despilfarro... -Soy capaz de besarte el da de difuntos delante de la 
      tumba de Paco, como t lo llamas, con ms xtasis que nunca...
           Qu Noche-Buena aquella de mis amores! -Sal de su casa 
      tambalendome como un ebrio, y al da siguiente, no la salud como 
      siempre, con un beso, sino cerrando los puos, como apercibindome a la 
      lucha con el monstruo de la Escritura, lbrico y feroz...
           Que no se diga de Noche-Buena que es la fiesta de la familia... -La 
      fiesta de la familia es silenciosa, como el suspiro de la madre o el beso 
      de la hermana; es tranquila, plcida, afectuosa: prefiere el color blanco 
      al rojizo de los hachones que chorrean aceite en manos del energmeno que 
      as entiende la diversin y sobre todo! la fiesta de la familia no huele 
      a vino ni se levanta las enaguas.
           Ah, si el Cielo tuviera inteligencia, deslumbrara de gala, cuando 
      la madre, en esas intimidades sagradas del hogar, cierra la fiesta 
      domstica dando un beso en la frente a su hijo, y ahuyentara con rayos y 
      pedriscos, esas procesiones de borrachos y rameras que obligan a la moral 
      a cubrirse indignada, y calientan el aire con un baho de humanidad 
      alimentada con ajos, insoportable para los que no somos capaces de beber 
      tanto vino tinto como ella.
           Tambin haba fiesta en aquel horrible edificio que era el espanto de 
      los estpidos moradores del pueblo; en el manicomio llamado de los 
ngeles.
           Una amplia y vetusta portada, de maderamen rodo por el tiempo, daba 
      acceso al casern de los locos, tan destartalado y rado, que ms bien que 
      una casa de curacin, aquello pareca una ruina que os saliera al paso 
      para recordaros qu bien organizada est la miseria en estas chocantes 
      sociedades humanas.
           El horrible erial con pretensiones de parque, que se extenda hondo y 
      ancho, ante el edificio, pareca por lo fnebre y lo antiptico, una 
      amenazadora advertencia para que no entrarais en l; y los desconchados de 
      las paredes, y las manchas verdi-negras y verdi-amarillas de los muros, 
      las supuraciones purulentas de una asquerosa enfermedad crnica, que os 
      haca pensar con espanto en una inaudita transmisin, en un contagio 
      nauseabundo.
           De aquel establecimiento era director y administrador, y todo, hasta 
      verdugo, hasta ministro de Gracia y Justicia, un antiguo barbero algo 
      prctico en la extraccin de muelas, y aun en esos oficios rudimentarios 
      que se designan con el nombre genrico de ciruga menor, lo cual le vala 
      tratamiento de doctor, de seor fsico. -Aquel da, para conmemorar la 
      solemnidad religiosa del 24 de Diciembre -porque l era catlico 
      apostlico romano a marcha martillo -haba dispuesto permitir a los locos, 
      sus muy amados sbditos, un da completo de asueto;... -y all estaban 
      vagando sombros o entusiasmados por el erial o el parque, como se le 
      quiera llamar, aquellos trgicos parias de la inteligencia, inconscientes 
      de su estado muchos de ellos, la gran mayora de ellos, y dispuestos 
      siempre a referiros una tremebunda historia de familia de esas que forman 
      el argumento de los folletines que publican los peridicos de gran 
      circulacin en Espaa, para justificaros su encierro y poderos pedir un 
      puado de cigarros y alguna moneda, de esas que seguramente llevaris de 
      ms en el bolsillo del chaleco, para los pobres presos, a los que se 
      quiere hacer pasar por locos...
           Algunos, los que eran sencillamente monomanacos, y haban conservado 
      la memoria en el triste naufragio de su espritu, celebraban la 
      Noche-Buena con alegres cantares capaces de hacer llorar, por salir de 
      semejantes bocas, a cualquiera que no fueran los guardianes de aquella 
      casa, endurecidos por la profesin y aun algo alienados por el contagio. 
      Otros, mordidos por la misantropa o envenenados por frecuentes derrames 
      biliosos, paseaban compungidos y gravos, con las manos a la espalda y la 
      cabeza inclinada sobre el pecho, como si estuvieran abstrados por 
      hondsimas preocupaciones de pensamiento, de un extremo a otro del parque 
      -jardn le llamaban all- sin dignarse posar sobre vosotros su indiferente 
      mirada, cargada de desprecio hacia cuanto constitua el horizonte sensible 
      de aquel extrao mundo externo: otros, y no eran stos los menos, sentados 
      en bancos de piedra, con las piernas cruzadas una sobre otra, hacan 
      extraas manipulaciones con las manos, la mirada errante, perdida, la cara 
      desfigurada por las contorsiones del delirio, ms extranjeros en la vida 
      la humana que un habitante de Jpiter o Saturno que cayera de pronto sobre 
      la tierra. Haba muchos que no cesaban de rer, a propsito de todo y a 
      causa de todo, del azul del cielo, de las nubes que lo cruzan en todas 
      direcciones, del andar precipitado o lento de sus compaeros de miseria, 
      del insecto que vuela, del que se est quieto, -con verdaderamente accesos 
      de risas desgarradoras.
           La inmensa debilidad humana se presentaba all en cueros, en carne 
      viva y de tamao natural. Un manicomio es una sntesis. La ambicin, el 
      egosmo, la fiebre de dominio, la borrachez, la injuria, la gula... -En 
      carne viva, una sociedad sin encogimientos, de tamao natural.
           La mana de los descubrimientos y la de las riquezas eran las que ms 
      gasto de fsforo hacan en aquellos cerebros atrofiados o hipertrofiados. 
      Uno se vanagloriaba all de haber abatido en la ruina a la casa 
      Rostchild...; y esta afirmacin era sencillamente una anttesis admirable, 
      porque quien tal cosa aseguraba era un pobre cuerpecillo mal cubierto de 
      andrajos, que temblaba angustiosamente de fro y de miseria bajo aquel 
      cielo gris-perla del mes de Diciembre. Otro -un caso de locura por 
      raquitis- reparta imperios conquistados con su lanza -un pedazo de caa- 
      a un numeroso auditorio invisible. Y como nunca haba sabido geografa, 
      todo se le volva repetir tres o cuatro nombres, pero hasta la saciedad, 
      queriendo expresar con eso, que esos tres o cuatro nombres eran todo el 
      mundo, todo el mundo de que haba odo hablar alguna vez en su vida. 
      -Para ti el moro, y para ti la Espaa, y para ti la Francia, y para ti la 
      gran Turqua y para ti la Inglaterra. -Y volva a empezar de nuevo sin 
      fatigarse nunca: -para ti el moro..., etc.
           Ms all, otro -una hermosa cabeza si no fuera por los belfos labios, 
      hinchados hasta dar apariencia de hocico a la boca, y la mirada asombrada 
      de un pez sacado de su elemento -aduca argumentaciones, sublimes a fuerza 
      de absurdas, para convencer a un loco que no lo escuchaba, de que el da 
      en que las Cortes aprobaran el proyecto que les haba sometido, el 
      problema de las traslaciones rpidas de un extremo a otro del planeta 
      estaba resuelto, porque bastaba con abrir hoquetes a la tierra por todas 
      partes y dejarse suspender por ellos, hasta caer en el punto que 
      conviniera al viajero.
           Pero la figura ms extraordinaria de aquel Congreso de gente 
      extraordinaria, era la de una joven, vestida de blanco como la simptica 
      donna del vate florentino, que alejada de todo, de todo aquel mundo, 
      recostada contra el ngulo ms sombro del parque, y, como Ophelia, 
      deshojando flores, simulaba la estatua de la Melancola cuando llega a ese 
      punto en que amenaza convertirse en desesperacin y en catstrofe.
           A un visitador del edificio que herido por aquella aparicin tan 
      llena de calma y de poesa, pregunt por el nombre que llevaba en vida la 
      loca... -daba lstima llamarla as; la desgraciada, aquella desgraciada, 
      -le respondieron:
           -Luisa Galindo, marquesa de Puerto-Arcas.



      - XIII -
           La naturaleza humana, a medida que es ms fina, ms perfecta, tiene 
      mayor miedo a la muerte. Un hroe no es otra cosa que un convulsionario o 
      un loco. Los ejrcitos, las grandes masas de combatientes, que saben que 
      avanzando van a morir, y corren hacia adelante sin volver la vista atrs, 
      siquiera para despedirse de la vida, estn formados de patanes. Csar en 
      el Senado se tap la cara con el manto a presencia de los puales 
      conjurados contra su vida, y Napolen slo fue hroe en Arcola: debi 
      morir en Waterloo o suicidarse en su jaula de Santa Elena. Hroes los 
      trgicos desesperados de la historia, Lenidas, Espartaco, Viriato, 
      Churruca, Nelson, Garibaldi. Y sobre todo, hroes los grandes temerarios 
      de la inteligencia, las intrpidas avanzadas del progreso humano; esos, 
      Scrates, Cristo, Savonarola, Juan Huss, Jernimo de Praga, Giordano 
      Bruno, Toms Moro, Galileo, Bernardo de Palissy, Dionisio Papin, Proudhon, 
      los generosos atletas del 93, sin exceptuar a uno solo, esos, esos son los 
      hroes, los verdaderos hroes; y casi al mismo nivel de ellos, y no por 
      encima de ellos, porque teniendo slo la aureola de lo til, les falta la 
      de lo sublime, que nicamente puede darla el martirio, los enormes 
      combatientes de la paz, Torricelli, Newton, Keplero, Laplace, James Wat, 
      Stephenson, los hermanos Montgolfier, Claudio Bernard, Bell, Edison, 
      Lesseps. -Que no se hable de otros hroes que esos. Los dems slo son, 
      exceptuando una docena de nombres, carniceros equivocados de vocacin. 
      Locos cuando se baten, y casi idiotas cuando estn parados.
           Eudoro Gamoda, que era inteligente, no poda, pues, tener ese 
      herosmo activo de los temperamentos groseros. Se haba batido en el 
      Saln, y lo mismo habra hecho hasta ensangrentarse y sucumbir en la 
      demanda, desde una barricada en defensa de una idea generosa, de una 
      utopa de civilizacin. Ahora no le quedaba otra cosa que resistir. 
      Resistir a su pena, a sus dolores, que l tema que pudiera convertirse en 
      locura: resistir a costa de todo, aunque fuera preciso para eso saltarse 
      los ojos y arrancarse las uas; no volver a verla, y si lo llamaba, 
      responderla con una sola frase, con una sola: Seora, yo tengo 
      vergenza...
           Pero no poda salir de Z, negar en absoluto a su corazn la cobarde 
      esperanza de que pudiera alguna vez, al cruzar una calle o al detenerse en 
      cualquier sitio a donde lo arrojara su fatalidad del da, verla, verla 
      aunque no fuera ms que un instante, un instante slo, que lo dejara 
      efecto de deslumbramiento en el alma, como el que produce en los ojos 
      habituados a la oscuridad, el desbordamiento de luz de una ventana abierta 
      repentinamente, por sorpresa, para que el asalto a las tinieblas sea ms 
      violento y la victoria ms pronta, ms repentina.
           Ah! l huira entonces de ella como un loco, atropellando a la gente 
      con la violencia brutal de una bestia perseguida, tropezando con todos y 
      expuesto a saltarse el crneo contra las resistencias que le salieran al 
      paso; pero llevara en la retina la imagen de la bien-amada, y en el cielo 
      y en la tierra, por todas partes, podra contemplar, sin tener que cerrar 
      los ojos, la irritante silueta del ser magnfico y casi odiado que lo 
      condenaba a aquella espantosa miseria del sentimiento, a aquella ruina, 
      cada vez ms implacable y ms tirana...
           No poda dejar de verla. Y como las pasiones, cuando llegan a este 
      grado de exaltacin, no arden con otro combustible que con la locura, y 
      son insaciables, y piden ms, ms locura, a medida que consumen mayor 
      cantidad de ella, Eudoro Gamoda, a partir de las revelaciones que le hizo 
      su amigo, no realiz un solo acto, uno slo, que no fuera el de un 
      perfecto alienado. Pasaba el da, horas enteras del da, contemplando un 
      cuadro que representaba a la condesa del Zarzal medio desnuda, tendida, 
      dejada caer, mejor dicho, en un vistossimo tapiz de Tehern, la cabeza 
      coronada de pmpanos; y cuando ms que su alma, su vista, se fatigaban de 
      ese largo ejercicio de atencin, lanzbase a la calle, eligiendo 
      exprofesamente los paseos en que tuviera ms probabilidades de 
      encontrarla, y all se daba al loco placer de andar sin mirar a nadie, 
      buscando su pista como un sabueso, extrao a todo lo que no fuera ella, y 
      decidido a abrir con las uas un boquete en la tierra si Ella por 
      casualidad lo miraba... reparaba en l... Qu vergenza entonces, Dios 
      mo! Peor que un mendigo, peor que un canalla, ms bajo que todos los 
      hombres ms abyectos, ms bajo que muchos animales que tienen su dignidad 
      al fin y al cabo, ms bajo que un gato, semejante a un perro abandonado, 
      que alla por las noches delante de la casa donde vivi, de donde fue 
      expulsado, para que le abran la puerta...! -Eh, no, eso nunca!... hay 
      muchos gneros de muerte, para que se elija la peor de todas: morirse de 
      vergenza...!
           Pero no bien llegaba la noche, ya estaba Gamoda haciendo guardia a la 
      entrada del hotel donde viva su desdeosa Fornarina, una hora, dos, tres, 
      de minutos tan largos que parecan siglos, acurrucado en el portal de la 
      casa de enfrente, tiritando, calado por el roco y por la lluvia, 
      esperando y desesperado. -Y cuando a la maana, ya completamente de da, 
      volva la condesa de sus placeres de la noche, generalmente acompaada de 
      su gentil-hombre del momento, alegre, bulliciosa, desordenada, aumentando 
      la natural malicia de su palabra con hermosas carcajadas de soprano llenas 
      de lirismo, y tan sonoras, que se oan al otro extremo de la calle, aquel 
      msero que la aguardaba para mirarla, slo para eso, aunque eso le costara 
      la vida, hua violentamente de su escondite, con los puos tendidos hacia 
      adelante, en contra de todas las leyes de equilibrio, la cabeza baja para 
      ocultarla y ofrecer as tambin nueva resistencia al aire en la carrera, 
      tan rauda y tan furiosa, que haca pensar al transente si aquel loco que 
      corra en aquella forma, expuesto a reventar, a que le saltara las 
      arterias del cuello, habra cometido un crimen en aquel momento, y senta 
      tentaciones de gritar, corriendo detrs del fugitivo hasta que se le 
      incorporaran otros transentes y llegaran a constituir jaura, a ese, a 
      ese!
           As lleg a las dos miserias, a la moral y a la material: haba 
      perdido el hbito del trabajo y se hizo holgazn. Haba perdido el hbito 
      del pensamiento y se hizo idiota. Un miserable ms. Haba venido a ser 
      eso. Un miserable ms. Y sin remisin posible, sin Cristo que lo 
      redimiera. Marcado con el sello que degrada para siempre porque no se 
      borra nunca.
           Era preciso morir.
           Fue a su casa, de la que estaba expulsado, porque ya haca cuatro 
      meses que no la pagaba, y escribi dos cartas: una, la primera, para su 
      verdugo; la otra para Luis, su ntimo amigo, el causante involuntario de 
      aquella catstrofe. La dirigida a la condesa deca as:
           Seora: Muero sin dignidad porque muero saludndoos, como los 
      esclavos del Circo a los Csares vencedores... morituri te salutat! -Os 
      amo como siempre y ms que nunca, porque en estos momentos os amo por 
      todos los aos de vida que voy a cortar de raz, matndome, y por todo el 
      tiempo que hace que os conozco. Estis tan hecha a oros llamar diosa, que 
      no daris importancia a que uno de vuestros creyentes se sacrifique ante 
      el ara, y os haga la protesta de su devocin con sangre de sus venas. 
      Necesitis sangre, seora, ya lo s, porque lo he presentido hace tiempo. 
      Sois una diosa sin entraas, enamorada de ese color rojo que gustis de 
      ver en todas partes, menos en las mejillas por si acaso significa 
      vergenza. Yo teir de rojo con mi sangre, puesto que eso os gusta, 
      vuestro pedestal; y aun salpicar con ella vuestra cara, para que recibis 
      de la vctima, en el momento en que deja la vida, alguna impresin 
      caliente. Aguardadme pues... o no me aguardis. Yo sabr espiaros porque 
      mi suicidio es una ofrenda que debe quedar depositada ante el ara y slo 
      all. En medio del arroyo mi cadver sera el de un borracho. A vuestros 
      pies, quizs sera sublime.
           Hasta luego, un beso, dos, tres, donde a ti te gustan. -EUDORO.
           La que dirigi a su amigo, no era como la anterior, la carta de un 
      loco. Era una carta en que si haba sollozos -cmo no? -haba tambin 
      palpitando y presentando su derecho a la vida, grandes sntesis de 
      realidad, melanclicas esperiencias de la vida.
           Esto es hecho, mi querido amigo; voy a morir. Tan familiarizado 
      estoy con esta idea, que ni me emociona ni me acobarda. La aspiro en el 
      aire que me rodea, y estoy lleno de ella por completo. Creo que circula 
      con mi sangre. A veces me figuro -tanto me domina- que se ha convertido en 
      masa enceflica, y que me llena el crneo. Nos conocemos ella y yo, esa 
      idea y yo, de muy antiguo, y hemos concluido por ser excelentes amigos. La 
      doy los buenos das por las maanas, y por las noches la deseo el reposo.
           Es, pues, sin sentimiento que dejo la vida. Me ha tratado siempre 
      mal, se ha portado siempre mal conmigo. No puedo amarla.
           Pero qu quieres...? -Esa mujer... siempre ella! -Ay! maldito el 
      da en que la conoc! -Vivira tranquilo entre mis cuadros y mis amigos, 
      mientras que ahora...!
           Huye de ella, no por m, respetando mi memoria, sino por ti, por un 
      instinto de conservacin que te aconsejo. Esa mujer es un monstruo que se 
      nutre de felicidades ajenas. Debe temblar el hombre a quien se le 
      aproxime. Es una maldicin que se acerca.
           En cuanto a m, puedo asegurrtelo, te lo juro, y ya sabes que el 
      que te habla, es un moribundo, he concluido por odiarla. Mi suicidio no es 
      solamente la protesta contra la vida. Es una venganza... vers! enorme; 
      porque aqu nada puedo ser mezquino. -Ni la maldad de ella, ni el dolor 
      que me ha estado enloqueciendo hasta ahora que me siento sereno...
           La llamaste Eva, el da en que recib el golpe por la espalda... 
      Ay, era Dios quien la confirmaba por tu boca, mudndole el nombre! 
      Potica como la expulsada del Paraso, y como ella infame...! Simiente de 
      perdicin...
           Todo cuanto tena lo he vendido para comer estos cuatro meses. No me 
      resta nada. Algunos apuntes quo te lego, y el resto de mi alma, maltratada 
      y sangrienta, que va con estas lneas a darte un ntimo y prolongado 
      abrazo, el ltimo...
           Lanzse a la calle, y a la media noche, ya estaba, sombro y 
      miserable, temblando de vergenza y de fro, acurrucado en uno de los 
      portales inmediatos al hotel de la condesa del Zarzal, aquel infortunado 
      que haba sido un hombre, convertido ahora en harapo, en desperdicio, en 
      detritus, por el amor, esa cosa magnfica, como dicen los poetas.



      - XIV -
           Pas una hora... dos... tres... y la condesa sin volver! -Debera 
      estar bien, donde quiera que estuviera. As se daba tan poca prisa en 
      volver adonde la aguardaban.
           El espritu de Gamoda, amodorrado y todo como estaba, sufri todas 
      las crisis de la noche, como si se hubiera fundido con ella. Al principio, 
      en las primeras horas, estaba sombro, sombro como siempre, pero con algo 
      de animacin en el pensamiento, con alguna marejada de pasiones en el 
      crneo. -Suban y bajaban, y aunque no dejaran en su espritu otra 
      impresin que el ruido, un ruido de olas batiendo una costa, ese ruido era 
      por entonces su compaero, y se acomodaba a l, y no encontraba su soledad 
      tan miserable como otras veces en que le sonaba la cabeza a hueco de un 
      modo desconsolador, especie de petrificacin humana. -Luego, cuando a la 
      noche sucedi la madrugada y advirti por la mayor soledad de la calle, y 
      el ms precipitado andar de los que la cruzaban ansiosos de llegar a sus 
      casas, que era tarde, que se haba echado la hora encima, y el canto de 
      las trtolas prisioneras en sus jaulas, y el silbido de los mirlos, y el 
      especie de alerta! que dan los gallos, qui-qui-ri-qu! -sin progreso, 
      siempre lo mismo- le avisaban que la hora era llegada, que en Z dorma 
      todo el mundo a esas horas, menos los ladrones, los calaveras de profesin 
      y los aristcratas, Gamoda se incorporaba en su lecho de piedras, y 
      aguardaba; y, por fin, cuando los primeros tmidos arreboles del da 
      coloreaban fantsticamente de un blanco amarillento los edificios, y los 
      barrenderos, y los vendedores ambulantes de caf llenaban de ruidos de 
      humanidad la calle, Gamoda renaci a nueva vida: se acercaba el instante; 
      estaba a dos pasos de un grave acontecimiento. Iba a decidirse el ms 
      grande conflicto de su vida.
           Entonces, animado de una resolucin salvaje, comenz a pasear por la 
      acera del hotel en que viva la condesa: alguna vez habra de llegar y 
      entonces...!
           Su resolucin estaba tomada: iba a matarla y a matarse 
      inmediatamente. Nada de transigir. Aquella belleza lo convidaba a los 
      romnticos desposorios de la muerte. Era un vengador y un amante. Sabra 
      sin cerrar los ojos, acertarla al sitio donde debiera tener el corazn y 
      llegar con la punta del cuchillo a la entrada vitanda... Despus...; no 
      estaba decidido a morir?
           Muy cerca de las ocho de la maana seran, cuando vio acercarse el 
      coche -se lo saba de memoria!- Entonces pens con terror, que no podra 
      matarla, porque el coche entraba en el parque precedido del aviso del 
      lacayo que tocaba el timbre, y no dejaba a la condesa sino en la graciosa 
      escalinata de mrmol que conduca al interior del edificio. l no podra 
      llegar hasta all...; Con qu motivo? -Seguramente se lo impediran, a 
      aquella hora y con aquella facha...
           La condesa haba nacido por segunda vez aquel da!
           Esper sin embargo, porque el coche llegaba vaco poda una 
      casualidad cualquiera...; l crea en la casualidad como todos los 
      desgraciados.
           A medida que avanzaba el da, su calma iba siendo ms completa; se 
      daba razn al de cuanto le rodeaba, vea los objetos y perciba los 
      sonidos. Haba vuelto a ser consciente de la realidad.
           Un grupo melanclico de dos ciegos, el uno conduciendo al otro, le 
      arranc dolorosa sonrisa de compasin. Una especie de tribu de 
      montenegrinos, que viva a costa de un oso domesticado, estpido y pesado 
      como todos esos animales, le hizo aumentar el crculo de mozos de cuerda y 
      criadas de servir que lo rodeaban admirndolo con la boca abierta. Un 
      horrible sacamuelas o cosa semejante, que gritaba palabras, con la 
      espantosa fecundidad de lo deforme, desde lo alto de una mesa, colorada en 
      medio de la acera, tambin atrajo la atencin del msero. -Seoras y 
      caballeros: Vean ustedes el ms grande descubrimiento que se ha 
      descubierto en la India de los ingleses. Sirve para matar las chinches y 
      las pulgas y para calmar los dolores de muelas sin dolor... -y as 
      sucesivamente en una diarrea de oratoria inacabable, que pareca sublime a 
      muchos de los infelices que formaban su auditorio.
           Pero la impresin ms honda que conmovi a su espritu en el flujo y 
      reflujo nunca interrumpido de sus sensaciones, fue la que le produjo una 
      especie de ser humano completamente borracho, rado y puerco hasta la 
      inmundicia, vestido con el ms fantstico de todos los disfraces que la 
      miseria apaa, los pies reliados en cuantos trapos pudo encontrar, atados 
      con bramante como las patas de una bestia herida, que zangoteaba la acera 
      de un extremo a otro, perseguido por un enjambre de chiquillos, casi tan 
      miserables como l en lo que respecta al tocado, pero ms miserables por 
      dentro, -raquticos de generosidades y nobleza, pequeos monstruos a los 
      que no faltaba ms que fuerza, para resultar terribles.
           El borracho trataba de huir, enfurecido por aquella persecucin, por 
      aquellas injurias. Pero sus piernas se resistan. Entonces bramaba y 
      volvindose hacia sus implacables perseguidores, los amenazaba con el puo 
      cerrado. Un puo que daba horror por las costras de roa que lo 
      ennegrecan: una verdadera pata de bestia salvaje. -Eso le vala algo ms 
      que persecuciones e injurias. Le vala pedradas, golpes dados a traicin 
      por la espalda. Comenzaba a correrle la sangre por la cara; entonces 
      Gamoda se crey en el caso de intervenir. Granujas, no veis que no puede 
      defenderse! -Y su actitud decidida, salv por el momento al borracho del 
      rnica de la casa de socorro, y de las violencias de la prevencin.
           Aquella escena volvi a ponerle sombro. Gran Dios! en quin creer 
      despus de lo que haba visto? Cristo habra rechazado a aquellos nios, a 
      aquellos miserables, que se aprovechaban de las debilidades ajenas para 
      atacarlas a pinchazos, a traicin, por sorpresa, lo mismo exactamente lo 
      mismo que se le hubiera ocurrido a una pulga, a un insecto cualquiera.
           Ya eran las nueve de la maana y la condesa no volva. Seguramente no 
      habra salido de su casa la noche anterior: quizs estara enferma...
           Lanz la ltima mirada de angustia a los balcones cerrados del hotel, 
      y hechse a andar a la ventura.
           De pronto se par, espantado de lo que vea. No quera creer a sus 
      ojos. No era posible que aquello fuera cierto. Y se llev las manos a la 
      cabeza para tentar alguna cosa que no fuera una sombra, un sueo; tentar 
      algo que fuera cierto, positivo, como sus tormentos, como su desgracia... 
      Apoyse contra el muro, y mir, mir de nuevo.
           La condesa se despeda de un hombre que la haba acompaado del 
      brazo hasta la esquina de aquella calle, que era la suya, la calle donde 
      viva con su esposo y con sus hijos como una mujer honrada cualquiera!
           Aguard que se separaran y se abalanz sobre ella, temblndole los 
      labios como los del dogo cuando se dispone a hacer presa, el rostro 
      desfigurado, descompuesto...
           -Quin es ese hombre? -Buenos das, seora. Os habis divertido 
      mucho?
           -Por Dios Eudoro, no vayas a dar un escndalo! En mi situacin y a 
      estas horas...!
           -Tengo que hablar con Vd. seora. Vente conmigo.
           -No me es posible, Eudoro, todo lo que quieras menos eso. Ser otro 
      da...
           -He dicho que te vengas y has de venir a la fuerza, si es que no 
      quieres que te mate aqu mismo.
           -Pero te has vuelto loco? Qu hablas de matar? O es que quieres 
      que nos separemos ahora mismo?
           -Quiero que vengas donde pueda hablarte de muchas cosas que estoy 
      decidido a que sepas. Quiero que vengas, y has de venir, porque si no...
           -Si no, qu?... Vas a cumplir la amenaza de la carta? -Cmplela. 
      Mtate.
           -S: pero primero t. Y si no, mira...
           Fue menos de un segundo, una milsima de segundo, lo que tard el 
      drama en arrojar una contra aquellas dos criaturas para estrellarlas. No 
      se vio ms que brillar repentinamente una cosa que lo mismo poda ser un 
      rayo, que una hoja de acero, y al hermoso cuerpo de la condesa caer 
      derribado al suelo. La gente acudi presurosa al asesino, prender al 
      asesino! -Pero el asesino no pensaba huir. -Se haba cruzado de brazos, 
      con el pual todava en la mano, y reparta entre la multitud miradas 
      hermosas que lo mismo podan significar compasin que desprecio. Estaba 
      magnfico, sin sombrero, tumultuosa la cabellera, desabrochada la levita, 
      plido, intensamente plido, la cabeza erguida, provocando a aquella 
      multitud de cobardes que no se atrevan a amarrar los brazos que acababan 
      de cometer un crimen; el poderoso cuerpo de la del Zarzal cado, derribado 
      a sus pies, como una presea... Era Azrael, el ngel de las venganzas 
      orientales; Azrael y Apolo al mismo tiempo. Furioso y bello.
           l mismo llam con todos sus pulmones a dos pobres soldados, 
      probablemente bisoos, que pasaban por all a aquella hora, seguramente 
      atrados por alguna cocina. Muchos oficiosos haban ido a buscar a los 
      guardias, pero no fue posible encontrarlos... -Eh, qu hacis que no me 
      cogis preso! -Cumplid con vuestro deber! -Y al ver que desnudaban las 
      bayonetas para atacarle... -Si no resisto! Mirad! -Fue espantoso. -El 
      grupo se ensanch al ver que levantaba el cuchillo. -Pero lo haca para 
      s. -Antes se haba vengado. Ahora iba a vengar a su propia vctima, y se 
      lo clav hasta el puo, hasta que perdi el brazo energas para continuar 
      empujando hacia adentro. Cay sobre el cuerpo de la condesa con los brazos 
      abiertos, como para abrazar el cadver y entonces ocurri una cosa 
      maravillosa. No haba muerto la condesa. No estaba ni siquiera herida. El 
      cuchillo furioso de su amante haba tropezado con una ballena del cors, y 
      lo nico que consigui fue derribarla al suelo con la violencia del golpe. 
      Ya all, su admirable sangre fra, que aumentaba en los momentos supremos, 
      en todas las dificultades, le advirti que slo poda salvarse a condicin 
      de parecer muerta, y fingi; lo que haba hecho toda su vida. Pero cuando 
      sinti el porrazo que daba contra el suyo el cuerpo de su infortunado 
      amante, y la impresin tibia de la sangre que caa en un cao espantoso 
      del pecho de Gamoda la inund desde la garganta hasta las piernas, 
      cubrindola materialmente de un manto rojo de emperatriz, entonces se 
      levant de un solo impulso, que hizo rebotar contra el suelo la cabeza 
      plida del muerto, y demudada, lvida, con la cabellera deshecha, los ojos 
      agrandados inconmensurablemente por el terror, la boca angustiada, las 
      ventanillas de la nariz abiertas como las de una yegua espantada, estaba 
      ms hermosa, incomparablemente ms hermosa que en los salones, cuando 
      consegua a fuerza de belleza y de gracia hacer ms azulada la atmsfera 
      que la rodeaba y la respiracin de los hombres que le hacan la corte, tan 
      anhelante y tan seca, como la que sale de las alcobas de los recin 
      casados, cuando es el amor y no el inters lo que los une en el mismo 
      lecho....................................................
           -Un miserable que ha querido robarme, y a quien no conozco!
           -Y respondiendo a dos o tres que se haban aproximado para 
      preguntarla si estaba herida. -No, no lo estoy; el miserable no ha podido. 
      Qu horror! -Pero en fin... -Seores, yo vivo ah, en ese palacio de La 
      esquina. Que la justicia vaya a tomarme declaraciones. Yo no puedo en este 
      estado permanecer aqu ms tiempo.
           Acept el primer brazo que se le ofreci, y algunos momentos despus 
      slo quedaba en la calle, de aquel crimen de dos, un solo castigo, una 
      sola vctima, aquel cadver...



      - XV -
           Gran fiesta en los salones de la Embajada francesa. Ha comenzado la 
      las doce y no debe concluir hasta el amanecer. Todo cuanto Z contiene de 
      distinguido en todos los rdenes de la vida, aristocracia, arte, banca, 
      parece como si se hubiera puesto de acuerdo para hacer de aquellos salones 
      de la Embajada, una imponente y soberana exposicin de grandezas. Se oyen 
      pronunciar por todos lados hombres ilustres del pasado o del presente, y 
      es tanta la obsesin que esto produce en los que no tienen, en los que no 
      pueden ostentar esos nombres, pero que asisten a la velada en concepto de 
      invitados como los dems, que creen asistir a una resurreccin de la 
      historia antigua, y se figuran contribuir a la formacin de los anales 
      patrios, ni ms ni menos que los egregios abuelos de los que danzan por 
      aquellos salones. Pero lo que hace ms vistosa, ms esplndida la fiesta, 
      es la profusin de extraos uniformes azules, blancos, encarnados, verdes, 
      deslumbradores a fuerza de oro, que desfilan ante los ojos deslumbrados de 
      los que no tienen la costumbre de ver tanta claridad, aun en los vestidos, 
      a las doce de la noche. La monotona del frac es insoportable; esa nota 
      negra, parecida a una mancha, que ensucia todas las reuniones de la 
      aristocracia. Es inconcebible el empeo que tienen los hombres de nuestra 
      poca en hacer sombras todas sus reuniones con ese traje negro, que como 
      deca Musset: Parece que est pidiendo consuelo. Si es un smbolo, bien: 
      esta generacin tiene el deber de vestirse de negro: lleva luto por muchas 
      esperanzas, por muchas ideas consoladoras. Ha presenciado muchos 
      cataclismos ay! y tiene la seguridad de que le quedan todava otros 
      muchos que contemplar. Pero si es una manifestacin del gusto, entonces 
      maldito sea ese gusto que da tonos sombros a todas las reuniones 
      humanas, hacindolas aparecer como reuniones de enterradores y curiales!
           Pero condecoraciones, brocados, uniformes fantsticos, oro de los 
      entorchados y de las franjas, todo esto desapareca como a travs de una 
      nube, hiriendo las retinas slo de un modo vago, al lado de la Mujer que 
      pareca celebrar una apoteosis de su sexo, segn se presentaba all 
      omnipotente y magnfica. La inmensa, la enorme superioridad de gusto de la 
      mujer sobre el hombre, se advierte ms que en nada, en el modo que tiene 
      de vestirse, de peinarse, iba a decir que hasta en el modo de sentarse, 
      artstico, aunque ella no lo procure. All estaba, con su cabecita rubia o 
      negra, pero siempre inspirada, siempre luminosa, como si la rodearan los 
      ureos limbos de las vrgenes cristianas; con sus hermosos ojos que miran 
      con ms delicadeza, con ms humanidad que los de los hombres: descotadas, 
      para hacer sentir ms poderosamente la arrebatadora poesa de la carne: 
      vestidas con trajes de largas colas que les daban apariencias de magas, de 
      ondinas, mejor que de mujeres: adornadas de pedreras y de flores, y 
      dispuestas a hacer pensar en el prodigio de una desaparicin completa de 
      la tierra cuando los arrebatadores compases del wals llegaran a ese 
      crescendo en que la planta de la mujer casi se convierte en el ala de un 
      ave, segn lo suavemente que roza la superficie de la alfombra, irisada de 
      colores brillantes, de reflejos de luz, adornada en las orillas de flecos 
      de oro.
           La mancha de color que presentaban las mujeres cuando se reunan en 
      especie de bouquets humanos para deliberar un chisme cualquiera, era tan 
      soberbia, que los hombres, aun los ms brillantes, los mejor vestidos, 
      slo conseguan, al aproximarse a ellas, parecer especie de moscardones de 
      colores, muchos de ellos especie de gusanos, empinndose a una flor para 
      afearla o destruirla con inmundicias o con picaduras, dos formas de 
      batirse contra la Naturaleza, que no son slo peculiares del insecto, 
      porque el hombre las domina tanto que ha llegado a perfeccionarlas.
           All estaba la condesa del Zarzal, ms insolentemente hermosa que de 
      costumbre, casi en cueros, como todas las mujeres, luciendo el brillante 
      satinado de sus carnes en la elegante desnudez, de su traje de corte, y 
      tan llena de soberana, que un taburete en que se sentara tomaba 
      inmediatamente la apariencia y la majestad de un trono.
           Hablaba con X, un periodista a quien odiaba porque haba hecho en 
      Pars una heroica campaa desde su revista mundana, en pro de la 
      infortunada seorita de Galindo. Verlo, dejarse saludar por l, y 
      responderle amablemente fue el prlogo de un proyecto de seduccin 
      intentado vanamente por ella.
           -Condesa, la hermosura toma cada vez ms amplia posesin de vuestra 
      persona.
           -Qui! No tanto, como aumenta la pasin en vuestra defensa. Cobris 
      adelantado?
           -La hermosura y la desgracia no pagan ni antes ni despus.
           -Pero hay ausencia de ambas cosas en vuestra defendida.
           -Algo habis desfigurado a Luisa con vuestros golpes primero, y con 
      el asedio ms tarde. Sin embargo, agrandada su desgracia, ha crecido 
      considerablemente la simpata general...
           -Los locos, querido X, slo inspiran risa.
           -Y lstima tambin, a los que conservan el corazn.
           -Lastimoso modo de pensar tenis. Os pesar.
           -Condesa, una amenaza vuestra fuera temible en aquellos buenos 
      tiempos en que ocupabais oriental mansin y en que todas las voluntades 
      oficiales de A se movan a vuestro antojo...; pero hoy la realidad es 
      otra. El tiempo, que todo lo gasta, ha gastado ya vuestro poder, vuestro 
      viejo poder, aun habiendo vigorizado vuestra belleza...; un poder al cual 
      me rendira con ms facilidad que al de vuestras amenazas...
           -Insidiosillo estis. Noto que se os suben a la cabeza vuestros 
      artculos, y os emborrachan materialmente.
           -Ni ms ni menos que a vos la costumbre de vencer siempre. Pero me 
      llaman, condesa, -y despus de un gracioso saludo de cabeza, -estoy a sus 
      rdenes.
           Y desapareci; quizs entendera aquel demonio de periodista por 
      estar a las rdenes de cualquiera, el dejarlo con la palabra en la boca, 
      apenas senta el deseo de largarse a otra parte o de saludar a otra 
      persona!
           Fue a una mujercita rubia, vestida con una sencillez encantadora, a 
      la que se aproxim el implacable enemigo de la condesa.
           -Ven ac. Pero no estabas en Francia? Cundo has llegado? Ingrato, 
      sin avisarme! -He ledo todas tus cartas. Me las s de memoria. El 
      Universal, por publicarlas, se ha puesto a la cabeza de todos los 
      peridicos. Qu hablabas con esa condesa maldecida? Oh, tengo miedo por 
      ti!... yeme... dime... hblame lealmente. Sonreais demasiado los dos... 
      cesars en tu bizarra actitud? No por Dios! Yo te lo ruego. Te admiran; 
      que no te desprecien. Te despreciara yo tambin; yo que te quiero como se 
      quiere a un dolo. Dme, qu te deca esa mujer?
           -Me amenazaba: eso era todo, Mara.
           -No, Mara, no: llmame querida Mara.
           -Bien, Mara adorable y adorada. He sido amenazado. -Helo ah todo.
           -Precvete por Dios... -Eudoro Gamoda ha muerto. Se ha matado, o lo 
      han matado?
           -Mara!!
           -De todo es ella capaz.
           -Creo, por el contrario, que la condesa es buena.
           -Eh!
           -No te asombres. En la condesa el primer impulso es bueno siempre, lo 
      dems depende de las circunstancias.
           -Y lo que ha hecho ltimamente con Luisa?
           -Bien; lo que te estoy diciendo: las circunstancias.
           -Mira, no me convencers de eso; de otra cosa s. Creme. Vete a 
      Pars. Te quiero lejos y grande, mejor que cerca y pequeo.
           -Nia ma, t deliras.
           -Ven, acrcate a la ventana. Ves aquella nube negra que cubre a la 
      luna en este momento?
           -S, la veo.
           -Figrome que es un mal presagio. No me apartar de ti en toda la 
      noche.
           -Vamos, pues, a dormir juntos?
           -Si es necesario, s. Todo, absolutamente todo, menos que la condesa 
      te pierda.
           -Todo, todo...! Parece como si eso fuera lo ltimo.
           -Qu?
           -El dormir juntos.
           -Calla... vanidosillo. Pero dime, cuntame algo de Pars. Cmo has 
      dejado a tu vieja amiga la de Legarda?
           -Vieja, nia ma!
           -Es decir, vieja en tu amistad... no te incomodes. Te disgusta eso?
           -De ti nada me disgusta.
           -Mira, hace mucho calor aqu; podemos salir a la terraza; sal t 
      primero...
           Poco despus una especie de vago murmullo rumoroso, que no era el que 
      produca la fuentecilla de mrmol, atrajo a la condesa que exclam:
           -Me parece haber odo besos. Bah!
           -Oiga Vd. barn, Vd. que lo sabe todo qu hay de lo de Gamoda?
           -Nada, que se mat.
           -Pero eso lo sabe todo el mundo!
           -Entonces qu es lo que quiere saber?
           -Detalles de la cosa: cmo se mat: por qu se mat.
           -Eso ya es distinto. Precisamente pas cinco minutos despus del 
      hecho, por la calle donde ocurri, y pude ver el cadver y hablar con la 
      condesa...
           -A ver a ver!
           Y todos hicieron como alrededor del llamado barn, que cont con voz 
      solemne:
           -Nada, la historia de siempre, el pcaro dinero; y cuidado que yo s 
      la historia de labios de la misma interesada. Parece que la condesa 
      protega a ese chico, que como sabis, haba demostrado muy felices 
      disposiciones para la pintura. Le compr una porcin de cuadros, le 
      pension con yo no s cuanto dinero mensual...; en fin, las cosas de Lola. 
      Ello es que el chico lleg a tomar por lo serio su sospecha de que la 
      condesa era una mina de oro, y emprendi una explotacin verdaderamente 
      onerosa para la que la sufra. La condesa entonces avis al minero que 
      estaba ya en aguas y decidida a que no fueran das cosas ms all. Parece, 
      segn ella dice, -yo no respondo de esto porque tampoco me lo explico, 
      -parece que entonces el chico la amenaz con dos o tres palabras de 
      muerte, que produjeron un completo rompimiento entre ellos, Ello es el 
      caso, que ayer la esper a la puerta de su casa. Que al verla llegar sola 
      y a pie, porque haba despedido su coche para poder disfrutar as del aire 
      puro de la maana, se abalanz sobre ella, pidindole dinero: que ella se 
      lo neg, y que entonces sac el chico una navaja que siempre llevaba 
      consigo, porque parece que el difunto era hombre de bastantes malos 
      antecedentes, y le peg con ella tan fuerte golpe, que si no es por el 
      cors seguramente la pasa de parte a parte. Cay a tierra derribada por la 
      violencia del golpe; y entonces l, creyndola muerta, y al ver que iban a 
      prenderlo, se hinc el mismo criminal cuchillo en el corazn hasta el 
      mango. Acudi La justicia, recogieron el cadver, tomaron declaracin a la 
      condesa, que dijo sobre poco ms o menos lo mismo que os acabo de referir, 
      y aqu paz y despus gloria. Una buena experiencia para los que todava 
      persisten en dispensar proteccin a los artistas.
           -Si yo ya lo dije,-exclam uno de los del grupo. -Si aquel bohemio no 
      poda acabar bien.
           -Pobre condesa, que en cuanto saluda dos veces a una persona ya en 
      seguida le cuelgan relaciones amorosas con ella!... Porque yo he odo 
      asegurar que Gamoda era su amante...
           -S, s, como yo; exactamente lo mismo.
           -Pobre condesa!
           -Qu tal condesa? -Cmo va esa conciencia?
           Quien eso preguntaba era Luis, el amigo del infortunado Gamoda.
           -Perfectamente tranquila; sin que tenga que remorderme lo ms mnimo. 
      Y a qu la preguntilla?
           -Inters, puro inters que me inspira la belleza, sobre todo cuando 
      es tan soberana como la de Vd., seora.
           Pero Luis estaba decidido a algo ms que a cambiar ingenio con la 
      condesa: iba en busca de cambio de indignaciones.
           -Sabe Vd., condesa, lo que he odo susurrar de la muerte de Gamoda?
           -No, si Vd. no me lo dice.



           -Pues que se mat porque no pudo robaros. Necesitaba dinero: se lo 
      pidi a Vd., Vd. se lo neg...
           -Jess, que atroz calumnia!
           -Y sabe Vd. lo que he odo asegurar tambin?
           -Diga.
           -Que ese es el sentido de la declaracin qu prest Vd. ante el 
      juzgado.
           -Autorizo a Vd. para que lo desmienta.
           -Y sabe Vd. lo que pienso de todo esto?
           La condesa estaba asustada. Aquel hombre iba dispuesto al escndalo 
      por lo visto.
           -Pues pienso una cosa bien sencilla, pero que es preciso, en inters 
      social, que circule, que todo el mundo aprenda de memoria, que se fije en 
      anuncios hasta por las esquinas de la calle.- Pienso que es Vd. un 
      monstruo de infamia.
           -Caballero, esa palabra...!
           -Esa palabra est pronunciada y por si hay alguien que quiera 
      recogerla voy a repetirla en voz alta, a gritos. Eh, seores, venid aqu, 
      a defender a una seora a quien se injuria... -Y delante de un grupo lo 
      menos de veinte uniformes y fraques, -yo digo, seores, que esta mujer, la 
      condesa del Zarzal, es un monstruo de infamia. No hay de entre ustedes 
      quien quiera recoger el insulto? Porque a ese, quien quiera que sea, yo se 
      lo tiro a la cabeza.
           Todos callaron; la desesperacin de Luis no era fingida, y es siempre 
      peligroso disputar con un hombre que est decidido a pelearse.
           -Ve Vd., seora, cmo todo el mundo calla? -Si ha sido Vd. reina 
      hasta ahora, ya es usted menos que una esclava, porque es una miserable. 
      -Qu ha hecho Vd. de la fortuna y de la dicha de la seorita de Galindo? 
      Es Vd. peligrosa, seora. Cuanto se cobija a su sombra se marchita y 
      muere. Yo creo que hasta el aliento de Vd. es venenoso...
           -Un poco de generosidad. Observe Vd. que estoy sola, que no hay quien 
      se atreva a defenderme...
           -Me es indiferente. No reconozco en usted sexo: no reconozco ms que 
      monstruosidad y los monstruos no se dividen en machos y hembras. Todos son 
      igualmente horribles, igualmente odiosos. Me propongo perseguirla a Vd. 
      toda mi vida como un remordimiento...
           -Piedad! -solloz la miserable.
           -La ha tenido Vd. con el amigo de mi alma? La ha tenido Vd. con esa 
      pobre loca...?
           -Por Dios, Luis. Nos observan.
           -Mejor. Es a eso a lo que vengo propuesto; a que la observen a Vd. 
      para que todo el mundo se aprenda de memoria cmo es el crimen algunas 
      veces, cuando no tiene entraas...
           -Pero en fin qu es lo que se propone usted conmigo?
           -Martirizarla: darla tormento: perseguirla implacablemente... Y 
      desengese Vd., seora. O hace Vd. que me maten, Vd. que tiene amigos 
      para todo, o la mato yo a Vd. como un remordimiento cuando se agarra con 
      las uas y hace presa por toda la vida, en el pecho del criminal, del 
      perverso...
           -Har lo que Vd. me manda. Sea. He aqu mi cabeza postrada para que 
      descargue el golpe.
           -Saldr Vd. de Z inmediatamente.
           -Saldr maana.
           -...Como acto de satisfaccin, de desagravio al muerto.
           -Como acto de satisfaccin, de desagravio al muerto -repiti como un 
      idiota.
           -No me queda ms que decirle... El arrepentimiento! -Eso es cosa de 
      su alma. All ella!
           Hizo bien en retirarse porque aquel hermoso mrmol palpitante de la 
      condesa, amenazaba desplomarse; una palabra ms y hubiera venido a tierra 
      casi ahogada de clera y vergenza. Haba sido dbil. Si le hubiera 
      saltado a los ojos como una gata furiosa, que era lo que tena pensado, no 
      hubiera pasado eso! Pero ya qu remedio! Hasta otra.
           Lo que es en esta ocasin, s que haba sido vencida!
           -Condesa, esta polka. Me permite Vd. el honor...?
           -Vuestro brazo, marqus. Sois mi caballero por toda esta noche...
           -Atencin! sabis lo que me acaban de decir?
           -Que va a prolongarse el baile hasta la semana que viene?
           -Que va a declararse abolido el rigodn, por antiptico y por soso, 
      para todas las muchachas de buen gusto?
           -Qu van a venir por fin SS. MM.?
           -Que van a permitir bailar en la estufa grande?
           Y cada una de aquellas frescas adolencias, preguntaba en consonancia 
      de sus gustos, porque es privilegio de la juventud no aguardar ms que a 
      huspedes risueos en el banquete de la vida. 
           -Pues nada de eso. Que hace un instante, mientras nosotras 
      bailbamos, ha habido un fuerte escndalo en el saln amarillo.
           -Un fuerte escndalo! -casi cantaron a coro aquellas adorables 
      gargantas.
           -S, un fuerte escndalo entre la de siempre... ya sabis... la del 
      Zarzal... y un joven...; de su nombre s que no me acuerdo.
           -Dios mo, qu horror! No s como tiene vida esa mujer despus de 
      las cosas que le pasan -exclam con un casi sagrado tono de admiracin una 
      de aquellas auroras.
           -Y por qu ha sido? pregunt otra, que no era rosada, sino celeste, 
      como las de los cuentos de hadas...
           -Los de esos que han convenido nuestras madres, en que nosotras 
      debemos ignorar siempre. No s... un amante muerto... y otro que quiere 
      vengarlo...; no he podido comprender bien el caso...; porque aunque las 
      personas mayores no hablan de otra cosa en el saln, lo hacen tan 
      quedito... al odo unas de otras...: que ya veis. Me he visto obligada a 
      casi, casi, inventar la historia, basndome en tres o cuatro palabras que 
      han llegado a mis odos.
           -Pues hija, yo soy muy curiosa y no puedo resignarme a saber las 
      cosas slo a medias. Voy a ver qu huelo.
           -Y yo.
           -Y yo.
           El coro se deshizo con la ligereza y la gracia de una bandada de 
      pjaros que alza alegremente el vuelo despus de haber deliberado a 
      saltitos, y bien pronto no qued en el ngulo del saln que haba ocupado 
      aquella improvisada Asamblea de gracias, otro recuerdo que un perfume vago 
      y penetrante, como si hubieran sido flores y no mujeres las que all se 
      reunieron para contarse sus impresiones y cambiar y combinar entre s sus 
      sueos, con las temerarias audacias de la juventud.



      - XVI -
           La condesa estaba enferma, seriamente enferma. Se le escapaba la vida 
      por todos los poros de su cuerpo: se mora.
           De su enfermedad circulaban noticias realmente fantsticas, que 
      hacan novelesco su modo de morir. Se contaba que haba despedido a toda 
      la servidumbre masculina del hotel en una especie de furor rabioso que se 
      le haba declarado contra los hombres; aadase a esto, que por no ver a 
      ninguno en su presencia, haba hecho venir de Inglaterra a una doctora, 
      cuyos extravagantes procedimientos teraputicos eran motivo de escndalo 
      entre todo el cuerpo mdico de Z. Decase, adems, que haba mandado talar 
      todos los arbustos del jardn, porque el ms ligero perfume le provocaba 
      espasmos nerviosos tan exagerados, que casi siempre degeneraban en 
      furiosas convulsiones, que no podran ser dominadas por toda la guarnicin 
      militar de Z, de imponderables, de violentas; y apoderada la imaginacin, 
      que podramos llamar colectiva, la imaginacin popular, del asunto, era 
      inacabable el cuadro sintomtico que presentaban de la neurosis de la 
      condesa... -No quera ver la luz del da y haba hecho cerrar todas las 
      ventanas del edificio y tapar con yeso todos los intersticios por donde 
      pudiera la claridad colarse traidoramente. No poda resistir su pupila la 
      visin de los colores vivos, y haba hecho decorar todas sus habitaciones 
      de blanco, como los dormitorios de las vrgenes. No quera escuchar el 
      acento humano, y haca que le hablaran por seas, como a los sordo-mudos. 
      Para que su aislamiento de todo el mundo externo fuera ms completo, haba 
      tambin mandado enarenar la calle, de modo que no llegara hasta ella el 
      fatigoso ruido que producen los carruajes al rodar por pavimentos duros; y 
      era un espectculo ms propio de la literatura delirante de Hoffman o Poe 
      que de la verdadera vida humana, subir a aquellas habitaciones a la una de 
      la tarde, y encontrarlas iluminadas artificialmente con bujas, como si 
      all, en aquella casa, tuvieran el cinismo de protestar del sol.
           Lo dems de la vida material corra parejas con lo que llevamos 
      descrito. Todos los das se mudaba de personal en las cocinas, porque 
      ningn procedimiento culinario satisfaca al estmago herido de la 
      condesa. El sueo era intermitente y febril, conmovido por espantosas 
      pesadillas; ms que sueo, aquello era un largo delirio que comenzaba 
      cuando la condesa cerraba los ojos y terminaba cuando los abra, y eso que 
      la fatalidad del delirio era vigorosamente atacada con sendas pociones de 
      opio, que ingera con verdadera ansia, ms bien que el cuerpo, el espritu 
      acobardado de la moribunda. No reciba a nadie, no quera ver a nadie. Y 
      un da o una noche, porque en aquella casa no se suba nunca eso, cundo 
      era de da ni cundo era de noche, en que Emilia, la doncella predilecta 
      de la condesa, la habl de un chisme mundano, para alejar quizs algunas 
      nubes sombras que comenzaban a espesarse en la frente de la condesa, 
      amenazando tempestad.
           -He prohibido terminantemente que se me hable de todo, a menos que yo 
      pregunte. Desde este momento quedas despedida.
           Y Emilia se fue llorando...
           Qu horrible cementerio, Dios mo, aquella casa!



      - XVII -
           Se tema una crisis. Haca ya dos das que la condesa no se acostaba, 
      y eso constitua para aquellos servidores, aleccionados en las 
      enfermedades nerviosas por la prctica, un sntoma aterrador. Estaban, 
      pues, abocados a un conflicto.
           Aquel modo de morir de la condesa era solemne, pero fro. No haba 
      sentimiento en los que la rodeaban. No haba ms que cansancio. Se vea en 
      todos los rostros una brutal aspiracin de que terminara pronto 
      aquello...; de buena gana, en vez de cerrarlas, habran abierto a la 
      muerte todas las puertas para que entrara sin empujar... -No, seguramente 
      no se luchara con ella a brazo partido como en las alcobas de los que 
      mueren dejando una estela de amor por el mundo... -Poda venir cuando 
      quisiera. No habran de disputar por eso. Y cuanto antes mejor...
           Emilia era quiz el nico ser en toda la casa que asista con 
      lgrimas a aquella despedida...- No lo poda remediar; le haba tomado 
      cario a la seora. -Si se hubiera dejado llevar de sus consejos...! Y 
      cada cinco minutos, de da, lo mismo que de noche, se acercaba de 
      puntillas a la alcoba de la histrica, a ver si la necesitaba, si la 
      quera para algo, despeinada, casi verdosa por el insomnio.
           -Jess! Qu horror y tan pronto! Quin lo hubiera pensado!
           De esas tristes cavilaciones la sacaba casi siempre un agudo grito de 
      la condesa.
           -Emilia! Ay, Dios mo, me estis dejando morir sola! Por qu no 
      venas?
           -No haba odo a V. E... Cre que no me llamaba.
           -S, siempre lo mismo... Cre... pens... No te apartes de m un solo 
      instante. Creo que me voy a morir hoy mismo. Mira... -con las 
      intermitencias de palabras y el acento dolorido de un nio enfermo que se 
      queja...- La soledad me mata, y sin embargo, no quiero ver a nadie... 
      Todos lo mismo... Egostas... Mira, mira el conde... apenas se digna poner 
      los pies en este cuarto.
           -La seora le ha rogado que no venga.
           -S, porque su vejez me espanta... y adems he llegado a tomarle 
      aborrecimiento. No se muere nunca, mientras que yo... ya lo ves... -Le 
      tengo rabia. -Y ahora s que pareca una criaturita, diciendo a pesar de 
      su estado, le tengo rabia.
           -Eso se pasar en seguida; lo que la seora condesa necesita es 
      entretenimiento.
           -Ay! de eso es de lo que estoy enferma: de entretenimiento. -Y 
      despus de una pausa en que recorri toda su vida... -Mira, Emilia, lo que 
      yo necesito es morirme pronto.
           La enfermedad, aquella espantosa neurosis, le haba rodo mucha 
      belleza. La piel era cetrina, La nariz afilada, los ojos vidriosos, la 
      boca torcida, el cuello una amarillenta tira de pellejo y los pechos 
      piltrafas... Amenazaba ruina, estaba llena de grietas por todas partes, 
      vena abajo... muy hondo, a la fosa...; daba pena... No haba puntales 
      capaces de contener el derrumbamiento, la catstrofe... Aquella frente 
      haba sido sealada por el ndice del Dios que mata.
           -No puedo continuar en esta casa. Maana mismo me voy al campo. Me 
      mata el murmullo de la ciudad, los pregones de la calle. Pero esos 
      guardias qu hacen que los permiten? Ay, todo el mundo en contra ma!
           Porque era una de las impresiones que ms se ensaaban en aquel pobre 
      cerebro estrujado, retorcido por la neurosis, y debilitado por el abuso de 
      la morfina, la de que toda la Creacin se haba coaligado en contra suya, 
      para envenenarle sus ltimos das, sus ltimos momentos quizs... Eso era 
      inicuo, cobarde. Cobarde sobre todo.
           -Oye, Emilia, voy a tomar mis medidas por si acaso: porque me siento 
      muy mala, peor que anoche. Toma... toma esta llave y abre mi secrtaire... 
      Parece que me aprietan la garganta... y que me ahogan...
           Era en verdad lgubre la escena. Casi a oscuras: una lmpara de 
      alabastro haciendo como que iluminaba vagamente la habitacin: especie de 
      manojos de sombras bailando en los rincones una como danza macabra, que 
      daba horror, que detena la circulacin de la sangre; la moribunda en el 
      centro, desplomada en un silln-cama, y aquella mujer, Emilia, que pareca 
      un fantasma, estpida a fuerza de miedo, dando vueltas con la llave a la 
      cerradura y sin conseguir abrirla...  no s que tiene... vamos a ver 
      ahora... hasta obligar a la condesa a que se incorporara, en el potro, 
      enfurecida, espantosa...
           -Qu asco de gente! No servs para nada! Ves! Esa torpeza tuya me 
      cuesta lo menos una hora de vida... A la derecha... as. Una caja de bano 
      que hay en el fondo. Esa, esa misma. Quiero que la quemes con todo lo que 
      contiene. Pero aqu, aqu mismo, que yo lo vea. Ese incendio forma parte 
      de mis funerales.
           La sobrevino un pequeo sncope, un picotazo que se llevaba buena 
      parte de vida, de la poca que le restaba, y qued sin conocimiento un 
      minuto... cinco... diez. Emilia, asustada, iba a salir, a llamar a 
      gritos... -No, no, no; por Dios...; con esa caja! No llames... t 
      sola...!
           Si aquello no era la muerte, se pareca tanto a ella que Emilia 
      rompi a llorar desesperadamente, all, de rodillas, al pie de su seora, 
      estrechndole las manos y besndoselas, como si aquella mujer fuera... yo 
      no s!... su amante... su hermana.
           -Ya pas. En uno de stos me quedo... Dame aqu... -Y colocndose el 
      cajoncito de bano en los brazos, con igual mimo que el que hubiera 
      empleado una madre con su hijo, ay, aquella madre trgica se entreg a 
      pensar qu gnero de muerte dara a aquel objeto de sus amores, si 
      quemarlo... si romper lo que contena dentro a menudas trizas, 
      transfigurada por deseos de destruccin, espantosos, brutales!
           -Conozco que esto se va... se va a marchas forzadas... -No tenemos 
      tiempo que perder... Oye: hay que quemarlo, -y le mostraba el baulito con 
      desconfianza. -Hay que quemarlo... en seguida... y delante de m... antes 
      que me muera... ahora, ahora mismo... -escarabajeando con las manos sobre 
      sus flacos muslos, la vista errante... perdida...; los ojos que parecan 
      mejor dos cuentas de vidrio, revolvindose con desesperacin en sus 
      cuencas, como si quisieran desquitarse por adelantado del reposo eterno 
      que les aguardaba; los labios crdenos, la color lvida...: haba ondas 
      sonoras que comenzaban a formular la frase de la Eternidad... Consumatum 
      est! Se ola ya a muerto, a cadver, en la alcoba! Se oa materialmente, 
      acercarse el momento tirano! Apenas faltaba nada, un soplo, la intencin 
      de un soplo... menos que eso... Oh, que ese odioso y eterno dictador de 
      la vida y de la muerte es un sordo-mudo implacable!
           Acall Luisa sus sollozos y sali de la alcoba, grave, como quien ha 
      estado muy cerca, casi al lado, de la Eternidad. Atraves una porcin de 
      salones, y volvi siempre sombra con una botella en la mano. Todos se 
      apartaron para abrirle paso. Ni una sola de aquellas curiosidades se 
      atrevi a interrogarla. Las verdaderas majestades en la tierra no se 
      visten de prpura, y aquella mujer, dominaba, era verdaderamente reina en 
      aquellos momentos, por el derecho que tiene el dolor a la soberana. 
      -Penetr en la alcoba mortuoria, separ de las manos crispadas de la 
      condesa el artstico mueble de bano que las ocupaban, lo roci del 
      lquido que contena la botella, y le prendi fuego. Fue hermoso lo que se 
      produjo entonces. Un incendio, un verdadero incendio. Las llamas 
      soberbias, desesperadas, rojizas, se corrieron insaciables, del baulito de 
      bano a la alfombra, y de sta, a las faldas de Luisa, rociadas tambin 
      del mismo lquido inflamable. -Socorro, socorro! -y corra loca de 
      terror, completamente trgica, derribando muebles como una bestia rabiosa 
      y ciega, por todo lo largo de la cmara, sin encontrar la puerta de 
      salida, araando en las paredes hasta destrozarse las uas para abrir 
      boquetes, golpendose contra ella, furiosa. No era mujer, sino una llama 
      que haca arder cuanto tocaba.
           Los primeros que llegaron, se volvieron atrs horrorizados de la 
      impresin de horno que les quem la frente. Aquello era el Infierno por 
      anticipado. Qu hermosa capilla ardiente! y cuando volvieron con sendas 
      cubas de agua para batir a la catstrofe...
           Bah!... lo dems qu importa?
           Tres horas despus, dominado el fuego, lleno el hotel de autoridades 
      y de intrusos, casi restablecida la calma, pudieron por fin, dedicarse 
      esos heroicos bomberos a los que tan mal se retribuye, a escarbar por 
      entre los escombros, a ver si encontraban los restos de las vctimas. Dos 
      horribles tizones negros que se deshicieron en ceniza apenas se acerc 
      cuidadosamente a ellos la ltima mano que los acariciara!
      FIN


